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Había una vez, en una ciudad donde los edificios parecían piezas de un rompecabezas gigante, un pequeño robot llamado R0-Berto. R0-Berto era de un color plateado brillante, tenía unos ojos redondos y amarillos que parpadeaban cuando estaba emocionado y, lo más especial de todo, un pequeño corazón de luz azul que brillaba suavemente en su pecho. A pesar de ser un modelo de última generación, R0-Berto tenía un pequeño cortocircuito emocional: era extremadamente tímido.
Esa mañana, sus engranajes chirriaban un poco más de lo habitual. Era su primer día en la Academia de Inventores y Humanos. Mientras se aceitaba las articulaciones, su procesador no dejaba de repetir la misma pregunta: «¿Y si no les gusto? ¿Y si mis chistes de robots no son divertidos?». Con una mochila llena de tuercas de colores y un lápiz óptico, R0-Berto salió de casa, caminando con pasos metálicos y rítmicos.
Al llegar a la escuela, el ruido era ensordecedor. Había niños corriendo, otros robots volando con pequeñas hélices y un profesor con un bigote de cobre que saludaba a todos. R0-Berto se quedó pegado a la pared, deseando tener un botón de invisibilidad. Se sentía como un tornillo pequeño en una máquina demasiado grande. De repente, una voz clara lo sacó de sus pensamientos.
—¡Hola! Soy Sofía. ¿Eres nuevo? —preguntó una niña de ocho años con el cabello castaño rizado recogido en dos coletas. Llevaba un mono de trabajo de color amarillo brillante y unas zapatillas rojas que parecían muy cómodas.
R0-Berto sintió que sus circuitos se calentaban. —H-hola. Soy R0-Berto —respondió, y su luz azul parpadeó con timidez. Sofía le sonrió de oreja a oreja y lo tomó de su mano metálica, que estaba un poco fría, para llevarlo al salón de clases.

La primera tarea del día era el 'Desafío de la Gran Construcción'. El profesor Tornillo anunció que debían trabajar en parejas para crear algo que ayudara a los demás. Sofía y R0-Berto se sentaron juntos. En su mesa había bloques de colores, cables de fibra óptica y pequeños motores. R0-Berto miraba las piezas sin saber por dónde empezar. Sofía, aunque era muy entusiasta, a veces era un poco desordenada y trataba de conectar los cables de forma apresurada.
—¡Oh, no! —exclamó Sofía cuando una pequeña chispa saltó de su invento—. Creo que he conectado el polo positivo con el negativo.
R0-Berto, que había estado observando en silencio con sus precisos sensores ópticos, notó de inmediato el error. Con mucha delicadeza, extendió sus dedos de metal y reacomodó los cables con una precisión que solo un robot podía tener. Luego, con un pequeño zumbido, sugirió una idea.
—Si usamos este sensor de movimiento, el comedero para pájaros se abrirá solo cuando ellos se acerquen —dijo R0-Berto, olvidando por un momento su timidez.
Sofía lo miró asombrada. —¡Eres un genio, R0-Berto! Tu timidez te hace un gran observador.

Pasaron las horas y el proyecto cobró vida. Era un comedero automático decorado con luces que cambiaban de color según el canto de las aves. Mientras trabajaban, R0-Berto se dio cuenta de que no necesitaba ser el más ruidoso ni el más rápido para encajar. Sus habilidades y su forma pausada de ser eran justo lo que el equipo necesitaba.
Al final del día, todos los estudiantes salieron al patio para probar sus inventos. El comedero de R0-Berto y Sofía fue un éxito total. Un pequeño gorrión se acercó, la tapa se abrió suavemente y una melodía suave comenzó a sonar. Los demás niños y robots se acercaron a felicitarlos. R0-Berto ya no quería esconderse; su luz azul brillaba con una intensidad hermosa y constante.
Cuando sonó el timbre de salida, R0-Berto caminó hacia la puerta junto a Sofía. Ya no sentía que sus engranajes chirriaban por el miedo, sino por la alegría. Había aprendido que el primer paso siempre es el más difícil, pero que con un amigo al lado y un poco de confianza en uno mismo, cualquier circuito puede brillar.
—¿Nos vemos mañana, R0-Berto? —preguntó Sofía antes de irse.
—Mañana a la misma hora, Sofía —respondió el robot con una voz firme y clara.
R0-Berto regresó a casa pensando que, después de todo, ser un robot tímido no era un error de sistema, sino una característica especial que lo hacía único en el gran engranaje del mundo.
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