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Nicolás era un niño muy especial. No porque tuviera superpoderes, ni porque supiera volar. Era especial porque sentía las emociones con una intensidad enorme. A veces, se sentía como un volcán a punto de explotar de alegría; otras, como una nube gris cargada de tristeza.
Un día, mientras jugaba en el parque, un anciano de barba blanca y ojos brillantes se sentó a su lado. El anciano, que se llamaba Don Sabio, observó a Nicolás correr y reír, pero también lo vio tropezar y enfurruñarse.
"Veo que sientes mucho, pequeño," dijo Don Sabio con una sonrisa amable.
Nicolás, sorprendido, asintió con la cabeza. "A veces es demasiado," murmuró. "Me siento feliz, feliz, feliz y de repente, ¡pum!, estoy enojado o triste. No sé qué hacer con todo esto."
Don Sabio sacó de su bolsillo una pequeña caja de madera. La abrió y dentro había siete piedras de colores, cada una brillando con una luz diferente. "Estas son las Piedras de las Emociones," explicó. "Cada color representa un sentimiento. El rojo es para la rabia, el azul para la tristeza, el amarillo para la alegría, el verde para la calma, el naranja para el miedo, el morado para la sorpresa y el rosa para el amor."
Nicolás observó las piedras con fascinación. Don Sabio continuó: "No podemos evitar sentir emociones, Nicolás. Son parte de nosotros, como los dedos de nuestras manos. Lo importante es aprender a reconocerlas, a entenderlas y a manejarlas. Cada vez que sientas una emoción fuerte, toma la piedra del color correspondiente. Respírala, siéntela y pregúntate: ¿por qué me siento así? ¿Qué puedo hacer al respecto?"
Nicolás tomó la piedra roja. Ese día, se había enfadado porque su hermano pequeño había roto su juguete favorito. Sintió la rabia, un fuego que le quemaba por dentro. Respiró hondo, tal como le había indicado Don Sabio. "Estoy enojado porque mi juguete se rompió," pensó. "Pero puedo pedirle a papá que lo arregle, o puedo jugar con otra cosa."
Poco a poco, la rabia fue disminuyendo. Nicolás devolvió la piedra roja a la caja y tomó la piedra amarilla. Recordó que al día siguiente iría de excursión al zoológico. La alegría inundó su corazón.
Durante los días siguientes, Nicolás usó las Piedras de las Emociones cada vez que necesitaba ayuda. Cuando sentía miedo al ver una película de monstruos, tomaba la piedra naranja y se recordaba a sí mismo que era solo una película. Cuando se sentía triste porque su abuela estaba enferma, abrazaba la piedra azul y le escribía una carta.
Un día, mientras paseaba por el parque, vio a una niña llorando. Se acercó a ella y le preguntó qué le pasaba. La niña le contó que había perdido su osito de peluche favorito. Nicolás recordó las Piedras de las Emociones y le dijo a la niña: "Sé cómo te sientes. Yo también me he sentido triste. Pero las emociones no duran para siempre. Podemos buscar tu osito juntos. Y si no lo encontramos, podemos hacer uno nuevo."
Nicolás y la niña buscaron el osito por todo el parque. Finalmente, lo encontraron debajo de un banco. La niña sonrió y abrazó a Nicolás. En ese momento, Nicolás sintió una oleada de amor y felicidad. Tomó la piedra rosa y la piedra amarilla, y supo que las emociones, incluso las difíciles, podían ser como un arcoíris: llenas de color y belleza.
Don Sabio apareció de repente, sonriendo. "Ves, Nicolás," dijo. "Ahora entiendes que tus emociones no son tus enemigas. Son tus amigas, tus guías. Y cuando las compartes con los demás, pueden iluminar el mundo."
Nicolás sonrió. Había aprendido que sentir mucho no era un problema, sino un regalo. Era el arcoíris de sus sentimientos, un arcoíris que lo hacía único y especial.
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