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Había una vez, en un rincón donde el sol siempre parecía bostezar con pereza sobre los tejados, un gatito llamado Milo. Milo no era un gato cualquiera; era pequeño, de un color naranja tan encendido como una mandarina madura, y tenía cuatro patitas blancas que parecían calcetines recién lavados. Pero lo que realmente hacía especial a Milo no era su color, sino su curiosidad infinita por las criaturas más ligeras del jardín: las mariposas.
Cada mañana, en cuanto Doña Clara abría la puerta trasera de la casa, Milo salía disparado hacia el jardín de lavandas. Allí, el aire olía a perfume dulce y el zumbido de la naturaleza era su música favorita. Para Milo, las mariposas no eran presas que cazar, sino compañeras de juego que descendían del cielo como pétalos que habían aprendido a volar. Él pasaba horas observando cómo movían sus alas, preguntándose si algún día él también podría flotar así sobre las flores.
Un martes de primavera, apareció una mariposa diferente a todas las demás. Era grande, de un azul eléctrico tan intenso que parecía brillar incluso en la sombra. Milo la llamó 'Aura'. A diferencia de las otras mariposas que huían cuando él se acercaba demasiado, Aura revoloteó justo frente a su nariz rosada. Con un suave movimiento, la mariposa voló hacia la vieja valla de madera que separaba el jardín del Gran Bosque Susurrante.

Milo dudó un momento. Doña Clara siempre decía que el bosque era demasiado grande para un gato tan pequeño, pero la curiosidad fue más fuerte que el miedo. Con un salto ágil, Milo cruzó la valla y se encontró en un mundo nuevo. El suelo estaba cubierto de musgo suave y los árboles eran tan altos que sus copas tocaban las nubes. Aura lo guiaba, moviéndose como una chispa azul entre los troncos.
—¡Espera, Aura! —maulló Milo, aunque sabía que ella no hablaba su idioma. Sin embargo, la mariposa se detuvo sobre una piedra circular en medio de un claro bañado por la luz. De repente, de entre los helechos, empezaron a salir cientos, ¡miles de mariposas! Había amarillas como limones, rojas como fresas y verdes como las hojas nuevas del sauce. Milo se quedó petrificado, maravillado por el espectáculo. Las mariposas empezaron a girar a su alrededor, creando un remolino de colores que lo envolvía sin tocarlo.
Milo empezó a saltar y a girar sobre sus patas traseras. No intentaba atraparlas con sus garras; en cambio, extendía sus patitas suavemente, permitiendo que el aire que movían sus alas le hiciera cosquillas en los bigotes. Comprendió que el juego no consistía en poseer, sino en participar del baile. Por un momento, Milo sintió que sus patas blancas apenas tocaban el suelo, como si él también fuera parte de ese vuelo mágico.

Pero de repente, el cielo se oscureció. Una nube gris y pesada cubrió el sol y el viento empezó a soplar con fuerza, agitando las hojas de los árboles con un rugido amenazante. Las mariposas, tan frágiles y ligeras, empezaron a ser arrastradas por las ráfagas. Aura intentó refugiarse bajo una hoja, pero el viento era demasiado fuerte. Milo vio el peligro de inmediato. Sabía que las alas de sus amigas eran tan delicadas como el papel de seda y que la lluvia que estaba por caer podría ser desastrosa para ellas.
—¡Por aquí! —buscó con la mirada y vio el tronco hueco de un roble milenario que se mantenía firme a pesar de la tormenta. Con rapidez, Milo empezó a correr en círculos, llamando la atención de las mariposas. Usó su cola larga y naranja como una señal, guiándolas hacia el interior del tronco. Una a una, las mariposas entraron en el refugio seco y cálido. Milo fue el último en entrar, justo cuando las primeras gotas de lluvia, grandes como canicas, empezaron a golpear el suelo.
Dentro del roble, el silencio era acogedor. El espacio estaba iluminado por el tenue brillo de las alas de Aura. Milo se acurrucó en un rincón, y para su sorpresa, las mariposas comenzaron a posarse sobre su pelaje naranja. Al principio sintió un leve cosquilleo, pero pronto se convirtió en una manta de seda viva que lo mantenía caliente. Milo ronroneó con fuerza, un sonido vibrante que tranquilizó a las pequeñas viajeras durante toda la tormenta.
Cuando la lluvia finalmente cesó y el olor a tierra mojada llenó el aire, el sol volvió a salir, creando un arcoíris que cruzaba el cielo del bosque. Las mariposas salieron del tronco, volando en una procesión de agradecimiento alrededor de Milo. Aura se posó un segundo en su frente, como dándole un beso de despedida, antes de elevarse hacia lo más alto.
Milo regresó a casa justo a tiempo para la cena. Doña Clara lo vio llegar con una pequeña escama brillante y azul pegada a su oreja. '¿Dónde habrás estado, Milo?', preguntó ella con una sonrisa mientras le servía su leche. Milo no respondió, pero mientras cerraba los ojos para dormir esa noche, todavía podía sentir el suave aleteo en su corazón. Había aprendido que, aunque no tuviera alas, podía volar a través de la amistad y que el jardín de su casa era solo el principio de un mundo lleno de maravillas por descubrir.
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