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Había una vez una mañana de lunes que parecía tan gris como un calcetín viejo. En el Colegio de las Filipenses, las niñas caminaban en filas perfectas, con sus uniformes impecables y sus trenzas tan apretadas que casi no podían parpadear. Sor Prudencia, la maestra de aritmética, golpeaba su regla contra la palma de su mano, marcando el ritmo de un silencio sepulcral. Pero lo que nadie sabía era que, a las puertas del colegio, acababa de aparcar un caballo a lunares llamado Pequeño Tío.
De repente, la puerta de la clase de cuarto grado se abrió de par en par con un estruendo que hizo que el tintero de Sor Prudencia saltara por los aires. Allí estaba ella: Pippi Calzaslargas. Llevaba sus zapatos cuatro tallas más grandes, sus medias de colores distintos y sus trenzas pelirrojas tiesas como dos antenas de radio. Al hombro, el señor Nilsson, su mono con chaqueta de punto, saludaba con un sombrerito.
—¡Buenos días a todo el mundo! —exclamó Pippi con una voz que retumbó en las vigas del techo—. He venido a aprender esa cosa tan importante que hacéis aquí... ¿cómo se llama? ¡Ah, sí! La plurificación. Me han dicho que si no sé plurificar, no podré ser una anciana respetable con un loro que hable latín.
Sor Prudencia se ajustó las gafas, incapaz de creer lo que veía.
—Se dice multiplicación, niña. ¿Y quién eres tú? ¿Dónde está tu uniforme?
—Soy Pippi, y mi uniforme está secándose porque decidí usarlo de red para pescar arenques —respondió Pippi, caminando hacia un pupitre vacío. Pero en lugar de sentarse, se tumbó encima de él con los pies sobre el respaldo—. Ahora, ¡que empiece la fiesta de los números!
Las otras niñas, como la dulce Annika y el curioso Tommy, contenían la risa. La clase, que solía ser un desierto de aburrimiento, acababa de convertirse en un volcán a punto de estallar. Sor Prudencia suspiró y escribió en la pizarra: 7 x 5.
—Pippi, ¿cuánto es siete por cinco?
Pippi miró el número con mucha intensidad. Se rascó la cabeza y luego miró al señor Nilsson.
—Bueno, si tienes siete manzanas y cinco elefantes deciden sentarse sobre ellas, lo que tienes es una compota de manzana muy grande y cinco elefantes contentos. ¿Es esa la respuesta?
La clase estalló en carcajadas. Sor Prudencia se puso roja como un tomate.
—¡Silencio! Pippi, aquí venimos a estudiar, no a decir tonterías. Saca tu cuaderno.
Pippi sacó un enorme rollo de papel que empezó a desenrollar por todo el suelo de la clase, pasando por debajo de los pupitres de todas las niñas.
—Es que mis dibujos son muy grandes —explicó—. No caben en esos libritos tan estrechos que tenéis.
De repente, Pippi sacó de sus bolsillos un puñado de polvos brillantes y los lanzó al aire.
—¡Basta de números aburridos! Vamos a aprender geografía de verdad. ¿Quién sabe dónde están las islas de los Mares del Sur?
Antes de que la maestra pudiera protestar, Pippi agarró un mapa del mundo que colgaba de la pared, lo puso en el suelo y empezó a saltar sobre él.
—¡Aquí es donde vive mi padre, el Rey de los Mares! —gritaba mientras bailaba un zapateado sobre el Océano Pacífico—. ¡Y aquí es donde los niños no tienen que aprender la tabla del nueve porque es más importante saber cómo trepar a un árbol de pan!
La revolución era total. Las niñas de las Filipenses, inspiradas por la energía de Pippi, empezaron a levantarse. Annika se soltó las trenzas y empezó a saltar a la cuerda con una guirnalda de flores que Pippi sacó de su delantal. Tommy empezó a hacer aviones de papel con las hojas de ejercicios de caligrafía.
Sor Prudencia intentó recuperar el control, pero Pippi la agarró por la cintura y la hizo dar vueltas en un vals frenético.
—¡Vamos, Sor Prudencia! ¡Mueva esos pies! Los números entran mejor cuando el corazón late rápido.
Para sorpresa de todas, la maestra empezó a reírse. El aire de la clase ya no olía a tiza y polvo, sino a aventura y libertad. Pippi decidió que era el momento de la merienda, así que sacó de su bolsa una montaña de crepes calientes y empezó a repartirlos lanzándolos como si fueran discos voladores. Las niñas los atrapaban en el aire con destreza, manchándose las narices de nata y alegría.
—¡Esto es mucho mejor que la plurificación! —gritó una de las niñas más tímidas mientras devoraba su crepe.
Sin embargo, como todas las grandes revoluciones, el tiempo pasaba volando. El reloj de la torre del colegio dio las doce. Pippi recogió su rollo de papel, se puso al señor Nilsson en el hombro y silbó.
—Bueno, queridas compañeras de fatigas, me temo que mi caballo se aburre de esperar y ha empezado a comerse los geranios del patio. Me voy, pero recordad: si alguna vez sentís que la vida es demasiado gris, solo tenéis que poner un poco de color en vuestros calcetines.
Pippi salió por la ventana, saltando con una agilidad asombrosa hasta aterrizar sobre el lomo de Pequeño Tío. Con un relincho y un saludo de sombrero del mono, desaparecieron por la calle Mayor, dejando tras de sí un rastro de risas y purpurina.
Esa tarde, en el Colegio de las Filipenses, las niñas regresaron a casa con los ojos brillantes. Sor Prudencia, mientras recogía la clase, encontró una moneda de oro de Pippi bajo su mesa con una nota que decía: Para tizas de colores. Desde aquel día, las clases de aritmética en las Filipenses nunca volvieron a ser las mismas. A veces, cuando el silencio era demasiado pesado, Sor Prudencia miraba la ventana y sonreía, recordando a la niña pelirroja que les enseñó que la mejor lección de todas es aprender a ser feliz.
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