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Había una vez, en un pequeño pueblo rodeado de campos de amapolas, un niño llamado Tomás. Tomás era un niño curioso y lleno de energía, pero también, ¡ay, qué pena!, un poquito desobediente. Su mamá, Doña Elena, siempre le decía: "Tomás, ¡no toques la Nube de Algodón! Es delicada y puede desaparecer si la tocas".
La Nube de Algodón no era una nube real, claro que no. Era un gran arbusto de flores blancas que crecía en el jardín de Doña Elena. Las flores eran tan suaves y esponjosas que parecían algodón de azúcar, y brillaban con una luz especial cuando el sol las tocaba. A Tomás le encantaba mirarla, pero tenía prohibido acercarse.
Un día, Doña Elena tuvo que ir al mercado a comprar frutas y verduras. "Tomás, cariño, me voy al mercado. Por favor, recuerda lo que te dije: ¡no toques la Nube de Algodón! Juega con tus juguetes en el patio, pero mantente alejado del arbusto", le advirtió su mamá.
Tomás asintió con la cabeza, prometiendo portarse bien. Pero, en cuanto Doña Elena salió por la puerta, la curiosidad empezó a roerle por dentro. "Es solo un poquito", pensó. "No pasará nada si la toco solo una vez".
Así que, con paso silencioso, se acercó a la Nube de Algodón. Las flores eran aún más hermosas de cerca, tan blancas y suaves que parecían invitarlo a tocarlas. Extendió su mano, tembloroso, y rozó una de las flores con la punta de los dedos. Era increíblemente suave, ¡como acariciar a un conejito recién nacido!
"Mmm, qué suave", murmuró Tomás. No pudo resistirse y acarició otra flor, y luego otra. Cada flor era más suave que la anterior. De repente, escuchó un pequeño crujido. Miró hacia abajo y vio que una de las flores se había desprendido del arbusto y caía lentamente al suelo.
Tomás se asustó. Intentó volver a colocar la flor en su sitio, pero era demasiado tarde. La flor se había marchitado un poco y ya no brillaba como antes. Se dio cuenta de que había desobedecido a su mamá y que había hecho daño a la Nube de Algodón.
Corrió a buscar sus juguetes, intentando olvidar lo que había hecho. Pero la culpa le pesaba en el corazón. Jugó con sus coches y sus muñecos, pero no podía disfrutarlo. Sabía que había hecho algo malo y que su mamá se enfadaría mucho cuando volviera.
Cuando Doña Elena regresó del mercado, Tomás la recibió con la cabeza gacha. "¿Te has portado bien, Tomás?", le preguntó su mamá con una sonrisa.
Tomás no pudo mentirle. "No, mamá", dijo con voz temblorosa. "He tocado la Nube de Algodón y he roto una flor".
Doña Elena suspiró. "Tomás, ya te dije que no la tocaras. Sabes que es muy delicada".
Tomás empezó a llorar. "Lo siento, mamá. No lo volveré a hacer".
Doña Elena se agachó y lo abrazó. "Sé que no lo hiciste con mala intención, cariño. Pero tienes que aprender a obedecer. Ahora, vamos a ver la Nube de Algodón".
Juntos, fueron al jardín. Doña Elena examinó el arbusto con tristeza. La flor que Tomás había roto estaba mustia en el suelo. "Bueno", dijo Doña Elena. "Aunque has roto una flor, podemos intentar cuidarla para que no se marchite del todo. La pondremos en un jarrón con agua y tal vez podamos plantarla para que crezca una nueva Nube de Algodón".
Tomás se sintió un poco mejor al escuchar las palabras de su mamá. La ayudó a recoger la flor marchita y la pusieron en un jarrón con agua. Luego, Doña Elena le explicó cómo plantar una nueva flor a partir de las semillas de la Nube de Algodón.
Durante los días siguientes, Tomás cuidó con esmero la flor marchita y la pequeña maceta con las semillas. La regaba con cuidado y la protegía del sol directo. Aunque la flor marchita no volvió a florecer, las semillas empezaron a germinar.
Con el tiempo, una pequeña planta empezó a crecer en la maceta. Era una Nube de Algodón en miniatura, con pequeñas hojas verdes y una promesa de flores blancas. Tomás aprendió que la desobediencia puede tener consecuencias, pero también que la honestidad y el arrepentimiento pueden ayudar a reparar los errores. Y aunque nunca más volvió a tocar la Nube de Algodón sin permiso, siempre la cuidó con amor y respeto. La Nube de Algodón floreció, y el jardín de Doña Elena volvió a brillar con su luz especial. Tomás aprendió la lección: a veces, las cosas más hermosas son aquellas que debemos admirar desde la distancia, protegiéndolas con nuestro cuidado y respeto. Y, sobre todo, aprendió que obedecer a su mamá siempre era lo mejor.
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