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Santos era un hombre callado. No era antipático, solo que las piedras le hablaban más fuerte que las personas. Conocía sus secretos, sus texturas, sus colores ocultos. Era un artesano humilde, un hombre pobre con un tesoro inmenso: su pequeña hija, Luna. Luna era su sol, su estrella, la única razón por la que sus manos seguían dando forma a la dura piedra. Soñaba con darle una vida mejor, una vida llena de risas y juegos, no solo de pan duro y silencios.
Un día, tras semanas de trabajar sin descanso, con las manos encallecidas y la espalda dolorida, Santos logró reunir unas pocas monedas. Monedas suficientes para comprar un jarro de leche. Sabía que Luna estaba débil, su cuerpo delgado como una ramita seca. La leche, pensaba Santos, le devolvería el color a sus mejillas, la chispa a sus ojos apagados. Era su esperanza embotellada.
Con cuidado extremo, como si llevara un tesoro de diamantes, Santos cargó el jarro de barro lleno de leche fresca. El camino de regreso era largo y lleno de obstáculos, pero Santos no sentía el cansancio. En su mente solo veía la sonrisa de Luna al beber la leche. Canturreaba una vieja melodía, una canción de cuna que su propia madre le cantaba cuando era niño.
Al llegar al puente de madera que cruzaba el río Rumoroso, Santos dudó un instante. El puente parecía viejo y frágil. Pero no había otra forma de llegar a casa. Respiró hondo y avanzó con cautela. De repente, una tabla podrida cedió bajo sus pies con un crujido aterrador. Santos, con la agilidad de un gato montés, logró sostenerse de la barandilla. Sintió un dolor agudo en el brazo, pero lo peor estaba por venir. El jarro de leche, resbaladizo por la humedad, se le escapó de las manos y cayó al río.
Santos observó con horror cómo el jarro se estrellaba contra las rocas, rompiéndose en mil pedazos. La leche blanca y cremosa se mezcló con el agua marrón del río, desapareciendo corriente abajo, llevándose consigo su esperanza, sus sueños, su promesa. Sintió un nudo en la garganta, un dolor profundo en el pecho que le impedía respirar. Se quedó allí, paralizado, viendo cómo su esfuerzo se convertía en espuma y se desvanecía.
Con las manos vacías y el corazón pesado, Santos emprendió el camino de regreso a casa. Cada paso era una tortura, cada respiración un lamento silencioso. Sabía que Luna lo estaba esperando, que confiaba en él. ¿Qué le diría? ¿Cómo le explicaría que el río se había llevado su medicina, su alimento, su alegría?
Cuando llegó a casa, encontró a Luna esperándolo en la cama. Sus ojos grandes y oscuros brillaban con una fe inquebrantable. Sus labios secos apenas podían esbozar una sonrisa. Santos se acercó a ella con lentitud, sintiendo el peso de la culpa aplastándolo. Se arrodilló a su lado y le acarició el cabello suavemente. No dijo nada. No podía. Las palabras se le atascaban en la garganta, convertidas en un nudo de dolor.
Esa noche, Luna no despertó. Su cuerpo frágil y cansado se rindió al sueño eterno. Santos la abrazó con fuerza, sintiendo el frío de su piel, la ausencia de su respiración. Lloró en silencio, lágrimas amargas que empaparon el cabello de su pequeña, lágrimas que no pudieron devolverle la vida.
Al día siguiente, Santos volvió a su taller de piedra. Pero ya no era el mismo hombre. La alegría se había extinguido en sus ojos, la sonrisa se había borrado de sus labios. Siguió trabajando, dando forma a la piedra con la misma habilidad de siempre, pero su corazón estaba roto. Aprendió una lección cruel: la vida, como la leche derramada, nunca vuelve atrás. El río Rumoroso se había llevado mucho más que un jarro de leche; se había llevado su esperanza, su alegría, su razón de ser. Nadie volvió a verlo sonreír, porque el lenguaje de las piedras, que antes lo consolaba, ahora solo le recordaba su pérdida, su soledad, su río de leche perdida.
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