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Había una vez un vampiro que se llamaba Pompo. Pompo vivía en un castillo tenebroso, de color negro y violeta, lleno de telarañas. Allí no vivía solo: lo acompañaban muchos otros vampiros, vampiritos y vampiras. ¡El castillo estaba lleno!
Como todos los vampiros, dormían de día y salían a volar de noche. Aquella noche, Pompo y los demás salieron a buscar comida. Pompo voló por el cielo oscuro hasta que, de repente, vio un río. Se acercó y quiso atrapar un pescadito. Pero cuando lo agarró… ¡el pescado empezó a patalear y se le escapó nadando! Entonces, todos los pescaditos huyeron, y Pompo se quedó con mucha, muchísima hambre.
Volando, vio un árbol con unas frutas verdes que parecían paltas. Tenía tanta hambre que le dio un gran mordiscón a una… ¡y le encantó! Se volvió loco de felicidad:
—¡Guau! ¿Cómo no probé esto antes? ¡Qué rico que es!
Siguió volando y encontró un árbol con pelotitas naranjas: eran naranjas. Probó una… ¡y también le encantó! Después encontró un árbol de limones, los probó… y no le gustaron. (¡Está bien! No a todos les gusta el limón.)
Más adelante encontró uvas, frutillas, arándanos… y a todos los probó con gusto. ¡Estaba maravillado!
De repente, vio un conejito comiendo una zanahoria.
—¿Qué estás comiendo, conejito? —preguntó Pompo.
—Una zanahoria —respondió el conejo.
—¿Me compartís un poco?
El conejo le dio una zanahoria, Pompo la probó… ¡y también le encantó! Después comió lechuga, probó otras verduras, y cada vez le gustaban más.
Cuando ya estaba por volver al castillo, se encontró con una ardilla. La ardilla estaba comiendo nueces, le compartió algunas, y Pompo también las disfrutó. Entonces le contó todo lo que había descubierto esa noche: las frutas, las verduras, y lo bien que se sentía.
La ardilla lo miró con una sonrisa y le dijo:
—¡Esperá! Porque todavía no probaste lo mejor.
—¿Qué es lo mejor? —preguntó Pompo, curioso.
—¡Los licuados!
Pompo se quedó helado.
—¿Licuados? ¿Qué es eso?
La ardilla sacó una licuadora (¡sí, una licuadora del bosque!) y puso frutillas, kiwi, banana, jugo de naranja… Apretó un botón y… ¡zummm!
Hizo un súper licuado. Se lo dio a probar a Pompo, que quedó impactado. Estaba alucinado.
—¡No puedo creer que me haya perdido esto tanto tiempo! —exclamó.
—¿Y dónde consigo una licuadora?
—En el súper —le respondió la ardilla.
Así que, antes de volver al castillo, Pompo fue y se compró una licuadora.
Cuando llegó, todos los vampiros estaban allí. Algunos habían comido algún pececito, otros no habían encontrado nada y seguían con hambre.
Lo vieron llegar con la licuadora y no entendían nada.
Pompo les contó todo lo que había vivido: que había probado palta, frutillas, naranjas, mandarinas, y que también había probado melón… pero ese no le había gustado.
Los vampiros se empezaron a reír. Se mataban de la risa. Se revolcaban por el suelo, burlándose de Pompo:
—¡Nosotros no comemos eso! ¡Ja, ja, ja!
Pero un vampirito chiquitito se le acercó y le dijo bajito:
—A mí me gustaría probar. ¿Puedo acompañarte mañana?
Pompo le sonrió.
—Claro que sí.
Al día siguiente, salieron juntos. Pompo le hizo probar todas las frutas y verduras que había encontrado… ¡y al vampirito sí le gustó el melón! Le gustó todo, volvió feliz al castillo y les contó a todos:
—¡Pompo tenía razón! ¡No saben de lo que nos estamos perdiendo!
Algunos vampiros se rieron… pero otros se quedaron pensando.
Esa misma noche, varios se animaron a probar. Y todos quedaron encantados.
Día tras día, más y más vampiros probaban frutas y verduras, hasta que llegó un momento en el que todos las comían. Entonces, se reunieron y le pidieron disculpas a Pompo:
—Queremos decirte perdón. Ayer nos reímos de vos, te cargamos. Pero hoy todos probamos lo que descubriste, y tenías razón. ¡Está riquísimo! Gracias por enseñarnos.
Pompo se puso muy feliz. Y les contó también sobre los licuados.
Cuando los vampiros probaron los licuados… ¡no podían creerlo! Se emocionaron, se sorprendieron, ¡y quedaron fascinados!
Desde ese día, los vampiros del castillo empezaron a comer frutas y verduras todos los días. Se hicieron más fuertes, más sanos… y felices.
Y si de vez en cuando alguno tenía ganas de comer un pececito, lo hacía.
Pero ya no tenían que salir cada noche a buscar comida.
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