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Gratis · elegí una vozRogelio Rex era un dinosaurio enorme, con dientes afilados como cuchillos y un rugido que hacía temblar las hojas de los árboles más altos. Era, sin duda, el rey de la selva… ¡pero también el rey de los berrinches! Rogelio se enfadaba por todo. Si el sol brillaba demasiado, ¡rugido! Si una mariposa se posaba en su nariz, ¡doble rugido! Si una piedra se interponía en su camino, ¡un rugido triple, con patada incluida!
Todos los animales de la selva le temían. Los perezosos se escondían en las copas de los árboles, los monos se callaban sus chismorreos, y hasta el valiente Triceratops prefería cambiar de camino antes que cruzarse con Rogelio.
El problema de Rogelio era el hambre. Un hambre enorme, voraz, que le carcomía las tripas y le hacía gruñón. La única cosa que podía calmar su furia era… ¡carne! Un buen trozo de carne jugosa, recién cazada, era como una medicina para su mal humor. Después de un buen festín, Rogelio se volvía casi… agradable. Casi.
Un día, Rogelio se despertó con un rugido tan fuerte que despertó a un pequeño pajarito llamado Pío. Pío, normalmente, habría salido volando asustado, pero hoy tenía un problema mayor: su nido, recién construido, se había caído del árbol y sus huevos estaban a punto de rodar por una pendiente.
"¡Auxilio! ¡Auxilio!" chilló Pío, agitando sus pequeñas alas con desesperación. Rogelio, a pesar de su mal humor, escuchó el chillido. Se detuvo, frunció el ceño (que ya era bastante fruncido de por sí) y miró al pajarito.
"¿Qué quieres, bicho insignificante?" gruñó Rogelio, aunque su rugido sonó un poco más suave de lo habitual. Quizás porque aún no había desayunado.
"¡Mis huevos! ¡Mis huevos se van a caer!" Pío señaló con su ala hacia la pendiente.
Rogelio miró los huevos. Eran pequeños, frágiles y… no parecían comestibles. Suspiró. No le gustaba ayudar a nadie, pero tampoco le gustaba ver a un pajarito tan angustiado. Además, pensó, si ayudaba al pajarito, quizás éste le traería gusanos para comer más tarde. Era una lógica retorcida, pero funcionaba para Rogelio.
Con cuidado, Rogelio extendió una de sus enormes garras. Era una garra afilada, perfecta para desgarrar carne, pero también podía ser delicada, al menos lo intentó. Con mucha precaución, recogió los huevos uno por uno y los devolvió al nido, que Pío había logrado rescatar.
"¡Gracias! ¡Gracias, Rogelio!" pió Pío, saltando de alegría. "¡Eres el mejor!"
Rogelio se sonrojó (si los dinosaurios pudieran sonrojarse). "No digas tonterías," gruñó. "Ahora, déjame en paz. Tengo hambre."
Pero Pío no se fue. En lugar de eso, voló hasta un árbol cercano y comenzó a picotear frenéticamente. Después de un rato, regresó con un pequeño gusano gordo y jugoso.
"Aquí tienes," dijo Pío, ofreciéndole el gusano a Rogelio. "Es lo menos que puedo hacer."
Rogelio miró el gusano. Era pequeño, muy pequeño. No sería suficiente ni para llenar uno de sus dientes. Pero lo aceptó. Después de todo, era un regalo.
Se comió el gusano. No calmó su hambre, pero… hizo algo diferente. Hizo que se sintiera… bien. Una sensación extraña, nueva, que no había experimentado antes.
Ese día, Rogelio no salió a cazar. En lugar de eso, se quedó cerca del nido de Pío, protegiéndolo de cualquier peligro. Pío le trajo más gusanos, y Rogelio se los comió, no porque tuviera hambre, sino porque le gustaba pasar tiempo con el pequeño pajarito.
Con el tiempo, Rogelio Rex dejó de ser el dinosaurio más furioso de la selva. Todavía rugía de vez en cuando, pero sus rugidos eran menos frecuentes y menos… aterradores. Descubrió que ayudar a los demás, incluso a un pequeño pajarito, era mucho más satisfactorio que comer carne todo el día. Y, aunque nunca lo admitiría en voz alta, hasta le gustaba la compañía de Pío. Después de todo, incluso los reyes de la selva necesitan un amigo. Y a veces, un pequeño gusano es suficiente para cambiar un corazón furioso por uno un poco más… tranquilo.
Rogelio aprendió que la amabilidad y la amistad pueden ser tan nutritivas como un buen festín de carne, y que a veces, un pequeño acto de bondad puede silenciar el rugido más fuerte. Y Pío aprendió que incluso el dinosaurio más temible puede tener un corazón tierno, escondido debajo de una piel gruesa y unos dientes afilados.
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