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Rufus era un perrito marrón y muy, muy rápido. Vivía en una casa roja con una reja blanca. A Rufus le encantaba correr por el jardín, rodar por el césped y rascar la tierra. Pero lo que más le gustaba era jugar con su rata de peluche, Ratita. Ratita era suave y un poco rota, pero Rufus la adoraba. Un día, la dueña de Rufus, Renata, regresó de la tienda con un paquete grande. "¡Rufus! ¡Mira, tengo un regalo para ti!" dijo Renata con una sonrisa. Rufus movió la cola rápidamente, esperando ansiosamente. Renata abrió el paquete y sacó... ¡una pelota roja brillante! Rufus miró la pelota con curiosidad. Nunca había visto una pelota tan roja y redonda. Renata tiró la pelota y dijo: "¡Ve a buscarla, Rufus! ¡Corre!" Rufus, un poco reacio al principio, corrió tras la pelota. La pelota rebotaba y rodaba por el jardín. Rufus la persiguió, riendo y ladrando. Pero la pelota roja era resbaladiza y difícil de agarrar. Rufus rodó por el suelo, intentando atraparla con sus patas. Finalmente, logró agarrarla con su boca. ¡Pero la pelota era demasiado grande para llevarla fácilmente! Rufus regresó con Renata, arrastrando la pelota roja. Renata rió al ver a Rufus luchando con la pelota. "¡Eres un campeón, Rufus!" dijo Renata, acariciando su cabeza. A pesar de la dificultad, Rufus se sintió orgulloso. Había logrado atrapar la pelota roja. Pero mientras jugaba, Rufus notó que la pelota roja no era tan suave como Ratita. Tampoco podía abrazarla ni dormir con ella como hacía con su rata de peluche. Rufus miró a Ratita, que estaba sentada sola en el rincón del jardín. Sintió un poco de pena por Ratita. De repente, Rufus tuvo una idea. Tomó la pelota roja y la rodó hacia Ratita. Luego, empujó a Ratita con su nariz hacia la pelota roja. "¡Guau!" ladró Rufus, como si dijera: "¡Juega con nosotros, Ratita!". Ratita, por supuesto, no se movió. Era solo una rata de peluche. Pero Rufus siguió insistiendo, rodando la pelota roja alrededor de Ratita y ladrando alegremente. Renata observaba a Rufus con una sonrisa. Se dio cuenta de que Rufus no solo quería jugar con la pelota roja, sino que también quería compartirla con su vieja amiga, Ratita. Renata recogió a Ratita y la colocó encima de la pelota roja. "¡Mira, Rufus! ¡Ratita también está jugando!" dijo Renata. Rufus movió la cola con entusiasmo. Ahora sí que estaba contento. Tenía su pelota roja y su amiga Ratita, todo en uno. Pero, de repente, escucharon un ruido. ¡Era el cartero! El cartero siempre le traía cartas a Renata, y a Rufus le encantaba ladrarle al cartero (amigablemente, por supuesto). Rufus corrió hacia la reja, dejando la pelota roja y a Ratita atrás. El cartero le sonrió a Rufus y le entregó una carta a Renata. Mientras Renata revisaba la carta, Rufus vio algo extraño. ¡Un perro vecino, Ramón, estaba intentando robar la pelota roja! Ramón era un perro grande y fuerte, y Rufus sabía que no podía enfrentarlo solo. Pero Rufus no iba a dejar que Ramón se llevara su nueva pelota. ¡Tenía que hacer algo! Rufus ladró fuertemente a Ramón, intentando asustarlo. Pero Ramón no se inmutó. Siguió acercándose a la pelota roja. Entonces, Rufus tuvo otra idea. Corrió hacia la casa y empezó a rascar la puerta. "¡Guau! ¡Guau!" ladraba Rufus, intentando llamar la atención de Renata. Renata escuchó los ladridos de Rufus y salió corriendo. "¿Qué pasa, Rufus?" preguntó Renata, preocupada. Rufus la llevó rápidamente hacia el jardín, señalando con su nariz a Ramón y la pelota roja. Renata entendió lo que estaba pasando. "¡Ramón! ¡Deja la pelota de Rufus!" gritó Renata. Ramón, sorprendido por la repentina aparición de Renata, soltó la pelota roja y salió corriendo. Rufus movió la cola alegremente y lamió la mano de Renata. ¡Habían salvado la pelota roja! Renata recogió la pelota roja y se la dio a Rufus. "Eres un perro muy valiente, Rufus" dijo Renata, abrazándolo. Rufus se sintió muy feliz. Había protegido su pelota roja y demostrado ser un buen amigo. Regresó al jardín y rodó la pelota roja junto a Ratita. Ahora sí que podía disfrutar de su regalo rojo, sabiendo que era valiente, rápido y, sobre todo, ¡un buen amigo! Desde ese día, Rufus jugó con la pelota roja todos los días. A veces, incluso dejaba que Ratita se subiera a la pelota para dar un paseo. Y aunque la pelota roja no era tan suave como Ratita, Rufus la quería mucho. Porque la pelota roja le había enseñado que los regalos son aún más especiales cuando se comparten con los amigos.
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