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Gratis · elige una vozRoberto era un niño con un apetito... ¡enorme! Le encantaba comer. Galletas, pastel, helado, ¡todo le parecía delicioso! Un día, mientras jugaba en el parque, Roberto vio algo increíble. ¡Un dinosaurio! No era un dinosaurio de juguete, ni uno en un libro. ¡Era un dinosaurio de verdad, grande y verde, mordisqueando unas hojas de un árbol altísimo!
Los ojos de Roberto se abrieron de par en par. Pero en lugar de sentir miedo, sintió... ¡hambre! El dinosaurio parecía... ¡delicioso! Roberto nunca había visto un dinosaurio antes, y mucho menos pensado en comérselo, pero la idea se le metió en la cabeza y no se iba. Imaginó el sabor, la textura… ¡Mmm, dino-delicioso!
“¡Mamá, mamá!” gritó Roberto, corriendo hacia su madre que estaba sentada en un banco leyendo un libro. “¡He visto un dinosaurio! ¡Y quiero comérmelo!”
La mamá de Roberto soltó una carcajada. “Roberto, ¡no se comen los dinosaurios! Los dinosaurios son animales muy grandes y fuertes. Además, ¡seguro que no saben bien!”
Pero Roberto no se dio por vencido. Estaba decidido a probar un bocado del dino-delicioso. Decidió que necesitaba un plan. Primero, necesitaba acercarse al dinosaurio. Pero ¿cómo?
Roberto pensó y pensó. Luego, tuvo una idea. Recordó que a los dinosaurios les gustaban las hojas de los árboles altos. Así que, recogió un montón de hojas verdes y jugosas del suelo y se acercó al dinosaurio con cuidado.
“Hola, señor Dinosaurio,” dijo Roberto con voz dulce. “Tengo unas hojas muy ricas para usted.”
El dinosaurio, que estaba muy ocupado comiendo, levantó la vista y vio a Roberto con las hojas. Pareció curioso y se acercó un poco. Roberto le ofreció las hojas y el dinosaurio las comió con gusto. ¡Parecía que le gustaban!
Roberto aprovechó la oportunidad y se acercó aún más al dinosaurio. Ahora estaba muy cerca. Podía ver sus escamas verdes y brillantes, y oler un olor a hierba fresca. Pero… ¿cómo iba a comérselo? Era demasiado grande para morderlo. Necesitaba una estrategia diferente.
Entonces, Roberto recordó algo que había visto en un programa de cocina. ¡Necesitaba una salsa! Pensó en su salsa favorita: ¡salsa de fresa! A Roberto le encantaba la salsa de fresa con casi todo.
Corrió a casa y le contó a su mamá su nuevo plan. Al principio, su mamá se rio, pero al ver la determinación en los ojos de Roberto, decidió ayudarlo. Juntos, prepararon una deliciosa salsa de fresa, dulce y brillante.
Roberto volvió al parque con la salsa de fresa en un bote grande. Se acercó al dinosaurio, que seguía comiendo hojas, y le dijo: “Señor Dinosaurio, tengo algo especial para usted. ¡Salsa de fresa!”
El dinosaurio miró el bote con curiosidad. Roberto untó un poco de salsa de fresa en una hoja y se la ofreció al dinosaurio. El dinosaurio la olió, la probó, ¡y le encantó! Empezó a comer la hoja con salsa de fresa con mucho entusiasmo.
Roberto sonrió. Había encontrado la manera de “comerse” al dinosaurio. No literalmente, claro, pero había compartido algo delicioso con él. Siguió untando hojas con salsa de fresa y dándoselas al dinosaurio. El dinosaurio comía feliz, moviendo la cola de un lado a otro.
Después de un rato, Roberto se dio cuenta de que estaba más contento de compartir la salsa de fresa con el dinosaurio que de comérselo él mismo. Ver al dinosaurio disfrutar de la salsa le daba una alegría aún mayor. Se dio cuenta de que compartir era mucho más divertido que comer solo.
El sol comenzó a ponerse y Roberto se despidió del dinosaurio. “Adiós, señor Dinosaurio. ¡Espero que te haya gustado la salsa de fresa!”
El dinosaurio rugió suavemente en respuesta, como si le estuviera dando las gracias.
Roberto volvió a casa con su mamá, sintiéndose muy feliz. Había aprendido una lección importante ese día: a veces, las cosas más deliciosas son aún mejores cuando se comparten. Y aunque no se comió al dinosaurio, tuvo una aventura dino-deliciosa que nunca olvidaría. A partir de ese día, Roberto siguió visitando al dinosaurio en el parque, siempre llevando consigo una nueva y deliciosa salsa para compartir. Y así, Roberto y el dinosaurio se convirtieron en los mejores amigos, unidos por su amor por la buena comida y la alegría de compartir.
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