Escucha este cuento
Gratis · elige una vozSofi tenía un secreto. Un secreto que guardaba dentro, apretado como un puño. Cuando se sentía triste porque su abuelo vivía muy lejos, o cuando su mejor amigo, Tomás, no quería jugar con ella, Sofi no decía nada. Se quedaba callada, con un nudo en la garganta.
Un día, encontró un cuaderno viejo en el ático. Era de color azul cielo y tenía una llave dorada diminuta. Al abrirlo, un remolino de colores la envolvió y, de repente, ¡Sofi estaba en una isla! Era una isla extraña, llena de árboles susurrantes y flores que parecían labios fruncidos.
Una voz suave la llamó: "Bienvenida a la Isla de las Palabras No Dichas, Sofi." Era una viejecita con un sombrero de hojas y una sonrisa arrugada. "Aquí viven todas las palabras que no te atreviste a decir."
Sofi miró a su alrededor. Empezó a verlas: palabras flotando en el aire, palabras escondidas detrás de las rocas. Palabras como "Me da miedo", temblorosa y pequeña. "Quiero que me abraces", solitaria y buscando un hogar. "Estoy triste", gorda y pesada como una piedra. "Te extraño", larga y delgada como un hilo.
La viejecita, que se llamaba Abuela Lengua, le explicó: "Sofi, estas palabras son como semillas. Si las plantas, crecen y florecen. Pero si las guardas, se pudren y se convierten en monstruos invisibles."
Sofi no entendía. Abuela Lengua le mostró un espejo. En él, Sofi vio una sombra oscura que la seguía a todas partes. "Ese es el monstruo de la tristeza no dicha", dijo Abuela Lengua. "Y hay muchos más: el monstruo del miedo, el monstruo de la soledad... Todos te están rodeando."
Sofi sintió un escalofrío. Miró a su alrededor y vio que otros niños, en la isla, también tenían sus propios monstruos. Eran monstruos pequeños, monstruos grandes, monstruos peludos y monstruos escamosos. Todos eran diferentes, pero todos nacían del silencio.
"¿Cómo puedo deshacerme de ellos?" preguntó Sofi, con la voz temblorosa.
"Diles adiós", respondió Abuela Lengua. "Diles adiós en voz alta, a quien necesites decírselo. Expresa lo que sientes. No tengas miedo."
Sofi pensó en su abuelo. Lo extrañaba tanto. Tomó la palabra "Te extraño" entre sus manos, sintiendo su peso ligero. Cerró los ojos y, con voz temblorosa, dijo: "Abuelo, te extraño mucho. Quiero verte pronto."
De repente, la palabra "Te extraño" se iluminó con una luz dorada y se elevó hacia el cielo, como una mariposa. La sombra que la seguía se hizo un poco más pequeña.
Luego pensó en Tomás, su amigo. Estaba enojada porque no había querido jugar con ella. Tomó la palabra "Estoy triste" y dijo: "Tomás, me puse triste cuando no quisiste jugar conmigo. Quería jugar contigo."
Otra vez, la palabra se iluminó y se fue volando. El monstruo de la tristeza se encogió un poco más.
Sofi entendió. No era fácil, pero era necesario. Empezó a hablar con las otras palabras. A la palabra "Me da miedo", le dijo: "Sé que a veces tengo miedo, pero soy valiente y puedo superarlo." A la palabra "Quiero que me abraces", le dijo: "Mamá, papá, quiero que me abracen cuando me siento triste."
Cada vez que Sofi hablaba, una palabra se iluminaba y se liberaba. Los monstruos se hacían más pequeños hasta que, poco a poco, desaparecieron por completo. La isla se volvía más brillante y alegre. Otros niños empezaron a imitarla, liberando sus propias palabras.
Cuando ya no quedaba ninguna palabra no dicha a su alrededor, Abuela Lengua le dijo: "Sofi, has aprendido una lección muy importante. Las palabras tienen poder. El poder de sanar, de conectar, de liberarte."
Le entregó el cuaderno azul y le dijo: "Llévalo contigo. Úsalo para escribir tus sentimientos, para dibujar tus miedos, para dar voz a tu corazón."
Sofi sintió un tirón en el estómago. Estaba volviendo a casa. Desapareció el remolino de colores y Sofi se encontró de nuevo en el ático, con el cuaderno azul en sus manos.
Bajó corriendo y abrazó a su mamá. "Mamá, te extrañé mucho", le dijo. Su mamá la abrazó con fuerza. Luego, llamó a Tomás y le dijo: "Tomás, me puse triste cuando no quisiste jugar conmigo. ¿Podemos jugar ahora?" Tomás sonrió y dijo que sí.
Desde ese día, Sofi aprendió a usar sus palabras. A veces le costaba, pero recordaba la Isla de las Palabras No Dichas y sabía que era mejor hablar, aunque fuera un poco, que quedarse callada y dejar que los monstruos crecieran. Y así, Sofi vivió feliz, con un corazón lleno de palabras dichas y una sonrisa que brillaba como el sol.
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