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Miquel no era precisamente lo que los cazatalentos llamarían un prodigio del balón. De hecho, si el fútbol fuera un examen de matemáticas, Miquel sería el que intenta resolver una ecuación usando una banana. A sus doce años, su relación con la pelota era, en el mejor de los casos, de respeto mutuo: él no la molestaba y ella intentaba no golpearlo en la cara, aunque no siempre con éxito. Sin embargo, todo cambió el viernes por la tarde en la Tienda de Deportes de Don Hilarión, un lugar que olía a caucho viejo y a sueños de gloria oxidados.
—Che, Don Hilarión, necesito unos botines que jueguen solos —dijo Miquel, revisando el estante de ofertas donde los zapatos parecían haber sobrevivido a una guerra de barro.
Don Hilarión, un hombre que usaba anteojos tan gruesos que parecían fondos de botella, sacó una caja llena de polvo del sótano. —Mirá, Miquel. Estos son los Botines de la Suerte Inversa. Pertenecieron a un tipo que nunca metió un gol, pero que accidentalmente ganó un Mundial porque se tropezó en el área chica y el árbitro cobró penal por lástima. Son tuyos por diez pesos.
Miquel los compró sin dudar. Eran de un color verde flúor tan chillón que hacían doler los ojos y tenían unos cordones que parecían tener vida propia. Lo que Miquel no sabía era que Suerte Inversa no significaba que iba a empezar a jugar bien, sino que el caos se convertiría en su mejor aliado.
El sábado fue el gran partido contra Los Rayos de Acero, el equipo más temido del barrio, liderado por El Tanque González, un chico que tenía barba a los doce años y cuya sombra ocupaba medio campo de juego. El entrenador de Miquel, el Profe Rulo, lo miró con compasión.
—Miquel, haceme un favor. Ponete de extremo izquierdo... bien cerca de la línea de cal. Si podés, quedate afuera de la cancha, así no molestás el tráfico de la pelota.
Miquel asintió, ajustándose sus botines radiactivos. El silbato sonó y el caos comenzó. A los cinco minutos, Miquel intentó correr tras un pase corto, pero sus pies decidieron ir en direcciones opuestas. Se enredó con sus propios cordones, cayó de trompa al pasto y, al intentar levantarse, pateó accidentalmente un terrón de tierra. El terrón voló con tal precisión que golpeó al arquero rival en la nariz. Mientras el arquero se rascaba confundido, la pelota, que venía rodando lentamente por el impulso inicial, cruzó la línea de gol.
—¡GOL! —gritó el Profe Rulo, sin poder creerlo.
—¡Fue pura táctica! —exclamó Miquel, aunque todavía tenía pasto en los dientes.
El partido siguió y la leyenda de Miquel creció. En el segundo tiempo, Miquel intentó despejar un centro, pero le pegó a la pelota con la nuca. El esférico salió disparado hacia arriba, golpeó un pájaro que pasaba distraído, rebotó en el poste, le pegó en la espalda a El Tanque y entró al arco. El marcador estaba 2 a 0. Los rivales estaban furiosos; no podían entender cómo un chico que corría como si tuviera los pies enyesados les estaba ganando el partido.
—¡Es un genio del engaño! —susurraban los padres en la tribuna—. ¡Finge torpeza para desorientar a la defensa!
Miquel, por su parte, estaba aterrado. Sus botines parecían vibrar con cada error. En una jugada cerca de su propia área, Miquel resbaló con una cáscara de mandarina que alguien había tirado. Al caer, su pierna derecha hizo un movimiento de tijera involuntario que interceptó un pase mortal de Los Rayos. La pelota salió disparada con un efecto tan extraño que hizo tres curvas en el aire antes de aterrizar suavemente en los pies de su delantero estrella, quien solo tuvo que empujarla.
—¡Qué asistencia, Miquel! ¡Sos el Xavi de los bloopers! —le gritó un compañero.
Sin embargo, el destino tenía un giro final. Faltando un minuto, el árbitro cobró un tiro libre a favor de Miquel cerca del área grande. Todos sus compañeros se alejaron.
—Patealo vos, Miquel. Sos el amuleto —dijo el Profe Rulo, cruzando los dedos detrás de su espalda.
Miquel se paró frente a la pelota. Miró el arco. Los botines verdes flúor brillaban bajo el sol de la tarde. Tomó carrera, cerró los ojos y pateó con todas sus fuerzas. Pero, en lugar de pegarle a la pelota, pateó el aire, dio una vuelta completa de 360 grados y cayó sentado sobre el balón. La presión de su peso hizo que la pelota saliera disparada hacia atrás, golpeara en el árbitro, rebotara en un perro que había entrado a la cancha y, finalmente, se elevara en un globo perfecto que superó al arquero adelantado.
El silbatazo final decretó el 4 a 0. Miquel fue llevado en hombros como un héroe nacional. Los periodistas del diario barrial querían saber su secreto.
—Miquel, contanos, ¿cómo lográs esa precisión quirúrgica partiendo desde el caos absoluto? —le preguntó un cronista.
Miquel miró sus botines, que ahora parecían un poco más gastados pero igual de ridículos. Se dio cuenta de que el fútbol, al igual que la vida, no siempre se trata de ser el más técnico o el más fuerte. A veces, ser el más torpe con el calzado adecuado y una pizca de suerte inversa es suficiente para alcanzar la gloria.
—Es simple —respondió Miquel con una sonrisa de oreja a oreja—. El truco está en no saber nunca qué vas a hacer. Si yo no lo sé, el rival mucho menos.
Esa noche, Miquel guardó los botines en su caja. Sabía que la magia no duraría siempre, pero por un día, el chico que tropezaba con su propia sombra había sido el rey de la cancha. Y mientras se dormía, soñó con el próximo partido, esperando que Don Hilarión tuviera en venta algún guante de arquero que atajara pelotas por puro accidente.
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