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Había una vez una niña llamada Myriam que vivía en un pueblo donde los colores parecían tener vida propia. Myriam era una niña muy curiosa, alegre y llena de energía, pero tenía un pequeño gran problema: cada vez que intentaba dibujar, sentía que sus manos hablaban un idioma diferente al de su cerebro. Mientras sus compañeros de clase trazaban castillos perfectos, dragones imponentes y flores que parecían oler a primavera, los dibujos de Myriam siempre terminaban pareciendo, según ella, manchones confundidos.
Una tarde de martes, en la clase de arte, la maestra pidió a todos que dibujaran su animal favorito. Myriam cerró los ojos y visualizó un majestuoso gato de color naranja, con bigotes largos y una cola esponjosa. Sin embargo, al abrir los ojos y apoyar el lápiz sobre el papel blanco, el miedo la invadió. Empezó trazando un círculo para la cabeza, pero le salió más bien como una patata aplastada. Intentó corregirlo, pero el borrador dejó una mancha grisácea y sucia. Frustrada, Myriam apretó los dientes y trató de dibujar las orejas, pero una quedó gigante y la otra parecía un triángulo pinchado.
—¡No puedo hacerlo! —gritó Myriam, arrugando el papel hasta convertirlo en una pequeña bola de nieve de celulosa—. ¡Mis manos no saben dibujar! Soy la única persona en el mundo que no tiene magia en los dedos.
La maestra, una mujer amable llamada Doña Clara, se acercó a su mesa. En lugar de regañarla por el papel arrugado, se sentó a su lado y le sonrió.
—Myriam, el dibujo no es una carrera de perfección, es un puente entre lo que sientes y el papel. ¿Por qué no intentas dibujar cómo te sientes ahora mismo en lugar de intentar copiar un gato?
Pero Myriam estaba demasiado enfadada para escuchar. Recogió sus cosas y, al llegar a casa, se encerró en su cuarto. Tiró su estuche de colores al suelo y se sentó en el rincón, mirando su cuaderno en blanco con resentimiento. Si no puedo dibujar algo real, no quiero dibujar nada, pensó. Sin embargo, algo extraño sucedió. Entre sus lápices caídos, vio uno que nunca antes había notado. Era un lápiz de madera vieja, un poco torcido, que desprendía un tenue brillo plateado.
Con curiosidad, Myriam lo tomó. Al tocarlo, sintió un pequeño calambre de alegría. Decidió darle una última oportunidad al papel. Esta vez, no intentó dibujar un gato. Simplemente dejó que el lápiz se moviera. Al principio, fueron solo líneas en zigzag, rápidas y nerviosas, como su propia frustración. Luego, el lápiz empezó a girar en círculos concéntricos, creando torbellinos que parecían nubes de tormenta.
—Esto sigue siendo un desastre —murmuró Myriam, pero esta vez no dejó de dibujar.
De repente, el lápiz plateado empezó a vibrar. Myriam sintió que no era ella quien guiaba la mano, sino la emoción que llevaba dentro. Las líneas negras empezaron a mezclarse con colores que brotaban de la nada: azules eléctricos para su tristeza, rojos intensos para su rabia y amarillos brillantes para la chispa de curiosidad que aún vivía en ella. Lo que antes era un manchón empezó a cobrar una forma abstracta pero hermosa. No era un gato, no era un castillo, era una explosión de sentimientos.
Al día siguiente, Myriam llevó su dibujo a la escuela. Cuando llegó el momento de mostrar los trabajos, ella estaba nerviosa. Sus compañeros mostraban dibujos realistas de perros y pájaros. Cuando llegó su turno, Myriam desplegó su hoja. Hubo un silencio en el aula.
—¿Qué es eso? —preguntó un niño con curiosidad, pero no con burla.
—Es un rugido de colores —respondió Myriam, sorprendiéndose a sí misma—. Es como me siento cuando estoy frustrada pero quiero seguir intentándolo.
Doña Clara aplaudió con entusiasmo.
—¡Exactamente! Myriam ha descubierto el secreto del arte. El arte no siempre es un espejo de la realidad; a veces es un mapa de nuestro interior. No necesitas saber dibujar una línea recta para ser una artista, solo necesitas ser valiente para mostrar lo que hay en tu corazón.
Desde ese día, Myriam no volvió a decir que no sabía dibujar. Entendió que su estilo no era el de los castillos perfectos, sino el de las emociones vibrantes. Su habitación se llenó de lienzos llenos de manchas, salpicaduras y formas extrañas que contaban historias que las palabras no podían explicar. Aprendió que la frustración no era un muro, sino una puerta que, al abrirse, revelaba un mundo de creatividad infinita.
Incluso el gato naranja que tanto quería dibujar terminó apareciendo un día en su cuaderno. No tenía las orejas iguales ni una cola perfecta, pero tenía unos ojos amarillos tan llenos de vida que cualquiera que lo viera podía jurar que el gato estaba a punto de saltar del papel para empezar a jugar. Myriam finalmente se dio cuenta de que la perfección es aburrida, y que en el caos de sus trazos residía su verdadera y única magia.
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