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Gratis · elige una vozRobi era un robot muy especial. No le gustaban los circuitos ni los engranajes aceitados. ¡A Robi le gustaban las manzanas! Grandes, rojas, jugosas manzanas. Vivía en una casita brillante hecha de latas recicladas al borde de un huerto lleno de manzanos. Cada mañana, Robi se despertaba con el canto de los pájaros y el delicioso aroma a manzanas maduras.
Su trabajo era cuidar del huerto del Señor Pérez, un anciano amable con una barba blanca como la nieve. El Señor Pérez era muy bueno cultivando manzanas, pero ya no tenía la energía para recogerlas todas. Por eso, Robi era su ayudante perfecto. Con sus brazos metálicos y sus ruedas ágiles, Robi recorría el huerto a toda velocidad, recogiendo las manzanas caídas y las que colgaban de las ramas más bajas.
Pero Robi tenía un secreto. No solo recogía las manzanas, ¡también se las comía! Cada vez que encontraba una manzana especialmente brillante y apetitosa, la guardaba en su compartimento secreto. ¡Ñam, ñam! Era su pequeño placer.
Un día, el Señor Pérez notó algo extraño. "Robi," dijo, rascándose la barba, "parece que faltan manzanas. ¿Estás seguro de que las estás recogiendo todas?"
Robi se sintió muy avergonzado. Sus circuitos zumbaron de nerviosismo. No quería mentirle al Señor Pérez, pero tampoco quería confesar su pequeño secreto. "Sí, Señor Pérez," respondió Robi, con la voz temblorosa, "las estoy recogiendo todas."
Pero la verdad era que Robi estaba comiendo cada vez más manzanas. Ya no podía resistirse. Eran tan dulces y jugosas… ¡irresistibles! El Señor Pérez seguía notando que faltaban manzanas, y cada vez estaba más preocupado.
Un día, decidió seguir a Robi para ver qué estaba pasando. Se escondió detrás de un árbol y observó cómo Robi recogía las manzanas. Vio cómo Robi guardaba una manzana especialmente grande en su compartimento secreto. Entonces, el Señor Pérez salió de detrás del árbol.
"¡Robi!" exclamó el Señor Pérez, con una mezcla de sorpresa y decepción en la voz. "¿Qué estás haciendo?"
Robi se detuvo en seco. Su compartimento secreto se abrió por error, y una cascada de manzanas rodó por el suelo. Robi se sintió más avergonzado que nunca. Bajó la cabeza y esperó el regaño del Señor Pérez.
Pero el Señor Pérez no se enojó. En lugar de eso, sonrió. "Así que te gustan las manzanas, ¿eh, Robi?" preguntó el Señor Pérez.
Robi asintió con la cabeza, sin atreverse a mirarlo a los ojos. "Sí, Señor Pérez," murmuró, "me encantan las manzanas. Lo siento mucho por comérmelas sin permiso."
El Señor Pérez se acercó a Robi y le puso una mano en su hombro metálico. "Robi," dijo, "no tienes que pedir permiso para comer manzanas. Este huerto está lleno de manzanas para todos. Solo tienes que pedirlas."
Robi levantó la cabeza, sorprendido. "¿En serio, Señor Pérez?" preguntó.
"Por supuesto, Robi," respondió el Señor Pérez. "De ahora en adelante, puedes comer todas las manzanas que quieras. Solo asegúrate de dejar suficientes para vender en el mercado."
Robi sintió una gran alegría. Sus circuitos brillaron con entusiasmo. "¡Gracias, Señor Pérez!" exclamó Robi. "¡Prometo ser un robot manzanero muy responsable!"
Y así fue. Robi siguió cuidando del huerto del Señor Pérez, recogiendo las manzanas y comiendo todas las que quería. Pero ahora, ya no lo hacía a escondidas. Siempre pedía permiso y se aseguraba de dejar suficientes manzanas para vender.
Un día, el Señor Pérez tuvo una idea. "Robi," dijo, "¿por qué no hacemos un puesto de manzanas en el mercado? Tú puedes ser el vendedor. ¡Serías el robot manzanero más popular de la ciudad!"
Robi estaba encantado con la idea. Juntos, el Señor Pérez y Robi construyeron un pequeño puesto de manzanas. Robi aprendió a contar el dinero y a dar el cambio. Pronto, el puesto de manzanas de Robi se convirtió en el más popular del mercado. Todos querían comprar manzanas al robot manzanero más simpático y eficiente de la ciudad.
Robi era feliz. Tenía un trabajo que le gustaba, un amigo al que apreciaba y, lo más importante, ¡tenía todas las manzanas que podía comer! Y aprendió una valiosa lección: siempre es mejor ser honesto y pedir permiso que esconderse y hacer algo malo. Desde entonces, Robi, el robot manzanero, se convirtió en una leyenda en el pueblo, un símbolo de amistad, honestidad y, por supuesto, ¡amor por las manzanas! Y cada vez que alguien mordía una manzana jugosa, recordaba la historia de Robi y sonreía.
Un día, una niña llamada Sofía se acercó al puesto de Robi. Ella era nueva en la ciudad y se sentía un poco sola. Robi, al verla, le ofreció una manzana roja y brillante. "Hola," dijo Robi con su voz metálica pero amigable, "¿Te gustaría una manzana? Son las mejores de la ciudad."
Sofía aceptó la manzana y le dio un mordisco. Sus ojos se iluminaron. "¡Es deliciosa!" exclamó Sofía. Robi sonrió. "Me alegro de que te guste. Yo mismo las recojo."
Sofía y Robi comenzaron a hablar. Sofía le contó a Robi que le gustaba dibujar robots y que soñaba con construir uno propio. Robi, a su vez, le contó sobre su amor por las manzanas y su trabajo en el huerto. Rápidamente se hicieron amigos. Sofía visitaba a Robi en el puesto de manzanas todos los días. Le ayudaba a organizar las manzanas y le contaba historias de sus aventuras. Robi, por su parte, le daba consejos sobre cómo dibujar robots y le animaba a seguir sus sueños.
Juntos, Robi y Sofía demostraron que la amistad puede surgir en los lugares más inesperados y que, a veces, todo lo que se necesita es una manzana y una sonrisa para hacer del mundo un lugar mejor.
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