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En el corazón de San Matías, un pueblito alegre de Santa Cruz, donde las casas parecían pintadas con crayones y los loros contaban chistes, había una plaza muy especial. Y cerca de la plaza, ¡oh, sorpresa!, se alzaba el único semáforo del pueblo. Pero este no era un semáforo cualquiera. ¡Era un semáforo mágico! Se llamaba Sonrisas, porque siempre tenía una gran sonrisa dibujada en su cara de metal. Sonrisas tenía tres ojos brillantes: uno rojo como una cereza, uno amarillo como el sol y uno verde como la hierba fresca.
Cada mañana, cuando el sol comenzaba a desperezarse, Sonrisas se despertaba con una canción. Le encantaba ver a los niños de San Matías camino a la escuela. Él sabía que su trabajo era muy importante: ¡mantenerlos seguros! Un día, Sofía, Mateo y Lucía, tres amigos inseparables, estaban jugando en la plaza. Corriendo y riendo, casi olvidan que debían cruzar la calle para ir a comprar helado. ¡Casi! Pero entonces, vieron a Sonrisas.
El ojo rojo de Sonrisas se encendió, brillando como una fresa madura. "¡Rojo! ¡Rojo!", exclamó Sonrisas con una voz suave pero firme. "¡Deténganse, amiguitos! ¡Rojo significa parar! Esperen un poquito, no se apresuren". Sofía, Mateo y Lucía se detuvieron de golpe. Sabían que Sonrisas siempre tenía razón. "¡Gracias, Sonrisas!", dijeron los tres al unísono. Esperaron pacientemente, observando a los coches que pasaban.
De repente, el ojo rojo de Sonrisas se apagó y el ojo amarillo se iluminó, como un pequeño sol que aparecía. "¡Amarillo!", cantó Sonrisas. "¡Amarillo significa precaución! Estén atentos, miren a ambos lados. ¡Prepárense para avanzar, pero con mucho cuidado!". Los niños abrieron bien los ojos y miraron a la izquierda y a la derecha. Vieron un mototaxi que venía a lo lejos. "¡Gracias, Sonrisas! ¡Estamos listos!", gritaron los niños, pero esperaron un poco más.
Finalmente, el ojo amarillo se apagó y el ojo verde se encendió, brillando como una esmeralda. "¡Verde! ¡Verde!", exclamó Sonrisas con alegría. "¡Verde significa avanzar! ¡Ahora pueden cruzar, pero siempre mirando a ambos lados! ¡No corran, caminen con cuidado!". Sofía, Mateo y Lucía se tomaron de las manos y cruzaron la calle caminando despacio, pero con mucha atención. Miraron a la izquierda, miraron a la derecha y llegaron al otro lado sanos y salvos.
"¡Lo logramos!", gritó Mateo, feliz. "¡Gracias a Sonrisas!", añadió Lucía. "¡Sí! ¡Es el mejor semáforo del mundo!", completó Sofía. Corrieron a comprar sus helados y regresaron a la plaza, donde Sonrisas los esperaba con su gran sonrisa de metal. "¡Bien hecho, amiguitos!", les dijo Sonrisas. "Recuerden siempre lo que les he enseñado: rojo es parar, amarillo es precaución y verde es avanzar con cuidado. ¡Así estarán siempre seguros!".
Desde ese día, Sofía, Mateo y Lucía siempre respetaron los colores de Sonrisas. Y no solo ellos, sino todos los niños de San Matías. Aprendieron que respetar las señales de tránsito es muy importante para evitar accidentes y protegerse a sí mismos y a los demás. Un día, llegó un nuevo niño a San Matías, se llamaba Carlos. Carlos no conocía a Sonrisas ni entendía los colores del semáforo. Estaba muy emocionado por jugar en la plaza y corrió a cruzar la calle sin mirar. Sofía, Mateo y Lucía lo vieron y gritaron: "¡Carlos, cuidado!".
Sonrisas, al ver el peligro, hizo sonar su bocina, un sonido suave pero fuerte que alertó a Carlos. Carlos se detuvo justo a tiempo, antes de que un mototaxi pasara a su lado. Estaba muy asustado. Sofía, Mateo y Lucía corrieron a ayudarlo. "Carlos, ¿estás bien?", le preguntaron preocupados. Carlos asintió con la cabeza. "¡Casi me atropellan!", dijo con la voz temblorosa. "Es que no conoces a Sonrisas", dijo Sofía. "Él es nuestro semáforo mágico y nos enseña a cruzar la calle con seguridad", añadió Mateo. "Rojo es parar, amarillo es precaución y verde es avanzar con cuidado", explicó Lucía.
Sonrisas sonrió aún más brillante. Carlos se acercó a Sonrisas y le dio las gracias. "Gracias, Sonrisas. Prometo que siempre respetaré tus colores", dijo Carlos. Desde ese día, Carlos también se convirtió en un gran amigo de Sonrisas y aprendió a cruzar la calle con seguridad. Y así, en San Matías, gracias a Sonrisas, el semáforo mágico y sonriente, todos los niños aprendieron la importancia de la educación vial. La plaza de San Matías siempre estuvo llena de risas y juegos seguros.
Una tarde, mientras el sol se ponía, pintando el cielo de naranja y rosa, Sonrisas reunió a todos los niños de San Matías. "Amiguitos", les dijo con su voz suave, "recuerden siempre que respetar los colores del semáforo cuida nuestra vida y la de los demás. ¡Es un acto de amor y responsabilidad!". Los niños asintieron con la cabeza, comprendiendo la importancia de sus palabras. Y así, en San Matías, el pueblo donde vivía Sonrisas, el semáforo mágico y sonriente, la educación vial se convirtió en una aventura divertida y segura para todos. Y cada vez que veían a Sonrisas, le regalaban una gran sonrisa, ¡igual de brillante que sus ojos de colores!
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