Escucha este cuento
Gratis · elige una vozRicardo tiritaba. El viento helado soplaba como un lobo hambriento, mordiendo sus mejillas y calando sus huesos. Sus zapatos estaban rotos, dejando que la nieve se filtrara y congelara sus pies. La ciudad, con sus luces brillantes y escaparates llenos de comida, parecía burlarse de su estómago vacío y su bolsillo aún más vacío. Tenía deudas, muchas deudas, y no veía cómo iba a pagarlas. Cada paso era una tortura, cada respiración, una bocanada de desesperación.
De repente, una voz familiar resonó en la calle. "¡Ricardo! ¿Eres tú? ¡Ricardo Pérez!"
Ricardo levantó la vista, sorprendido. Allí, de pie frente a él, con un abrigo de piel que parecía una nube caliente, estaba Roberto Mendoza, su ex compañero de la secundaria. Roberto siempre había sido rico, hijo único de una familia adinerada. Nunca había tenido que preocuparse por nada.
"¡Roberto! ¡Cuánto tiempo!" Ricardo intentó sonreír, pero sus labios estaban demasiado entumecidos por el frío.
Roberto lo miró con una mezcla de sorpresa y lástima. "¡Estás helado! ¿Qué haces aquí afuera? ¡Vamos! Te invito a un café. Necesitas algo caliente para entrar en calor."
Ricardo dudó. Roberto siempre había sido un poco… distante. Pero la idea de una bebida caliente y un respiro del frío era demasiado tentadora. "Gracias, Roberto. No quiero molestarte."
"¡Tonterías! Es un placer. Ven conmigo." Roberto lo condujo a un bar elegante, con luces tenues y música suave. Era un lugar que Ricardo nunca se hubiera atrevido a pisar. Todo parecía caro y exclusivo. Se sentaron en una mesa apartada.
"¿Qué te pongo?" preguntó Roberto, llamando a un camarero con un chasquido de dedos.
"Un café con leche, por favor," respondió Ricardo, sintiéndose un poco fuera de lugar.
Mientras esperaban, Roberto observó a Ricardo con detenimiento. "La vida no te ha tratado muy bien, ¿verdad?"
Ricardo suspiró. "No, la verdad es que no. Tengo problemas económicos… muchos."
Roberto asintió lentamente. "Entiendo. El dinero puede ser un problema… o una solución."
El camarero llegó con sus bebidas. El café con leche de Ricardo era humeante y delicioso. Cerró los ojos y saboreó el calor que se extendía por su cuerpo.
Roberto esperó a que Ricardo terminara de beber un poco antes de continuar. "Ricardo, tengo una propuesta que hacerte."
Ricardo lo miró con curiosidad.
Roberto se inclinó hacia adelante, bajando la voz. "Estoy dispuesto a darte… una suma increíble de dinero. Dinero que cambiará tu vida para siempre. Dinero para pagar tus deudas, comprar una casa, ¡lo que quieras!"
Ricardo se atragantó con su café. "¿Qué…? ¿Por qué me harías algo así?"
Roberto sonrió, una sonrisa fría que no llegó a sus ojos. "A cambio… necesito que hagas algo por mí."
Ricardo sintió un escalofrío recorrer su espina dorsal. "¿Qué cosa?"
Roberto respiró hondo. "Necesito… que me mates."
Ricardo lo miró fijamente, sin poder creer lo que acababa de oír. Pensó que era una broma pesada, pero la seriedad en el rostro de Roberto era innegable.
Ricardo no entendía nada. ¿Por qué un hombre rico y aparentemente feliz querría morir? ¿Y por qué le pediría a *él*, un desconocido prácticamente, que lo hiciera?
"Roberto, ¿estás… bien?" preguntó Ricardo, con la voz temblorosa.
"Nunca he estado mejor," respondió Roberto. "Piénsalo, Ricardo. Una fortuna a cambio de un pequeño favor. Es una oportunidad única. Tendrás la vida que siempre has deseado."
Ricardo negó con la cabeza, horrorizado. "No puedo hacer eso. No soy un asesino."
"Pero necesitas el dinero, ¿no?" presionó Roberto. "Piensa en tus deudas, en el frío que sientes, en el hambre… Este es tu boleto de salida."
Ricardo se levantó de la mesa, temblando. "No quiero tu dinero. Prefiero pasar frío y hambre a tener que vivir con la conciencia de haberle quitado la vida a alguien."
Se dio la vuelta y salió del bar, dejando a Roberto sentado a la mesa, con una sonrisa amarga en los labios. Ricardo corrió por la calle, sintiendo el viento helado más fuerte que nunca, pero esta vez, el frío no le llegaba al alma. Había elegido la decencia por encima de la riqueza, y eso lo hacía sentir, por primera vez en mucho tiempo, un poco más cálido por dentro.
Al llegar a casa, encontró una pequeña bolsa de pan que una vecina le había dejado en la puerta. Era poco, pero suficiente. Esa noche, Ricardo durmió profundamente, soñando con un futuro mejor, un futuro que construiría con sus propias manos, sin recurrir a atajos oscuros y peligrosos.
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