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Gratis · elige una vozHabía una vez un niño de cabellos rizados y ojos curiosos llamado Nicolás. Nicolás no era un niño común; en su mochila siempre llevaba una libreta de dibujos y un lápiz que parecía tener vida propia. Un caluroso martes de junio, Nicolás aterrizó en un lugar que parecía sacado de sus libros de historia: la majestuosa ciudad de Roma. Nada más bajar del avión, el aire olía a albahaca fresca y a historia antigua. Su abuelo, un hombre sabio con una gorra de lino, le entregó un mapa que no tenía nombres modernos, sino dibujos hechos a mano. Hoy, Nicolás, no vamos a caminar por calles, vamos a viajar por el tiempo, le dijo con un guiño.
La primera parada de su aventura fue el imponente Coliseo. Al llegar, Nicolás se quedó con la boca abierta. Era mucho más grande de lo que imaginaba. Se sentó en una piedra lisa y comenzó a dibujar los arcos gigantescos. Mientras su lápiz se movía, Nicolás cerró los ojos y pudo imaginar el rugido de la multitud y a los gladiadores saludando al emperador. ¿Sabías que aquí también hacían batallas navales llenas de agua?, le contó su abuelo. Nicolás dibujó un pequeño barco flotando entre las ruinas, mezclando la realidad con su desbordante fantasía. El sol de la mañana iluminaba el travertino dorado, haciendo que el anfiteatro pareciera un pastel de miel gigante.
Después de caminar un rato, llegaron a la Fontana di Trevi. El sonido del agua era como una melodía de cristal. Nicolás se abrió paso entre la gente y sacó una moneda de su bolsillo. Pide un deseo, pero hazlo con el corazón, susurró su abuelo. Nicolás lanzó la moneda por encima de su hombro derecho y, al caer al agua turquesa, dibujó a Neptuno saliendo de las rocas con sus caballos marinos. El niño se fijó en cada detalle: las conchas de piedra, el musgo verde que crecía en las esquinas y la alegría de los turistas. En su libreta, la fuente cobró vida con colores azules y plateados, capturando el brillo del agua bajo el cielo romano.
El hambre empezó a apretar, así que se detuvieron en una pequeña plaza a comer pizza al taglio. Mientras masticaba la masa crujiente, Nicolás observaba a las palomas revolotear alrededor de una estatua. Su siguiente destino era el Panteón de Agripa. Al entrar, el silencio lo envolvió todo. Nicolás miró hacia arriba y vio el óculo, ese círculo perfecto en el techo por donde entraba un rayo de luz sólida, como si fuera un camino hacia el cielo. ¿Y qué pasa si llueve?, preguntó el niño. La lluvia cae dentro, como una ducha mágica, y se escurre por agujeros casi invisibles en el suelo, respondió el abuelo. Nicolás dibujó ese rayo de luz iluminando el suelo de mármol de colores, sintiéndose muy pequeño pero muy afortunado.
La tarde los llevó hacia la Plaza de España. Nicolás subió los 135 escalones corriendo, contando cada uno de ellos. Desde arriba, la vista de la ciudad era un mar de tejados de terracota y cúpulas lejanas. Se sentó en la escalinata y dibujó la fuente de la Barcaza que estaba a los pies de la escalera. Parece un barco hundiéndose, abuelo, comentó. El abuelo le explicó que el artista la hizo así para recordar una gran inundación del río Tíber. Nicolás llenó su página con flores de colores que adornaban los balcones cercanos, creando un tapiz vibrante de vida urbana.
Finalmente, cruzaron el río para llegar a la Plaza de San Pedro. La inmensidad de las columnas abrazando la plaza hizo que Nicolás se sintiera en el centro del mundo. Dibujó la cúpula de San Pedro, que parecía una montaña de piedra gris azulada tocando las nubes. El sol comenzaba a ponerse, tiñendo el cielo de tonos rosados y naranjas. Roma no se construyó en un día, y tampoco se puede conocer en uno solo, dijo el abuelo mientras caminaban hacia el Castillo SantAngelo. Nicolás miró su libreta; estaba llena de bocetos, historias y manchas de helado de pistacho. Había capturado la esencia de la Ciudad Eterna en sus hojas de papel.
Aquella noche, mientras descansaba en su cama bajo una ventana que daba a un callejón empedrado, Nicolás repasó sus dibujos. Había visto piedras que hablaban, fuentes que cumplían deseos y techos con ojos de luz. Se dio cuenta de que Roma no era solo un lugar en un mapa, sino un cuento infinito que él acababa de empezar a escribir. Cerró los ojos y, antes de quedarse dormido, soñó que sus dibujos cobraban vida y que él volaba sobre el Coliseo en un barco de papel, prometiendo volver algún día para descubrir los secretos que aún quedaban ocultos entre las sombras de los pinos romanos y las estatuas de mármol.
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