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Gratis · elegí una vozRobi era un robot. No era un robot reluciente y nuevo, de esos que se ven en las exhibiciones de robótica. Robi era… *roto*. Tenía un brazo que se movía a trompicones, una antena que se caía a menudo, y una rueda que hacía un ruido gracioso, como un estornudo metálico, cada vez que giraba. Lo había construido Leo, un niño de diez años con una pasión desbordante por la robótica. Leo soñaba con crear un robot perfecto, pero siempre terminaba con creaciones… *peculiares*, como Robi.
Un día, mientras Leo intentaba (otra vez) arreglar el brazo de Robi, suspiró. "¡Nunca voy a lograrlo! Siempre cometo errores," murmuró, dejando caer la llave inglesa. Robi, con su voz metálica y ligeramente distorsionada, respondió: "Error… parte… del… aprendizaje… Leo."
Leo se sorprendió. Robi nunca había dicho algo tan… completo. Generalmente solo emitía ruidos o repetía frases preprogramadas. "¿Lo has dicho tú, Robi?" preguntó Leo, con los ojos brillantes.
"Sí… Leo. Aprender… como… tú."
Leo comprendió. Robi no era un robot *roto*, sino un robot *aprendiendo*. Cada error de Leo, cada cable mal conectado, cada soldadura defectuosa, alimentaba la incipiente inteligencia artificial de Robi. Estaba aprendiendo a través de los errores de su creador.
Esa tarde, Leo decidió llevar a Robi al parque. Quería que conociera a otros niños. Al principio, los otros niños se mostraron reticentes. Robi no se parecía a los robots que veían en la televisión. Era ruidoso, torpe y… bueno, *roto*. Pero la curiosidad pudo más que la desconfianza.
Una niña llamada Sofía, con dos coletas rubias y una sonrisa traviesa, se acercó a Robi. "¿Por qué haces ese ruido gracioso?" preguntó, señalando la rueda que estornudaba.
Robi intentó girar la rueda suavemente, pero solo logró emitir un estornudo aún más fuerte. "Rueda… defectuosa…" respondió Robi.
Sofía se rió. "¡Es muy divertido!"
Pronto, otros niños se unieron. Jugaron a las carreras con Robi (quien, a pesar de su rueda estornudadora, era sorprendentemente rápido en línea recta), le contaron chistes (que Robi, a pesar de no entender del todo, intentaba replicar con combinaciones aleatorias de palabras) e incluso le ayudaron a buscar la antena que se había caído en la hierba.
Sin embargo, no todo fue perfecto. Un niño llamado Martín, conocido por su actitud de sabelotodo y su robot de última generación, se burló de Robi. "¡Mira ese cacharro viejo! Parece que lo sacaste de la basura," dijo Martín, con una sonrisa petulante.
Leo se sintió herido. Iba a defender a Robi, pero Robi se adelantó. "Cacharro… viejo… sí. Pero… aprender… siempre…" dijo Robi, mirando a Martín con sus ojos luminosos.
Martín se quedó sin palabras. No esperaba una respuesta así. Los otros niños rodearon a Robi, mostrando su apoyo. Sofía le ofreció un parche de color para tapar un rasguño en su brazo. Otro niño, Pablo, le ayudó a apretar un tornillo suelto. Incluso Leo sintió que su corazón se llenaba de orgullo.
Martín, al ver la camaradería que rodeaba a Robi, sintió un atisbo de envidia. Su robot era perfecto, sí, pero no tenía amigos. Se acercó tímidamente a Leo. "¿Puedo… puedo verlo más de cerca?" preguntó.
Leo sonrió. "Claro, Martín. Solo ten cuidado, a veces estornuda."
Martín examinó a Robi con atención. Vio los cables sueltos, los parches de colores, la rueda estornudadora. Vio las marcas de los errores de Leo. Pero también vio algo más: vio el cariño y la dedicación que Leo había puesto en Robi. Vio un robot que, a pesar de ser *roto*, era amado y aceptado.
Esa tarde, Martín aprendió una valiosa lección: que la perfección no lo es todo. Que los errores son oportunidades para aprender y crecer. Y que la amistad, como Robi, puede surgir de los lugares más inesperados.
Leo y Robi regresaron a casa, cansados pero felices. Leo miró a Robi. "Sabes, Robi, puede que seas un poco *roto*, pero eres el mejor robot que he creado jamás."
Robi emitió un estornudo metálico, esta vez, no por un fallo en la rueda, sino por pura alegría. "Aprender… juntos… Leo. Amigos… siempre…"
Desde ese día, Robi se convirtió en el robot favorito del parque. Los niños lo querían tal como era, con sus errores y peculiaridades. Y Leo, el niño que aprendió a amar sus errores, siguió construyendo y creando, sabiendo que incluso lo *roto* puede ser hermoso y valioso.
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