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Gratis · elige una vozRamoncito tenía cuatro años y un secreto: ¡amaba los dinosaurios! No le gustaban los ositos de peluche ni los coches de carreras. Lo que a Ramoncito le encantaba eran los Triceratops, los Estegosaurios y, sobre todo, los Tyrannosaurus Rex. Tenía figuritas de dinosaurios, libros de dinosaurios, ¡hasta calcetines de dinosaurios!
Una mañana soleada, Ramoncito estaba jugando en el jardín de su casa. Tenía puesta su camiseta favorita de dinosaurio, la que tenía un enorme Brachiosaurus comiendo hojas de un árbol altísimo. Estaba construyendo un volcán de arena, imaginando que un montón de dinosaurios huían de la lava caliente.
De repente, escuchó un ruido extraño. Era un ronquido, pero no como el de su abuelo cuando se echa la siesta. Era un ronquido… ¡enorme! Ramoncito dejó caer su pala de plástico y se acercó cautelosamente hacia el gran roble que había al fondo del jardín.
Detrás del roble, ¡allí estaba! Un dinosaurio. No era un dinosaurio pequeño ni una figurita de plástico. ¡Era un dinosaurio de verdad! Era un dinosaurio grande, verde y con manchas marrones, y estaba… ¡durmiendo! Roncaba tan fuerte que las hojas del árbol temblaban.
Ramoncito se quedó boquiabierto. Nunca había visto un dinosaurio de verdad. Se acercó un poco más, con el corazón latiéndole a mil por hora. Era un dinosaurio herbívoro, un Apatosaurus, pensó Ramoncito, recordando lo que había leído en sus libros.
"Hola?" susurró Ramoncito, tímidamente. El dinosaurio no se movió. Siguió roncando profundamente. Ramoncito se acercó aún más y le tocó suavemente la pata con su dedito. "Señor Dinosaurio?", dijo un poco más fuerte.
El dinosaurio abrió un ojo, grande y amarillo. Miró a Ramoncito con sorpresa. "¿Eh? ¿Qué? ¿Quién eres tú?", dijo con una voz grave y adormilada.
Ramoncito estaba tan emocionado que apenas podía hablar. "S-soy Ramoncito. Me gustan mucho los dinosaurios", tartamudeó.
El dinosaurio bostezó, mostrando una fila de dientes planos y grandes. "Dinosaurios, ¿eh? Hace mucho que no veo a un humano al que le gusten los dinosaurios. Me llamo Dino. Y estaba echándome una siesta estupenda", dijo Dino, frotándose los ojos con una pata enorme.
Ramoncito, sintiéndose más valiente, se sentó junto a Dino. "¿Cómo has llegado hasta aquí?", preguntó.
"Bueno, es una historia larga", dijo Dino. "Digamos que me perdí en el tiempo. Estaba buscando un buen lugar para echarme una siesta y… ¡puf! Aparecí aquí".
Ramoncito se ofreció a ayudar a Dino a volver a su época. Juntos, pensaron en un plan. Ramoncito recordó que su abuelo tenía un libro muy antiguo sobre viajes en el tiempo. Corrieron a buscar el libro.
El libro era polvoriento y tenía páginas amarillentas, pero contenía información importante. Descubrieron que necesitaban un cristal mágico y un hechizo especial para enviar a Dino de vuelta al pasado.
El cristal mágico lo encontraron en el joyero de la abuela. Era una piedra brillante y verde que había traído de un viaje a la selva. El hechizo, por suerte, estaba escrito en el libro. Era largo y complicado, pero Ramoncito se lo aprendió de memoria.
Con el cristal en la mano y el hechizo en la boca, Ramoncito y Dino fueron al centro del jardín. Ramoncito cerró los ojos, respiró hondo y empezó a recitar el hechizo. Las palabras sonaban extrañas y poderosas.
De repente, un remolino de luz brillante envolvió a Dino. El suelo tembló y el aire se llenó de chispas. Ramoncito abrió los ojos y vio que Dino estaba desapareciendo lentamente.
"¡Adiós, Ramoncito! ¡Gracias por tu ayuda!", gritó Dino, mientras se desvanecía por completo.
La luz se desvaneció y el jardín volvió a la normalidad. Ramoncito se quedó mirando el lugar donde había estado Dino, sintiendo un poco de tristeza pero también mucha alegría. Había ayudado a un dinosaurio de verdad a volver a su hogar.
Al día siguiente, Ramoncito volvió al jardín. Buscó en el lugar donde había estado Dino y encontró algo brillante en la hierba. Era una escama verde y brillante, una escama de Dino. Ramoncito la guardó en su bolsillo, como un recuerdo de su increíble aventura con el dinosaurio dormilón.
Desde ese día, Ramoncito siguió amando a los dinosaurios aún más. Sabía que, en algún lugar del pasado, Dino estaba echándose una siesta estupenda, recordando al niño que le ayudó a volver a casa.
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