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Sara era una niña curiosa como un gatito y alegre como un pajarito. Le encantaba correr por el parque, pintar arcoíris con sus crayones y contar historias a su osito de peluche, Pompón. Sin embargo, Sara tenía un pequeño secreto: no entendía bien cómo las personas mostraban su cariño. Creía que todos debían demostrarlo de la misma manera, con abrazos apretados y besos ruidosos, como su abuela Elena. Pero no todos eran como la abuela Elena.
Su papá, por ejemplo, mostraba su cariño arreglando su bicicleta cuando se rompía o leyéndole cuentos de dragones antes de dormir. Él no era de muchos abrazos, pero siempre estaba ahí para ella. Sara, a veces, se sentía un poco confundida. "¿De verdad me quiere si no me da un abrazo grande?", se preguntaba.
Su maestra, la Señorita Clara, mostraba su cariño con una sonrisa amable y palabras de aliento. Cuando Sara tenía dificultades con una tarea, la Señorita Clara se acercaba y le decía: "¡Sé que puedes hacerlo, Sara! ¡Tienes una mente brillante!". Pero nunca la abrazaba. Sara pensaba: "Ella es muy buena, pero quizás no me quiere tanto como mi abuela".
Un día, Sara estaba sentada en el parque, observando a las abejas revolotear entre las flores. Se sentía un poco triste. Pompón, sentado a su lado, parecía escuchar sus pensamientos. De repente, vio a Doña Rosa, la jardinera del parque, cuidando sus rosales. Doña Rosa era una mujer callada, de manos llenas de tierra y una sonrisa tímida. Rara vez hablaba, pero siempre estaba allí, regando las plantas y quitando las malas hierbas.
Sara se acercó a Doña Rosa. "Buenos días, Doña Rosa", dijo tímidamente.
Doña Rosa levantó la vista y le sonrió. "Buenos días, Sara", respondió con su voz suave.
Sara observó a Doña Rosa mientras podaba un rosal. "¿Cómo sabes qué ramas cortar?", preguntó.
Doña Rosa explicó: "Cada rama necesita espacio para crecer. Algunas necesitan más sol, otras más agua. A veces, hay que quitar las ramas viejas para que las nuevas puedan florecer".
Mientras hablaba, Doña Rosa le dio a Sara una rosa recién cortada. Era de un color rosa intenso y olía maravillosamente. Sara la aceptó con una sonrisa.
Esa noche, Sara pensó en las palabras de Doña Rosa. Se dio cuenta de que las personas, como las plantas, necesitaban diferentes cosas para crecer y florecer. Su papá le mostraba su cariño ayudándola, como podando las "ramas viejas" de sus problemas. La Señorita Clara la animaba a crecer con sus palabras, como el sol que ayuda a las flores a florecer. Y Doña Rosa, con su silencio y su cuidado, le mostraba su cariño como el agua que nutre las raíces.
Al día siguiente, Sara decidió crear su propio "Jardín de los Afectos". En una hoja de papel, dibujó a su papá arreglando su bicicleta, a la Señorita Clara sonriéndole y a Doña Rosa cuidando sus rosales. Luego, dibujó a su abuela Elena dándole un abrazo apretado. Cada dibujo representaba una forma diferente de cariño.
Cuando su papá llegó a casa, Sara le mostró su dibujo. Él la miró con ternura y le dio un beso en la frente. "Me encanta tu dibujo, Sara", dijo. "Y me encanta ayudarte a arreglar tu bicicleta".
Al día siguiente, en la escuela, Sara le mostró su dibujo a la Señorita Clara. La Señorita Clara sonrió y le dijo: "¡Qué talento tienes, Sara! ¡Me encanta ver cómo tu creatividad florece!".
Y cuando fue al parque, Sara le regaló una de sus pinturas a Doña Rosa. Era un dibujo de un rosal lleno de flores de todos los colores. Doña Rosa la aceptó con una sonrisa que iluminó su rostro. Por primera vez, Sara entendió que el cariño no siempre se mostraba con abrazos y besos. A veces, se mostraba con acciones, con palabras, con silencios, con regalos, con sonrisas. El cariño era como un jardín lleno de flores diferentes, cada una con su propia belleza y su propio aroma.
Sara aprendió que cada persona tiene su propia manera de mostrar cariño, y que todas esas maneras son valiosas y especiales. Ya no se sentía confundida. Ahora, veía el cariño en todas partes, como un jardín secreto que florecía a su alrededor. Y sabía que, aunque las personas la quisieran de diferentes maneras, todas esas maneras eran importantes y la hacían sentir amada y especial.
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