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Mateo era un niño de siete años que cursaba el segundo grado en una pequeña escuela de Buenos Aires. Como todos los niños de su edad, amaba los dinosaurios, los videojuegos y las empanadas de su abuela. Pero Mateo tenía algo especial: una curiosidad infinita por las historias del pasado. Su maestra, la señorita Laura, siempre decía que Mateo parecía tener un pie en el presente y otro en los libros de historia.
Un martes nublado, el curso de Mateo fue de excursión al Cabildo. El edificio blanco con sus arcos antiguos se alzaba imponente frente a la Plaza de Mayo. Mientras sus compañeros escuchaban distraídos la explicación de la guía, Mateo se sintió atraído por una vitrina pequeña en un rincón oscuro del museo. Dentro, descansaba un antiguo reloj de bolsillo de plata, con grabados de laureles y un sol radiante.
Sin saber muy bien por qué, Mateo estiró la mano. El cristal de la vitrina estaba extrañamente tibio. En el momento en que sus dedos rozaron la superficie, un destello de luz azul inundó la sala. El suelo bajo sus pies dejó de ser de baldosas pulidas y se volvió de tierra húmeda. El aire fresco del aire acondicionado fue reemplazado por un olor intenso a leña quemada, caballos y lluvia fresca.
Mateo parpadeó varias veces. Ya no estaba en el museo. Se encontraba en medio de una calle angosta, rodeado de casas bajas con paredes de adobe y techos de tejas rojas. Sus zapatillas deportivas se hundían en el barro. A su alrededor, hombres con galeras y capas caminaban apresurados, y mujeres con vestidos largos y peinetas cruzaban la calle evitando los charcos.
—¡Cuidado, muchacho! —gritó un hombre que conducía una carreta tirada por bueyes.
Mateo se hizo a un lado, asombrado. ¡Había viajado al pasado! Por la ropa de la gente y el ambiente de agitación, supo de inmediato dónde estaba: era la semana de mayo de 1810. De repente, una niña de su edad, con un vestido sencillo y el cabello recogido en una trenza, se le acercó.
—¿De dónde vienes con esa ropa tan extraña? —preguntó la niña, señalando el guardapolvo blanco de Mateo y su mochila de dinosaurios.

—Soy Mateo... vengo de... de muy lejos —respondió él, tratando de no parecer asustado—. ¿Qué día es hoy?
—Es 22 de mayo —dijo ella con orgullo—. Mi nombre es Clara. Mi padre dice que hoy es un día importante. Los señores están reunidos en el Cabildo para decidir si seguimos obedeciendo al Virrey o si seremos libres.
Mateo sintió un escalofrío de emoción. ¡Estaba viviendo la historia que tanto había leído! Clara lo invitó a caminar hacia la plaza. Mientras avanzaban, Mateo notó que la ciudad era muy diferente a la que él conocía. No había rascacielos, ni semáforos, ni el ruido de los colectivos. Solo se escuchaba el pregón de los vendedores: "¡Empanadas calientes, para las viejas sin dientes!" o "¡Agua fresca, traída del río!".
Al llegar a la plaza, vieron a dos hombres repartiendo cintas de colores. Eran French y Beruti. Mateo recordó sus nombres de inmediato. Se acercaron y uno de ellos le entregó una escarapela.
—Toma, pequeño patriota —le dijo el hombre con una sonrisa—. Llévala con orgullo, porque pronto seremos una nación.
Mateo guardó la escarapela en el bolsillo de su guardapolvo. Durante los siguientes días, que para Mateo pasaron como un suspiro mágico, acompañó a Clara a repartir pastelitos y a escuchar los rumores que corrían por la ciudad. Vio cómo la gente se reunía frente al Cabildo, a pesar de la lluvia persistente que comenzaba a caer. Todos querían saber qué estaba pasando adentro.
El 25 de mayo, la plaza estaba llena. El cielo estaba gris, pero los corazones de la gente parecían arder de entusiasmo. Mateo y Clara se resguardaron bajo el arco de una casa cercana. De pronto, las puertas del Cabildo se abrieron y un grupo de hombres salió al balcón.

—¡Se ha formado la Primera Junta! —gritó alguien desde la multitud.
¡La libertad! El grito se extendió por toda la plaza. La gente agitaba sus pañuelos y se abrazaba bajo la lluvia. Mateo sintió una alegría inmensa, una que no se parecía a ninguna otra. Comprendió que la libertad no era solo una palabra en un libro, sino el esfuerzo y el sueño de muchas personas.
En ese momento de máxima euforia, Mateo sintió que el reloj de bolsillo que llevaba en su mochila (que había aparecido allí misteriosamente al llegar) comenzaba a vibrar. Clara lo miró a los ojos.
—Tienes que volver, ¿verdad? —preguntó ella con una sonrisa triste.
—Sí —dijo Mateo—. Pero nunca olvidaré lo que vi aquí. Gracias por mostrarme cómo empezó todo.
Mateo cerró los ojos y apretó el reloj. El destello azul regresó, envolviéndolo en un abrazo cálido. Cuando volvió a abrirlos, estaba nuevamente en el rincón oscuro del museo del Cabildo. La señorita Laura lo llamaba desde el otro lado de la sala.
—¡Mateo! Vamos, que el micro nos espera. ¿Qué haces ahí solito?
Mateo se acercó a su maestra con una sonrisa radiante. No dijo nada sobre su viaje, pero cuando metió la mano en el bolsillo de su guardapolvo, sus dedos rozaron algo pequeño y sedoso. Era la escarapela que French le había dado.
Esa tarde, de regreso en su casa, Mateo no encendió la televisión ni pidió la tablet. Se sentó a escribir en su cuaderno de clases: "Hoy aprendí que la libertad es un tesoro que se construye entre todos". Y mientras escribía, afuera empezó a llover, igual que aquel 25 de mayo de 1810.
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