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Gratis · elegí una vozSofía, una niña de 9 años con el cabello como rayos de sol y una sonrisa que iluminaba la habitación, adoraba jugar en el parque. Le encantaba columpiarse hasta tocar las nubes y construir castillos de arena dignos de una princesa. Un día, mientras jugaba al escondite con sus amigos, un señor mayor que nunca había visto se acercó a ella.
"¡Qué linda eres!", le dijo el señor, con una voz que Sofía no supo si le gustaba o no. "¿Quieres que te compre un helado? Tengo uno en mi coche, es de fresa, tu sabor favorito, ¿verdad?"
Sofía sintió un cosquilleo extraño en el estómago. Le encantaba el helado de fresa, ¡era su perdición! Pero algo en la mirada del señor la hizo dudar. Recordó lo que su mamá le había dicho: "Sofía, tu cuerpo es como un castillo. Tú eres la reina o el rey, y tú decides quién puede entrar y quién no. Nadie tiene derecho a tocarte o hacerte sentir incómoda sin tu permiso".
"No, gracias", respondió Sofía, con una voz firme, aunque por dentro estaba un poco asustada. "Estoy jugando con mis amigos".
El señor insistió. "Anda, no seas tímida. Será rápido, solo un helado y te dejo volver a jugar". Intentó poner una mano en el hombro de Sofía, pero ella se apartó rápidamente.
"¡No!", gritó Sofía, un poco más alto. "¡No me toques! ¡No quiero helado!"
Sus amigos, que estaban cerca, la escucharon y corrieron hacia ella. El señor, al ver que se acercaban, se puso nervioso y se alejó rápidamente, murmurando algo que Sofía no entendió.
Corriendo hacia sus amigos, Sofía les contó lo que había pasado. Al principio, se sintió avergonzada, como si hubiera hecho algo malo. Pero sus amigos la abrazaron y le dijeron que había hecho lo correcto.
"¡Le has plantado cara!", dijo Mateo, el más valiente del grupo. "¡Eres una guerrera!"
Esa tarde, cuando Sofía llegó a casa, le contó a su mamá lo que había sucedido en el parque. Su mamá la abrazó fuerte y le dijo que estaba muy orgullosa de ella por haber sabido defenderse.
"Has usado tus límites, Sofía", le explicó su mamá. "Tus límites son como un círculo invisible que te rodea. Ese círculo te protege y te dice qué cosas te hacen sentir bien y qué cosas te hacen sentir mal. Es importante que siempre escuches a tu cuerpo y a tus sentimientos".
La mamá de Sofía le recordó que nadie, ni siquiera un adulto, tiene derecho a tocarla o hacerla sentir incómoda. Le explicó que si alguna vez se sentía así, debía contárselo a un adulto de confianza: a sus padres, a un profesor, a un familiar… alguien que la escuchara y la ayudara.
Sofía aprendió que no tenía que ser amable con alguien que la hacía sentir incómoda. Aprendió que decir "no" estaba bien, y que era su derecho proteger su cuerpo y sus sentimientos.
Unos días después, Sofía estaba jugando en el parque cuando vio al mismo señor sentado en un banco, observando a los niños. Sintió un poco de miedo, pero recordó lo que su mamá le había dicho. Se acercó a una profesora que estaba cuidando a un grupo de niños y le contó lo que había pasado. La profesora, muy seria, llamó a la policía.
Sofía se sintió aliviada. Había hecho lo correcto. Había usado su voz para protegerse a sí misma y a otros niños.
Desde ese día, Sofía entendió que su cuerpo era su castillo, y ella era la reina. Y como reina, tenía el derecho y la responsabilidad de proteger su reino de cualquier peligro.
Un día, en la escuela, la maestra les habló sobre los límites corporales. Sofía levantó la mano y compartió su experiencia. "Es importante recordar que nadie puede tocarte sin tu permiso", dijo Sofía con seguridad. "Y si alguien te hace sentir incómodo, debes contárselo a un adulto de confianza. ¡Tu cuerpo es tu castillo, y tú lo proteges!"
Los niños la miraron con admiración. Sofía, la niña de cabello como rayos de sol, se había convertido en una defensora de sus propios derechos y en un ejemplo para los demás.
Y así, Sofía siguió jugando en el parque, construyendo castillos de arena y columpiándose hasta las nubes, sabiendo que su cuerpo era su castillo, y ella era la reina o el rey que lo protegía con valentía y sabiduría.
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