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Miquel no era un niño común de once años; él era un estratega del césped, un filósofo del área chica y, sobre todo, el dueño de las medias más altas de todo el barrio. Para Miquel, el fútbol no era solo un deporte, era un arte dramático donde él interpretaba todos los papeles, preferiblemente el del héroe que anota en el último minuto. Sin embargo, había un pequeño detalle: Miquel tenía una relación bastante complicada con la gravedad. Cada vez que intentaba una chilena, terminaba pareciéndose más a un escarabajo dado vuelta que a una estrella del Real Madrid.
Vivía en un barrio donde el fútbol se respiraba en cada esquina. Sus amigos, a quienes él llamaba afectuosamente su cuadrilla de gladiadores del asfalto, se reunían todas las tardes en la canchita de la plaza. El equipo era un despliegue de personalidades: estaba el Flaco, que corría tanto que a veces se olvidaba la pelota atrás; y el Rulo, cuyo peinado era tan aerodinámico que le permitía cabecear con una precisión quirúrgica, o al menos eso decía él.
Un sábado por la mañana, Miquel se despertó con una premonición. Hoy no es un día cualquiera, se dijo mientras se calzaba sus botines desgastados que ya pedían la jubilación a gritos. Hoy es el día del Gran Torneo de la Amistad (y de la Pizza Gratis). El premio principal era, efectivamente, tres pizzas gigantes de muzzarella, y Miquel tenía un hambre que solo la gloria deportiva podría saciar.
Al llegar a la cancha, el ambiente estaba tenso. El equipo rival, Los Terremotos, lucía uniformes impecables y tenían un arquero que medía como dos metros, o quizás era solo que Miquel estaba muy bajito ese día por los nervios. Miquel, como capitán autoproclamado, reunió a sus amigos.
—Escuchen bien, che —dijo Miquel, usando ese tono solemne que practicaba frente al espejo—. El fútbol no se juega con las piernas, se juega con el corazón. Y con los pases, por favor, ¡pásenme la pelota alguna vez!
El partido comenzó y fue un caos absoluto. Miquel intentó una finta de bicicleta que terminó con él enredado en sus propios cordones. El árbitro, que era el abuelo de uno de los chicos y veía menos que un topo con lentes oscuros, cobraba faltas por estornudos fuertes. En un momento dado, Miquel recibió un pase perfecto. Tenía el arco de frente. El mundo se detuvo. Los pájaros dejaron de cantar. El viento sopló épicamente despeinando su flequillo.
Miquel pateó con toda su alma. Pero, en lugar de salir disparada hacia la red, la pelota hizo un ruido extraño, como un suspiro de cansancio. ¡Se había pinchado justo en el impacto! El balón salió volando como un globo desinflado, haciendo piruetas erráticas en el aire, esquivando al arquero gigante que intentaba atraparlo con movimientos de ballet torpe, y terminó entrando al arco lentamente, como si estuviera pidiendo permiso.
—¡GOL! —gritó Miquel, aunque no estaba seguro de si eso contaba como gol o como un acto de magia fallido.
El árbitro, después de limpiar sus anteojos con la camiseta, señaló el centro del campo. El gol valía. Los Terremotos protestaron, alegando que un balón desinflado era una violación a las leyes de la física y del sentido común. Pero Miquel solo sonreía. Había descubierto que a veces, para ganar, no se necesitaba potencia, sino un poco de surrealismo.
El resto del partido fue una comedia de enredos. El equipo de Miquel defendía con una muralla de jugadores que parecían estar bailando una coreografía de hip-hop mal ensayada. Miquel, inspirado por su primer gol, intentaba dar instrucciones tácticas que nadie entendía.
—¡Hagan la presión del cactus! —gritaba, refiriéndose a quedarse quietos y pinchar al rival, algo que solo tenía sentido en su cabeza.
Faltando dos minutos, el marcador estaba empatado. La tensión se sentía en el aire, mezclada con el olor a pasto recién cortado y a las pizzas que ya estaban llegando al borde de la cancha. Miquel sabía que era su momento. Recibió el balón (uno nuevo, por suerte) y empezó a correr. Esquivó al primero con un giro que casi le disloca la cadera. Al segundo lo pasó con un caño accidental que hasta a él lo sorprendió.
Frente a él estaba el arquero gigante. Miquel recordó todas las películas de deportes que había visto. Sabía que el héroe siempre hace algo inesperado. Así que, en lugar de patear fuerte, se detuvo, miró hacia un lado como si hubiera visto un ovni, y cuando el arquero se distrajo por una fracción de segundo, Miquel simplemente empujó la pelota con la punta del botín.
El pitazo final sonó justo cuando la pelota cruzaba la línea. Victoria. El equipo saltó sobre Miquel, formando una montaña humana de camisetas sudadas y risas. Mientras devoraban las pizzas bajo la sombra de un árbol, Miquel reflexionó sobre su carrera futbolística. Quizás no llegaría a la selección nacional este año, y quizás sus chilenas seguirían pareciendo accidentes de tráfico, pero no importaba.
—¿Saben qué? —dijo Miquel con la boca llena de queso—. El fútbol es el único deporte donde un balón pinchado puede convertirte en leyenda.
Sus amigos asintieron, más ocupados con la pizza que con sus palabras, pero Miquel sabía que ese día, en esa canchita polvorienta, él había sido el dueño del destino. Y mientras caminaba a casa, con los botines colgando del hombro y una mancha de salsa en la nariz, ya estaba planeando la jugada maestra para el próximo sábado: La Táctica de la Tortuga Veloz.
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