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Había una vez, en un pequeño pueblo rodeado de colinas verdes, un gatito llamado Tomás. Tomás no era un gato cualquiera; era un gatito glotón, ¡un verdadero comilón! Le encantaba comer más que cualquier otra cosa en el mundo. Si veía un plato de leche, ¡se lo bebía en un instante! Si olía un trozo de pescado, ¡lo perseguía hasta debajo de la cama!
Un día soleado, la abuela Elena, una señora con un delantal floreado y una sonrisa cálida, preparó un delicioso pastel de manzanas. El aroma dulce y especiado llenó toda la casa, y por supuesto, llegó hasta la naricita de Tomás. "¡Miau!" exclamó Tomás, saltando de la ventana donde tomaba el sol. Siguió el olor hasta la cocina, donde vio el pastel sobre la mesa, recién salido del horno.
La abuela Elena había salido al jardín a regar las flores. Tomás, con los ojos brillantes de anticipación, se acercó sigilosamente al pastel. "Miau... miau..." susurró, intentando convencer al pastel de que se dejara comer. Pero el pastel no respondió, claro está. Entonces, Tomás, aprovechando que la abuela no estaba, saltó a la mesa con un ágil brinco. Clavó sus pequeñas garras en la masa dorada y le dio un mordisco enorme. ¡Qué delicioso!
Comió y comió sin parar. La crema dulce le manchó los bigotes y el hocico, pero no le importaba. Estaba demasiado ocupado disfrutando del pastel. De repente, escuchó la voz de la abuela Elena: "¡Tomás! ¿Qué estás haciendo?"
Tomás, sorprendido, intentó bajar de la mesa rápidamente, pero con la boca llena de pastel, tropezó y cayó al suelo con un golpe sordo. La abuela Elena entró corriendo en la cocina y vio a Tomás cubierto de pastel. Primero se sorprendió, pero luego no pudo evitar reírse. "¡Ay, Tomás, qué travieso eres!", dijo, limpiándole la carita con un paño.
Tomás, avergonzado, lamió la crema del paño. La abuela Elena le preparó un pequeño plato con leche y le dijo: "Ten, glotón. Pero la próxima vez, ¡pregunta antes de comer!"
Tomás aprendió la lección, más o menos. Aunque seguía siendo un gatito glotón, ahora sabía que era importante pedir permiso antes de comerse las cosas de los demás. Un día, el panadero del pueblo, Don Pedro, conocido por sus crujientes panes y deliciosas galletas, llegó a casa de la abuela Elena con una cesta llena de pan fresco.
El aroma del pan horneado era irresistible para Tomás. Se acercó a la cesta con cautela y miró a Don Pedro con ojitos suplicantes. "¿Miau?" preguntó, como si dijera: "¿Puedo probar un poquito?"
Don Pedro sonrió y le dio un pequeño trozo de pan. Tomás lo devoró en un segundo. "¡Miau, miau!", dijo, agradecido. Don Pedro y la abuela Elena se rieron de la glotonería de Tomás.
Desde ese día, Tomás se convirtió en el catador oficial de la abuela Elena y de Don Pedro. Siempre estaba listo para probar sus nuevas creaciones, pero siempre pedía permiso primero. A veces, incluso ayudaba a la abuela Elena a preparar la comida. Le encantaba observar cómo mezclaba los ingredientes y cómo el aroma delicioso llenaba la cocina.
Un día, la abuela Elena decidió preparar una tarta de fresas para el cumpleaños de su nieto, Juan. Tomás, emocionado, la siguió por toda la cocina, observando cada paso. Cuando la tarta estuvo lista, la abuela Elena le dijo: "Tomás, necesito tu ayuda. ¿Puedes vigilar la tarta mientras voy a buscar a Juan? ¡Pero no te la comas!"
Tomás asintió con seriedad y se sentó junto a la tarta, con los ojos fijos en las fresas rojas y brillantes. Era una tarea difícil, ¡pero Tomás estaba decidido a cumplirla! De repente, una mariposa revoloteó cerca de la tarta. Tomás, distraído, intentó atraparla con la pata. ¡Casi tira la tarta al suelo!
Se asustó mucho. Pensó que la abuela Elena se enfadaría mucho si la tarta se estropeaba. Entonces, se concentró en su tarea y alejó a la mariposa con suavidad. Finalmente, la abuela Elena regresó con Juan. La tarta estaba intacta. "¡Buen trabajo, Tomás!", dijo la abuela Elena, acariciándole la cabeza.
Juan sopló las velas y todos comieron tarta de fresas. Tomás, como recompensa por su buen comportamiento, recibió un trozo extra grande. Estaba muy feliz. Había aprendido que ser glotón no estaba mal, siempre y cuando se hiciera con moderación y con permiso. Y lo más importante, había aprendido que ayudar a los demás era mucho más gratificante que comerse todo el pastel él solo. Desde ese día, Tomás, el gatito glotón, se convirtió en el gatito más querido del pueblo, conocido por su apetito insaciable y su corazón bondadoso. Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.
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