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Gratis · elige una vozLa clase de Doña Margarita era famosa por ser… ¡interesante! No porque los niños aprendieran a volar o a teletransportarse, sino porque Doña Margarita siempre encontraba maneras divertidas de enseñar cosas importantes. Hoy, la clase era especial. No solo estaban los alumnos de segundo grado, sino también sus padres, sentados en sillas más grandes que parecían sacadas de la casa de un gigante. El tema del día: ¡El banco!
"Buenos días a todos," dijo Doña Margarita, con una sonrisa que iluminaba toda el aula. "Hoy vamos a aprender algo súper importante sobre el dinero y los bancos. ¿Alguien sabe qué es un banco?"
Manos alzadas por todas partes. Carlitos, siempre el más rápido, gritó: "¡Es donde guardamos el dinero!"
"¡Exacto, Carlitos!" Doña Margarita asintió. "Pero no solo lo guardamos. A veces, pedimos dinero prestado al banco. Y a veces, el banco nos cobra… ¡intereses!"
Doña Margarita escribió la palabra "INTERESES" en la pizarra con letras grandes y coloridas. Los niños la miraban con curiosidad. Los padres, algunos, bostezaban disimuladamente.
"Los intereses son como… ¡un regalito extra que le damos al banco por prestarnos dinero!" explicó Doña Margarita. "¿A alguien le gusta regalar cosas sin recibir nada a cambio?"
Un rotundo "¡NO!" resonó en la clase.
"¡Exacto! Por eso, cuando vamos al banco, ¡no queremos intereses!" Doña Margarita repitió la frase con entusiasmo. "¡No queremos intereses!"
"¡No queremos intereses!" repitieron los niños, con la misma energía que Doña Margarita.
Los padres, un poco más apagados, murmuraron: "No queremos intereses…"
Doña Margarita sonrió. "Muy bien. Ahora, también hay otra cosa que los bancos a veces nos cobran. Se llaman… ¡comisiones!"
Escribió "COMISIONES" debajo de "INTERESES", también con letras grandes y coloridas. Los niños parecían estar entendiendo, pero las caras de los padres mostraban una mezcla de confusión y aburrimiento.
"Las comisiones son como… ¡un pequeño pago por usar los servicios del banco!" Doña Margarita intentó explicarlo de la manera más sencilla posible. "Por ejemplo, por tener una cuenta en el banco, a veces te cobran una comisión."
"¿Y eso es bueno o malo?" preguntó Sofía, una niña muy observadora.
"¡Malo!" respondió Doña Margarita. "Porque estamos pagando por algo que ya deberíamos tener gratis. Entonces, ¿qué decimos cuando vamos al banco? ¡No queremos comisiones!"
"¡No queremos comisiones!" gritaron los niños, con más fuerza que antes.
Los padres, esta vez, respondieron un poco más alto: "No queremos comisiones!"
Doña Margarita estaba feliz. "¡Perfecto! Entonces, repitamos juntos la frase mágica para que los bancos no nos cobren de más: ¡No queremos ni intereses, ni comisiones!"
Doña Margarita respiró hondo y, con toda la energía del mundo, gritó: "¡No queremos ni intereses, ni comisiones!"
Los niños, siguiendo su ejemplo, gritaron al unísono: "¡No queremos ni intereses, ni comisiones!"
Los padres, contagiados por el entusiasmo, también gritaron: "¡No queremos ni intereses, ni comisiones!"
Doña Margarita sonrió, sintiéndose como una directora de orquesta. "¡Muy bien! Ahora, para que se les quede grabado para siempre, vamos a decirlo una vez más. ¡No queremos ni intereses, ni comisiones!"
Y aquí fue donde la cosa se complicó. Doña Margarita, como buena maestra, quería que todos repitieran la frase completa, pero de alguna manera, los padres y los niños se enredaron.
Doña Margarita, con una sonrisa aún más grande, dijo: "¡Repetir conmigo! ¡No queremos ni intereses, ni comisiones!"
Y los niños, con toda la emoción del mundo, gritaron: "¡Conmigo!"
Los padres, confundidos pero tratando de seguir el ritmo, también gritaron: "¡Conmigo!"
Doña Margarita parpadeó, desconcertada. "No, no, no... ¡No es conmigo! Es No queremos ni intereses, ni comisiones. ¡Repitan conmigo!"
"¡Conmigo!" repitieron los niños, aún más fuerte.
"¡Conmigo!" repitieron los padres, algunos riéndose por lo bajo.
Doña Margarita intentó explicarlo de nuevo, más despacio, señalando las palabras en la pizarra. "¡Miren! No queremos ni intereses, ni comisiones. ¡Repetir conmigo!"
Pero era inútil. La clase entera, en un torbellino de confusión y entusiasmo, gritaba: "¡Conmigo! ¡Conmigo! ¡Conmigo!"
Doña Margarita, al ver que no había manera de hacerles entender, suspiró profundamente. Tomó la tiza con la que había estado escribiendo, la miró fijamente por un segundo, y luego… ¡la tiró contra la pizarra con un ruido seco!
La tiza se rompió en dos pedazos, dejando una pequeña mancha blanca en la pizarra llena de letras coloridas.
Doña Margarita, sin decir una palabra, recogió su bolso, se dio la vuelta y salió del aula, dejando a los niños y a los padres en un silencio atónito. Se fue murmurando por lo bajo: "¡Ni intereses, ni comisiones… ni esta clase!"
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