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Había una vez, en un pequeño pueblo de casas con techos de teja roja y jardines llenos de margaritas, un gato llamado Miso. Miso era un gato de pelaje color naranja fuego, con una mancha blanca en la punta de la cola y unos ojos verdes tan brillantes como esmeraldas bajo el sol. A diferencia de otros gatos del vecindario, a Miso no le interesaba cazar ratones ni dormir largas siestas sobre el sofá. Miso tenía un deseo que lo mantenía despierto durante las noches de luna llena: él quería volar.
Cada mañana, Miso se sentaba en el alféizar de la ventana y observaba con envidia a las golondrinas. Las veía subir y bajar, dibujando piruetas invisibles en el cielo azul. —¡Qué afortunadas son! —maullaba Miso con un suspiro—. El mundo debe verse precioso desde allá arriba, lejos del polvo del camino y de los perros que ladran tras las cercas.
Un día, Miso decidió que ya había esperado suficiente. Si las aves podían volar, ¿por qué él no? Al fin y al cabo, era ágil y podía saltar muy alto. Su primer intento fue desde la valla del jardín. Se preparó, movió su colita de lado a lado para ganar impulso y saltó con todas sus fuerzas, agitando sus patas delanteras como si fueran alas. Pero, en lugar de elevarse, Miso aterrizó con un 'plof' sobre un montón de hojas secas. Un petirrojo que lo miraba desde una rama estalló en un trino de risa.
—No te rindas, Miso —se dijo a sí mismo, sacudiéndose el polvo—. Quizás solo necesito plumas.
Pasó toda la tarde recolectando plumas que las aves habían dejado caer cerca del estanque. Encontró plumas azules, grises y algunas blancas muy suaves. Con un poco de lana roja que encontró en la cesta de costura de su dueña, Sofía, intentó atarse las plumas a sus patas. Parecía un gato muy elegante, pero cuando intentó lanzarse desde la silla del porche, el resultado fue el mismo. La gravedad, esa fuerza invisible que mantiene todo en el suelo, no parecía querer hacer excepciones con un gato soñador.

Esa noche, Miso se sintió muy triste. Caminó hasta el viejo roble al final del jardín, donde vivía Lucas, un búho sabio de anteojos imaginarios y voz profunda.
—Lucas —dijo Miso—, ¿por qué los gatos no podemos volar? Mi corazón siente que pertenece al cielo.
Lucas abrió un ojo dorado y miró al gato. —Miso, cada criatura tiene su propio don. Los pájaros tienen alas para huir del peligro y buscar comida. Tú tienes garras para trepar, equilibrio para caminar por lugares estrechos y un ronroneo que sana corazones. Sin embargo, el hecho de que no tengas alas no significa que no puedas conocer las nubes.
Al día siguiente, Sofía, la niña que vivía con Miso, lo encontró intentando saltar de nuevo. Ella había estado observando los esfuerzos de su amigo y entendía su anhelo. Sofía era una niña muy ingeniosa y amaba a Miso más que a nada.
—No te preocupes, Miso —le susurró al oído mientras lo acariciaba—. Si quieres volar, volaremos juntos.

Sofía pasó toda la tarde trabajando en el garaje. Usó una vieja cesta de mimbre, mucha cuerda resistente y pidió prestado un tanque de helio que su padre había usado para una fiesta. Ató decenas de globos de colores brillantes —rojos, azules, amarillos y verdes— a los bordes de la cesta. Dentro, puso una manta suave y el juguete favorito de Miso.
Cuando todo estuvo listo, llevó la cesta al centro del jardín. Miso, curioso, saltó dentro. Sofía soltó lentamente la cuerda que sujetaba la cesta a una estaca en el suelo. De repente, Miso sintió algo maravilloso. El suelo comenzó a alejarse. Primero, las margaritas se volvieron pequeñas; luego, vio el techo de su casa y, finalmente, pudo mirar al búho Lucas directamente a los ojos, ya que estaba a la altura de su rama.
—¡Estoy volando! —maulló Miso con alegría desbordante.
Desde su cesta, Miso vio el pueblo como nunca antes. Los caminos parecían cintas de color café, los árboles eran como pompones verdes y el río brillaba como una serpiente de plata. El viento acariciaba sus bigotes y, por un momento, Miso se sintió el gato más libre del universo. Sofía sostenía una cuerda larga atada a la cesta, caminando por el jardín para que Miso estuviera seguro, pero para él, era un viaje transatlántico.
Cuando el sol comenzó a ponerse, pintando el cielo de naranja y violeta, Sofía tiró suavemente de la cuerda para traer a Miso de vuelta a la tierra. Miso saltó de la cesta con el corazón lleno de imágenes hermosas. Había entendido que, aunque sus patas estaban hechas para caminar sobre la tierra, su imaginación y el amor de sus amigos podían llevarlo tan alto como cualquier golondrina.
Desde esa tarde, Miso sigue mirando al cielo, pero ya no con envidia, sino con la sonrisa de quien conoce los secretos de las alturas. Y a veces, en sus sueños, Miso todavía siente el suave balanceo de su cesta de globos, volando sobre un mundo lleno de posibilidades.
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