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Había una vez una ciudad que parecía un arcoíris gigante. Se llamaba Villa Colorín, y en ella vivía un niño llamado Pepito. Pepito tenía cinco años, unos zapatos azules que corrían muy rápido y una curiosidad más grande que un rascacielos. En Villa Colorín, los coches eran de color naranja, los autobuses eran morados y las señales de tráfico brillaban como estrellas bajo el sol. Un día soleado, en la escuela de Pepito, la maestra Lupita decidió que era el momento de una gran aventura fuera del salón. Ella tenía una sonrisa amable y siempre llevaba un silbato plateado colgado al cuello.
—¡Niños! —exclamó la maestra Lupita con entusiasmo mientras los pequeños se sentaban en círculo—. Hoy no vamos a leer cuentos de dragones ni a pintar con acuarelas. Hoy aprenderemos algo mucho más emocionante y vital: la educación vial.
Pepito, que siempre tenía mil preguntas en la cabeza, levantó la mano tan alto que casi toca el techo. —Maestra Lupita, ¿qué es eso de la educación vial? ¿Es un juego nuevo? ¿Tiene que ver con naves espaciales?
La maestra se rió con dulzura y respondió: —Casi, Pepito. Es como aprender un código secreto. Es aprender a caminar por nuestra colorida ciudad con total seguridad, sabiendo qué significan los colores y cómo movernos sin peligro entre tantos coches y ruidos. Es el superpoder de saber cuidarnos a nosotros mismos y a los demás.
El primer paso de la aventura comenzó en la puerta de la escuela. La maestra Lupita les explicó el Paso 1: Caminar siempre por la banqueta. Pepito notó que la banqueta era de un color gris claro y estaba elevada, separada del camino donde los coches naranjas y verdes rodaban.
—¡Miren! —dijo la maestra—. La banqueta es nuestro camino seguro. Debemos caminar por aquí, lejos de las ruedas de los coches. Y algo muy importante: ¡nada de correr ni jugar a las traes cerca de la orilla! La calle es para los vehículos, y la banqueta es para los niños inteligentes.
Pepito caminaba con mucha atención, sintiéndose como un explorador en una selva de cemento. Se aseguraba de no bajar ni un solo pie a la calle, manteniendo siempre una distancia prudente. Sus amigos, Sofía y Luis, lo seguían en fila india, disfrutando del paseo bajo el cielo azul de Villa Colorín.
Pronto llegaron a la esquina más grande de la ciudad. Allí, un poste alto sostenía una caja con tres ojos brillantes de colores. Era el semáforo. La maestra Lupita se detuvo y señaló hacia arriba. En ese momento, el ojo del semáforo se puso de color rojo intenso.
—Paso 2: Esperar el semáforo —anunció Lupita. Pepito, impaciente por llegar al parque que se veía al otro lado, preguntó: —¿Podemos cruzar ya? ¡Yo no veo ningún coche cerca!
—No, Pepito —explicó la maestra con calma—. Aunque no veas coches, cuando la luz está en rojo para nosotros, debemos ser pacientes como estatuas. El rojo significa alto. Solo cruzaremos cuando aparezca la figura del peatón en color verde. Es nuestra señal de que es nuestro turno de pasar.
Pepito observó el semáforo con los ojos muy abiertos. De repente, la luz roja desapareció y un pequeño hombrecito verde iluminado apareció en la pantalla del semáforo peatonal. ¡Era la señal! Pero antes de que Pepito diera el primer paso, la maestra Lupita levantó la mano.
—¡Esperen! Falta el Paso 3, el más importante de todos: Mirar a ambos lados.
Lupita les enseñó un baile especial de cabeza. —Primero miramos a la izquierda, luego a la derecha, y finalmente, otra vez a la izquierda. Tenemos que estar seguros de que todos los coches se han detenido por completo y que nos han visto.
Pepito imitó a la maestra. Giró su cabeza hacia la izquierda y vio un coche amarillo detenido. Giró hacia la derecha y vio un autobús morado esperando en silencio. Volvió a mirar a la izquierda y, al ver que todo estaba en calma, sintió una gran confianza. No había peligros a la vista.
—Ahora, el Paso 4 —dijo la maestra—. Cruzar por el paso de peatones. ¿Ven esas rayas blancas pintadas en el suelo? Parecen el lomo de una cebra, ¿verdad?
Pepito sonrió. ¡Era verdad! El suelo estaba decorado con unas líneas blancas anchas y brillantes que conectaban una acera con la otra. —¡Es el camino de la cebra! —gritó emocionado.
—Exactamente —confirmó Lupita—. Cruzaremos siempre por aquí, porque es el lugar donde los conductores saben que deben dejarnos pasar. Y lo haremos de la forma más segura posible: tomados de la mano.
Pepito tomó la mano de Sofía, y Sofía tomó la de Luis. Juntos, formando una cadena de amigos, caminaron con paso firme sobre las rayas blancas. No corrieron, pero tampoco se distrajeron; caminaron directos hacia el otro lado, sintiéndose muy importantes. Al llegar a la banqueta de enfrente, todos saltaron de alegría.
—¡Lo hicimos bien! —gritó Pepito con los brazos en alto—. ¡Crucé la calle como un experto!
La maestra Lupita aplaudió con fuerza, y su silbato plateado brilló bajo el sol. —¡Muy bien, niños! Han demostrado ser unos peatones excelentes. Han aprendido que la ciudad es un lugar maravilloso si conocemos sus reglas. Ahora ya saben cómo cuidarse en la calle y pueden enseñarles a sus papás y abuelos lo que han aprendido hoy.
Pepito se sintió como un héroe. Ya no veía la ciudad solo como un montón de colores y ruidos, sino como un mapa que él sabía leer perfectamente. Sabía que la banqueta era su refugio, que el semáforo era su guía, que sus ojos eran sus mejores vigilantes y que las rayas blancas eran su puente seguro.
Aquel día, de regreso a casa, Pepito iba muy atento. Cuando llegó el momento de cruzar la calle con su mamá, él la tomó de la mano y le dijo: —Espera, mamá. El semáforo está en rojo. Primero hay que esperar, luego mirar a la izquierda, a la derecha y a la izquierda de nuevo. ¡Y siempre por las rayas de cebra!
Su mamá lo miró sorprendida y orgullosa. Villa Colorín seguía llena de coches y movimiento, pero Pepito ya no tenía miedo, porque ahora tenía el superpoder de la educación vial. Y así, entre semáforos verdes y banquetas seguras, Pepito y sus amigos siguieron explorando su colorida ciudad, siempre protegidos y siempre felices.
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