Escucha este cuento
Gratis · elige una vozSofía era una niña muy valiente, casi siempre. Pero por las noches, ¡ay, las noches! En cuanto se apagaba la luz, los monstruos aparecían. No eran monstruos grandes y peludos, no. Eran monstruos pequeños y ruidosos que vivían debajo de su cama. Susurraban, reían y hacían ¡clic, clac, clic! con sus diminutas garras.
Una noche, Sofía, temblando bajo las sábanas, decidió que ya era suficiente. "¡No más!", pensó. "¡Tengo que hacer algo con estos monstruos!"
Al día siguiente, Sofía puso en marcha su plan. Primero, necesitaba información. Así que, con la ayuda de su abuela, la abuela Elena, que era una experta en cuentos de hadas y criaturas fantásticas, investigó sobre monstruos debajo de la cama.
"Abuela, ¿qué comen los monstruos debajo de la cama?", preguntó Sofía.
La abuela Elena, con una sonrisa misteriosa, respondió: "Pues, querida, he escuchado que les encantan los calcetines desparejados y las migas de galleta."
¡Calcetines y migas! Sofía tomó nota. Luego, investigó cómo ahuyentarlos. La abuela Elena le sugirió algo aún más interesante: "A veces, querida, los monstruos solo quieren ser amigos."
¡Amigos! La idea sorprendió a Sofía. ¿Podría ser amiga de los monstruos que la asustaban tanto?
Con la información en mano, Sofía preparó su plan. Primero, limpiaría debajo de su cama. Tal vez, solo tal vez, los monstruos se mudarían a un lugar más limpio. Luego, si eso no funcionaba, intentaría ser su amiga.
Esa tarde, con una escoba y un cubo, Sofía se armó de valor y se acercó a su cama. "¡Allá voy!", pensó, respirando hondo.
Se agachó y miró debajo de la cama. ¡Qué asco! Había polvo, juguetes rotos y, sí, ¡muchos calcetines desparejados! Comenzó a limpiar con entusiasmo. Sacó el polvo, recogió los juguetes y guardó los calcetines en una bolsa.
Mientras limpiaba, escuchó un pequeño susurro: "¿Qué... qué haces?"
Sofía se sobresaltó, pero se obligó a responder con valentía: "Estoy limpiando. Hay mucho polvo aquí abajo."
Un pequeño monstruo, con ojos grandes y una nariz arrugada, salió tímidamente de entre las sombras. Era pequeño y verde, y tenía una voz chillona.
"¿Limpiando?", preguntó el monstruo. "Nunca nadie ha limpiado aquí abajo."
"Pues, ahora lo estoy haciendo", dijo Sofía, sonriendo un poco. "No me gustan los monstruos ruidosos debajo de mi cama."
El monstruo verde pareció pensarlo. "No somos ruidosos a propósito", dijo. "Solo estamos aburridos. No tenemos nada que hacer."
Sofía tuvo una idea. "¿Qué tal si jugamos?", propuso.
El monstruo verde abrió mucho los ojos. "¿Jugar? ¿Con nosotros?"
"¡Claro!", dijo Sofía. "Podemos jugar a las escondidas, o a las muñecas, o... ¡a lo que quieran!"
El monstruo verde sonrió, mostrando unos dientes pequeños y puntiagudos. "¡Me gusta la idea!", dijo. Luego, llamó a sus amigos monstruos. Uno a uno, fueron saliendo de entre las sombras: uno azul con una cola larga, uno rosa con orejas grandes y uno amarillo con un solo ojo.
Esa noche, en lugar de escuchar ruidos extraños debajo de su cama, Sofía escuchó risas. Risas alegres y divertidas. Jugó a las escondidas con los monstruos, les leyó cuentos y hasta les enseñó a dibujar.
Descubrió que los monstruos no eran tan aterradores como pensaba. Solo eran pequeños seres aburridos que necesitaban un poco de compañía.
Desde esa noche, Sofía ya no tuvo más terrores nocturnos. Los monstruos debajo de su cama se convirtieron en sus amigos. Y cada noche, antes de dormir, Sofía les dejaba un plato con migas de galleta y un calcetín desparejado, ¡solo por si acaso!
Y así, Sofía aprendió que a veces, las cosas que más nos asustan son las que más necesitan nuestra amistad. Y que incluso los monstruos debajo de la cama pueden convertirse en los mejores compañeros de juego.
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