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En el fondo de mi casa, donde la luz juega al escondite entre las macetas y el olor a tierra mojada siempre está presente, vive Pancracio. Sí, ¡un cocodrilo verde! No es un cocodrilo cualquiera, claro que no. Pancracio es un cocodrilo muy especial. Se arrastra por el suelo con una elegancia que ya quisieran algunos bailarines, pero nunca, ¡nunca!, a nadie muerde.
Su piel verde brillante parece estar pintada con acuarelas relucientes. Tiene unos ojos grandes y amables, que siempre te miran con curiosidad. Y aunque tiene dientes, ¡muchos dientes!, los usa solamente para sonreír o para masticar sus galletitas favoritas.
Como es muy distinguido, tiene el nombre de Pancracio. Le queda perfecto, ¿verdad? Suena importante, como un nombre de rey, pero al mismo tiempo, tiene un toque divertido.
Yo le doy la galletita. Todas las tardes, después de la escuela, voy corriendo al jardín y lo saludo: "¡Hola, Pancracio! ¿Cómo estás hoy?" Él me mira con sus ojos brillantes y abre su gran boca, esperando su premio. Le ofrezco una galletita de miel, su favorita, y él la toma con mucho cuidado, sin apretarla demasiado. Después, dice muchas gracias. Sí, ¡un cocodrilo que dice muchas gracias! No lo creerías si no lo vieras.
"Muchas gracias", dice Pancracio, con una voz grave y un poco ronca, que suena como el viento soplando entre las hojas. A veces, me cuenta historias. Historias de ríos lejanos, de selvas misteriosas, y de otros cocodrilos que viven bajo el sol. Yo me siento a su lado, en una piedra calentita, y lo escucho con atención, imaginando todos esos lugares maravillosos.
Un día, mis amigos vinieron a visitarme. Estaban jugando al fútbol en la calle y, de repente, la pelota rodó hacia mi jardín. "¡Voy a buscarla!", gritó Sofía, la más valiente de todos. Pero cuando entró al jardín y vio a Pancracio, se quedó paralizada. "¡Un cocodrilo!", gritó con todas sus fuerzas.
Todos mis amigos corrieron a esconderse detrás de un árbol. Tenían mucho miedo. "¡No se asusten!", les dije. "Él es Pancracio, mi amigo. No muerde a nadie". Pero ellos no me creían. Estaban demasiado asustados para acercarse.
Entonces, Pancracio se arrastró lentamente hacia ellos. Abrió su gran boca y… ¡sonrió! Una sonrisa enorme, que mostraba todos sus dientes. Después, cerró la boca y dijo, con su voz grave y ronca: "Hola".
Mis amigos se quedaron sorprendidos. Poco a poco, fueron saliendo de detrás del árbol. Se acercaron a Pancracio con cautela, como si tuvieran miedo de que fuera a saltar sobre ellos. Pero Pancracio no hizo nada. Se quedó quieto, mirándolos con sus ojos amables.
Sofía, la que había gritado primero, fue la primera en atreverse a tocarlo. Extendió su mano y acarició suavemente su piel verde. "Es suave", dijo con sorpresa. "Pensé que sería áspera".
Uno por uno, mis amigos se acercaron a Pancracio. Le acariciaron la piel, le hablaron, e incluso le ofrecieron trocitos de sus galletas. Pancracio aceptó las galletas con mucho gusto y les dijo muchas gracias.
Ese día, mis amigos descubrieron que Pancracio no era un monstruo aterrador, sino un cocodrilo amable y divertido. Jugaron con él toda la tarde. Le tiraron la pelota, lo persiguieron por el jardín, e incluso le enseñaron a bailar. Pancracio se movía con torpeza, pero se reía mucho.
Desde entonces, Pancracio se convirtió en el amigo de todos. Mis amigos venían a visitarme no solo para jugar al fútbol, sino también para ver a Pancracio. Le contaban sus secretos, le pedían consejos, y le daban muchos abrazos.
Pancracio era feliz. Tenía muchos amigos, muchas galletas, y mucho amor. Y yo era feliz de tener un cocodrilo tan especial en el fondo de mi casa. Un cocodrilo que se arrastra por el suelo, pero que nunca, ¡nunca!, a nadie muerde. Un cocodrilo distinguido, que se llama Pancracio, y que dice muchas gracias cada vez que le doy una galletita.
Una tarde, Pancracio me contó que extrañaba a su familia, que vivía en un río muy lejano. Le dije que lo entendería si quería irse, aunque me dolería mucho. Pancracio me miró con tristeza y me dijo que no sabía qué hacer. Amaba vivir en mi jardín, pero también extrañaba a su familia.
Entonces, tuve una idea. Le propuse que escribiéramos una carta a su familia, contándoles cómo era su vida en mi jardín y cuánto los extrañaba. Pancracio aceptó con entusiasmo. Escribimos una carta larga y detallada, contando todas nuestras aventuras juntos.
Luego, con la ayuda de mi abuela, enviamos la carta por correo aéreo. Pasaron semanas, y Pancracio estaba cada vez más ansioso. Finalmente, un día, recibimos una respuesta. ¡Era de la familia de Pancracio!
En la carta, decían que estaban muy felices de saber de él y que lo extrañaban mucho. Le invitaban a visitarlos cuando quisiera. Pancracio estaba radiante de alegría. Decidió que iría a visitar a su familia durante las vacaciones de verano.
Así, Pancracio emprendió su viaje. Lo acompañé hasta el aeropuerto, donde abordó un avión especial para animales. Nos despedimos con un abrazo fuerte y muchas lágrimas. Sabía que lo extrañaría mucho, pero también estaba feliz de que pudiera reunirse con su familia.
Aunque Pancracio ya no vive en mi jardín, siempre lo recordaré con cariño. Fue un amigo muy especial, que me enseñó que no debemos juzgar a los demás por su apariencia, y que incluso los cocodrilos pueden tener buenos modales. Y, quién sabe, tal vez algún día vuelva a visitarme. Siempre tendré una galletita de miel esperándolo, y estoy seguro de que, cuando lo vea, dirá: "¡Muchas gracias!"
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