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Tomás era un niño… especial. No le gustaba seguir reglas. Si su mamá le decía “Tomás, lávate los dientes”, él gritaba “¡No, quiero!” y saltaba en la cama. Si su papá le pedía “Tomás, recoge tus juguetes”, él respondía “¡No, quiero!” y salía corriendo al jardín a perseguir mariposas, dejando un rastro de juguetes a su paso. Los juguetes, por cierto, se quejaban en voz baja, cansados de estar siempre tirados. Incluso su perrito, Pipí, a veces prefería esconderse debajo de la mesa antes que ser arrastrado por Tomás en alguna de sus aventuras desordenadas.
Un día, la abuela Elena vino de visita. La abuela Elena era conocida por sus deliciosas galletas de jengibre y sus historias fantásticas. Pero la abuela Elena también tenía una regla de oro: “En mi casa, hay respeto y orden”. Tomás, por supuesto, no prestó atención. Cuando la abuela Elena le ofreció una galleta, él la tomó y, en lugar de comerla, la usó para dibujar bigotes en la cara de Pipí. La abuela Elena suspiró.
“Tomás,” dijo ella suavemente, “así no se hacen las cosas.”
“¡No, quiero!” gritó Tomás, y salió corriendo al jardín, dejando a Pipí con la cara llena de migas de galleta y a la abuela Elena con el ceño fruncido. En el jardín, Tomás encontró un nido de hormigas. En lugar de observarlas con curiosidad, como un niño normal, decidió construirles una presa con tierra y piedritas. Las hormigas, desesperadas, intentaban escapar de su prisión improvisada.
De repente, Tomás sintió un tirón en su pantalón. Era una hormiga, ¡pero una hormiga gigante! Bueno, no realmente gigante, pero para Tomás, que estaba de rodillas, parecía enorme. La hormiga lo miró con ojos severos.
“¡¿Qué crees que estás haciendo?!” siseó la hormiga, con una voz sorprendentemente aguda.
Tomás, sorprendido, tartamudeó: “Yo… yo solo estaba… jugando”.
“¿Jugando? ¡Estás destruyendo nuestro hogar! Siempre haces lo que quieres, sin pensar en los demás. ¡Es hora de que aprendas una lección!” La hormiga chasqueó sus mandíbulas y, de repente, Tomás se sintió… ¡pequeño! Muy pequeño. Miró a su alrededor y se dio cuenta de que se había encogido al tamaño de una hormiga.
Miedo y confusión invadieron a Tomás. Las hierbas eran ahora árboles gigantes, las piedritas, montañas. La hormiga gigante, que ahora era una hormiga de tamaño normal, lo agarró de la mano y lo arrastró hacia el hormiguero.
“¡No, quiero!” intentó gritar Tomás, pero su voz era apenas un susurro. Dentro del hormiguero, todo era oscuro y bullicioso. Las hormigas trabajaban sin cesar, cargando hojas y construyendo túneles. La hormiga que lo había capturado lo obligó a trabajar con ellas. Tomás, acostumbrado a no hacer nada, se cansó rápidamente. Le dolían los brazos, le picaba todo el cuerpo y tenía mucha sed.
Durante horas (o eso le pareció a Tomás), trabajó sin descanso, cargando pequeños granos de arena. Entendió, por primera vez, el esfuerzo que requería construir algo, el trabajo en equipo y la importancia de seguir las reglas para que todo funcionara correctamente. Vio cómo cada hormiga tenía una tarea y cómo todas colaboraban para el bien común.
Finalmente, la hormiga que lo había capturado lo llevó de vuelta a la entrada del hormiguero. “¿Has aprendido algo, Tomás?” le preguntó.
Tomás, exhausto y cubierto de tierra, asintió con la cabeza. “Sí,” dijo en voz baja. “Entiendo que debo pensar en los demás y que las reglas son importantes.”
La hormiga sonrió. “Bien. Ahora, vuelve a tu tamaño normal y recuerda esta lección.” Con un chasquido de sus mandíbulas, Tomás sintió un cosquilleo y, de repente, volvió a ser grande.
Miró el hormiguero, sintiéndose culpable. Deshizo la presa que había construido y observó cómo las hormigas salían, agradecidas, a reparar su hogar. Luego, corrió adentro, buscando a su abuela Elena.
“Abuela,” dijo, “lo siento. No debí usar la galleta para dibujar en la cara de Pipí. Y prometo que voy a recoger mis juguetes y a portarme bien.”
La abuela Elena sonrió y lo abrazó. “Lo sé, Tomás. Todos cometemos errores. Lo importante es aprender de ellos.”
Esa noche, Tomás se lavó los dientes sin protestar, recogió sus juguetes (ayudado por Pipí, que parecía haber perdonado el incidente de la galleta) y se durmió profundamente, soñando con hormigas trabajadoras y la importancia de ser un niño bueno… aunque a veces le den ganas de decir “¡No, quiero!”. Pero ahora, sabía que a veces, decir “¡Sí, quiero!” era mucho mejor.
Desde ese día, Tomás era un niño mucho más considerado. Aún tenía sus momentos de travesura, pero siempre recordaba la lección que aprendió en el jardín, gracias a una hormiga muy especial.
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