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Gratis · elige una vozSilvia Martínez era una niña curiosa. Le encantaba observar las hormigas trabajando en el jardín, preguntarle a su abuela sobre las estrellas y, sobre todo, leer. Leía libros de aventuras, de animales fantásticos y, últimamente, leía mucho sobre filosofía. Su héroe era Sócrates, el famoso filósofo griego.
Una noche, mientras leía sobre los diálogos de Sócrates en la plaza de Atenas, Silvia se quedó dormida. De repente, se encontró en un lugar extraño. El sol brillaba con una luz dorada y la gente vestía túnicas blancas. Había columnas de mármol por todas partes y el aire olía a flores y a hierbas secas.
"¿Dónde estoy?" se preguntó Silvia, un poco asustada.
"Estás en Atenas, pequeña," escuchó una voz suave.
Se giró y vio a un hombre con una barba larga y blanca, ojos sabios y una sonrisa amable. Era Sócrates, ¡el mismísimo Sócrates!
Silvia no podía creerlo. "¡Sócrates! ¡Soy Silvia y... y siempre he soñado con conocerte!" exclamó emocionada.
Sócrates sonrió. "Veo que has leído sobre mí. ¿Y qué te trae por aquí, pequeña Silvia?"
"Quería ser tu discípula," respondió Silvia con timidez. "Quiero aprender a pensar como tú, a cuestionar las cosas y a buscar la verdad."
Sócrates asintió. "La verdad se encuentra a través del diálogo, de la pregunta constante. Pero no te daré respuestas, te ayudaré a encontrarlas tú misma. Ven, caminemos."
Juntos, caminaron por la plaza de Atenas. Sócrates comenzó a hacerle preguntas a Silvia. "¿Qué crees que es la justicia?" le preguntó.
Silvia pensó por un momento. "Creo que es tratar a todos por igual, sin importar quiénes sean."
"¿Pero qué significa igual? ¿Significa darles a todos lo mismo, o darles a todos lo que necesitan?" preguntó Sócrates.
Silvia se quedó pensando. Nunca lo había visto de esa manera. "Creo que darles a todos lo que necesitan es más justo," dijo finalmente.
Sócrates sonrió. "Ves, ya estás comenzando a pensar por ti misma."
Continuaron caminando y hablando. Sócrates le preguntó sobre la amistad, sobre la valentía, sobre la felicidad. Cada pregunta la hacía pensar más y más profundamente. Silvia se dio cuenta de que no había respuestas fáciles, y que lo importante era seguir preguntando, seguir buscando.
De repente, un niño se acercó corriendo a Sócrates. "¡Sócrates, Sócrates! ¡El mercado está lleno de gente discutiendo sobre el precio de las aceitunas!"
Sócrates sonrió. "Vamos, Silvia. Veamos qué está pasando."
Llegaron al mercado y vieron a dos hombres gritándose el uno al otro. Uno era un vendedor de aceitunas y el otro un comprador.
"¡Estas aceitunas son demasiado caras!" gritaba el comprador.
"¡Son las mejores aceitunas de toda Atenas!" respondía el vendedor.
Sócrates se acercó a ellos y les dijo con calma: "¿Cuál es el problema?"
El comprador explicó que sentía que el precio era demasiado alto. El vendedor explicó que había tenido que trabajar mucho para cultivar las aceitunas y que necesitaba ganar dinero para alimentar a su familia.
Sócrates escuchó atentamente a ambos. Luego, le preguntó al comprador: "¿Cuánto estás dispuesto a pagar por las aceitunas?"
El comprador respondió: "Estoy dispuesto a pagar diez dracmas."
Sócrates se dirigió al vendedor: "¿Cuánto necesitas ganar para poder alimentar a tu familia?"
El vendedor respondió: "Necesito al menos doce dracmas."
Sócrates sonrió. "Entonces, ¿por qué no se encuentran en un punto intermedio? ¿Qué tal once dracmas?"
El comprador y el vendedor se miraron. Al principio, dudaron, pero luego aceptaron. Se dieron la mano y el problema se resolvió.
Silvia estaba asombrada. Vio cómo Sócrates había usado la razón y la empatía para ayudar a resolver un conflicto.
De repente, el sonido de una campana la despertó. Estaba de vuelta en su cama, con el libro de Sócrates abierto sobre su pecho.
Silvia sonrió. Había sido un sueño maravilloso. Aunque no había sido una discípula real de Sócrates, había aprendido mucho de él. Había aprendido a cuestionar, a pensar por sí misma y a buscar la verdad.
Se levantó de la cama, fue a la cocina y le preguntó a su abuela: "Abuela, ¿qué crees que es la felicidad?"
Su abuela sonrió. "Esa es una pregunta muy importante, Silvia. Pero tendrás que encontrar la respuesta por ti misma."
Silvia sonrió. Sabía que su aventura socrática apenas comenzaba. A partir de ese día, Silvia continuó leyendo, preguntando y buscando la verdad en todo lo que hacía. Sabía que no siempre encontraría respuestas fáciles, pero estaba decidida a seguir el ejemplo de Sócrates y a nunca dejar de aprender. Y, de vez en cuando, se preguntaba si Sócrates, en algún lugar del tiempo, sonreía al verla pensar.
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