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Había una vez, en un país lejano donde los árboles daban manzanas de caramelo y los ríos fluían con limonada rosa, una niña llamada Lila. Lila amaba los cuentos más que a nada en el mundo. Tenía una biblioteca llena de libros de todos los tamaños y colores. Le encantaba leer sobre princesas valientes, dragones amigables y animales que hablaban.
Un día, mientras Lila hojeaba un nuevo libro que su abuela le había regalado, sintió un cosquilleo en la nariz. El libro era pequeño, con tapas de cuero suave y páginas que olían a canela y miel. La historia se llamaba "La Aventura del Gusanito Glotón".
Lila comenzó a leer. La historia trataba de un gusanito llamado Gus que adoraba comer hojas. Un día, Gus encontró una hoja mágica que lo hacía crecer y crecer hasta ser gigante. Gus gigante se encontró con un problema, ya no podía comer hojas normales, eran muy pequeñas para él. Entonces, Gus tuvo que buscar en el jardín, algo suficientemente grande para satisfacer su hambre.
Mientras Lila leía sobre Gus buscando comida en el jardín, sintió un hambre repentina. Miró la página donde Gus mordía una enorme fresa brillante. De repente, ¡sintió un impulso irresistible! Extendió la mano y… ¡mordió la esquina del libro!
¡Ñam! La página sabía a fresa y papel. Lila se sorprendió. "¡Me comí el cuentito!" exclamó con los ojos muy abiertos.
Al principio, se sintió culpable. ¿Cómo iba a terminar la historia de Gus si se había comido una parte? Pero luego, sintió una extraña sensación. La historia de Gus, o al menos la parte que había comido, parecía estar dentro de ella.
Lila cerró los ojos e intentó recordar la parte que había mordido. Recordó la imagen de Gus mordiendo la fresa, el color rojo brillante, el sabor dulce imaginado. Y entonces, sintió que podía seguir contando la historia.
"Gus, después de comer la fresa gigante," comenzó Lila, "se encontró con una abeja reina que estaba muy preocupada. La abeja reina había perdido su corona, una corona hecha de miel y polen."
Lila siguió contando la historia, inventando nuevas aventuras para Gus. Usó su imaginación y la parte del libro que había comido como combustible. Gus ayudó a la abeja reina a encontrar su corona, después, Gus se encontró con un conejo triste que había perdido su zanahoria favorita. Y así, Gus ayudó a todos los animales del jardín.
Pero cada vez que Lila sentía que la historia se atascaba, mordía otra parte del libro. ¡Ñam! Un pedacito de la página donde Gus volaba en una hoja como una alfombra mágica. ¡Ñam! Un trocito de la página donde Gus bebía rocío de una flor. Cada bocado le daba nuevas ideas y la historia se volvía más y más emocionante.
Después de comerse casi todo el libro, Lila se dio cuenta de que la historia de Gus ya no estaba solo en las páginas, sino dentro de ella. Se había convertido en parte de su propia imaginación. Y entonces, Lila decidió que la historia de Gus no tenía que terminar. Podía seguir inventando nuevas aventuras para él, para siempre.
Cerró el libro, ahora mordisqueado y casi vacío. Pero en su cabeza, la historia de Gus era más grande y brillante que nunca. Salió al jardín y vio una oruga real mordisqueando una hoja. Sonrió. Quizás, pensó, podría escribir su propia historia, una historia sobre una niña que se comió un cuento y descubrió el poder de su imaginación.
Al día siguiente, Lila fue a visitar a su abuela. Le mostró el libro mordisqueado. La abuela sonrió. "Veo que te gustó mucho la historia, Lila," dijo con una sonrisa.
Lila le contó a su abuela cómo se había comido el libro y cómo había seguido contando la historia. La abuela la escuchó atentamente y luego le dijo: "Lila, a veces, las mejores historias son las que creamos nosotros mismos. Has descubierto un secreto maravilloso: el poder de la imaginación está dentro de ti."
Lila abrazó a su abuela. Sabía que su abuela tenía razón. A partir de ese día, Lila no solo leyó cuentos, sino que también los creó. Y aunque nunca más se comió un libro, siempre recordaría la aventura del Gusanito Glotón y cómo un pequeño bocado de una historia la había llevado a descubrir un mundo de imaginación sin límites. Y cada vez que veia una oruga, sonreía y pensaba en Gus y en todas las historias que aun estaban por contar.
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