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Tito era un niño al que le encantaba jugar. Le encantaba correr, saltar y, sobre todo, ensuciar. No importaba si era un día soleado o un día lluvioso, Tito siempre encontraba la manera de acabar cubierto de algo pegajoso y, a menudo, ¡de barro!
Un día, después de una fuerte lluvia, la calle frente a la casa de la abuela Elena se había convertido en un auténtico lodazal. Tito miró la calle con ojos brillantes. ¡Era el paraíso del barro! Su abuela, que lo observaba desde la ventana, suspiró. Sabía lo que iba a pasar.
"Tito, ¡ten cuidado! ¡No te ensucies demasiado!" le gritó la abuela Elena desde la ventana. Pero Tito ya estaba corriendo hacia la calle, listo para la aventura. La abuela Elena negó con la cabeza y volvió a su tejido. Sabía que sería una batalla perdida.
En la calle, Tito empezó a chapotear en los charcos. El barro salpicaba a su alrededor, manchando sus pantalones, su camisa e incluso su cara. ¡Le encantaba! Corrió de un lado a otro, dejando huellas profundas en el barro. Imaginaba que era un explorador aventurero descubriendo una nueva tierra llena de misterios.
Después de un rato, Tito se cansó de chapotear y decidió que era hora de construir algo. Encontró un par de palos y empezó a apilar barro a su alrededor. Quería construir un castillo de barro majestuoso, el más grande que jamás se hubiera visto.
Trabajó duro, amasando el barro con sus manos y dándole forma. El barro se metía debajo de sus uñas, se pegaba a su pelo y cubría su ropa. Pero a Tito no le importaba. Estaba demasiado ocupado construyendo su castillo para preocuparse por la suciedad.
Finalmente, después de horas de arduo trabajo, el castillo de barro estaba terminado. Era alto y robusto, con torres y almenas. Tito estaba muy orgulloso de su creación. Se paró frente a su castillo, sonriendo de oreja a oreja.
En ese momento, la abuela Elena salió de la casa. Cuando vio a Tito, casi se desmaya. Estaba completamente cubierto de barro de pies a cabeza. ¡Era irreconocible!
"¡Tito!" exclamó la abuela Elena. "¡Pero mírate! ¡Estás hecho un desastre!"
Tito miró a su abuela y luego se miró a sí mismo. Se dio cuenta de lo sucio que estaba. Pero no se arrepintió de nada. Se había divertido mucho jugando en el barro.
"Pero abuela, ¡mira mi castillo!" dijo Tito, señalando su creación de barro.
La abuela Elena miró el castillo. Tenía que admitir que era impresionante. A pesar de lo enojada que estaba por la suciedad, no pudo evitar sonreír. Tito tenía un talento para la creatividad.
"Es muy bonito, Tito," dijo la abuela Elena. "Pero ahora tienes que entrar y limpiarte. Estás demasiado sucio para estar así."
Tito suspiró. Sabía que su abuela tenía razón. Entró a la casa con la cabeza gacha, dejando un rastro de barro a su paso.
La abuela Elena lo siguió, sacudiendo la cabeza. Sabía que iba a tener mucho trabajo limpiando todo el desastre que había hecho Tito.
Una vez dentro, la abuela Elena llevó a Tito al baño. Le llenó la bañera con agua caliente y le dio un jabón especial para quitar el barro. Tito se metió en la bañera y empezó a frotarse. El barro se desprendía de su piel, tiñendo el agua de un color marrón oscuro.
Mientras Tito se bañaba, la abuela Elena limpiaba el rastro de barro que había dejado en la casa. Fregó el suelo, lavó las alfombras y limpió las paredes. Era un trabajo duro, pero estaba decidida a dejar la casa limpia y ordenada.
Después de un rato, Tito salió del baño. Estaba limpio y fresco, con el pelo mojado y la cara sonrojada. Se puso ropa limpia y fue a buscar a su abuela.
La encontró en la cocina, preparando la cena. Tito se acercó a ella y la abrazó.
"Gracias, abuela," dijo Tito. "Por limpiarme y por no enfadarte demasiado conmigo."
La abuela Elena abrazó a Tito. "Te quiero, Tito," dijo. "Pero por favor, la próxima vez, trata de no ensuciarte tanto. Es mucho trabajo limpiarte después."
Tito sonrió. "Lo intentaré, abuela," dijo. Pero en su interior, sabía que era una promesa que probablemente no podría cumplir. Después de todo, ¡le encantaba jugar y le encantaba ensuciar!
Esa noche, mientras Tito dormía, la abuela Elena miró por la ventana. Vio el castillo de barro de Tito a la luz de la luna. Aunque le daba trabajo limpiarlo, no podía evitar sentirse orgullosa de su nieto. Era un niño creativo, imaginativo y lleno de vida. Y aunque a veces se ensuciaba demasiado, ella lo amaba tal como era.
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