Escucha este cuento
Gratis · elige una vozPerro Tom, perro rabioso, pare las orejas y oiga. Mantenga el cuello tieso y escuche su negra historia.
Tom no era realmente rabioso, más bien… ¡tremendamente travieso! Era un perro de pelaje color tierra, con una mancha blanca en forma de corazón en su pecho. Sus orejas, normalmente caídas, se alzaban como antenas cada vez que olía una aventura, o mejor dicho, una travesura.
Un día, la abuela Elena había horneado un pastel de fresa gigante, el favorito de Tom. Lo dejó enfriando sobre la mesa del comedor, cubierto con un mantel bordado con florecitas. ¡Ay, Tom! El pastel parecía llamarlo a gritos.
Se comió medio pastel, ensució todo el mantel y volcó el tarro de leche y aunque nadie lo sospeche mordió al gato gruñón.
Con la cara llena de crema y migajas, Tom saltó sobre la mesa, derribando el mantel con un estruendo. El tarro de leche, que la abuela había dejado para el desayuno, rodó por el suelo, dejando un rastro blanco y pegajoso. Y para colmo de males, al pasar corriendo, le dio un mordisco juguetón – aunque doloroso – al gato gruñón, Don Gato, que dormía plácidamente en su cojín.
Don Gato, furioso, siseó y le gruñó a Tom. Normalmente, Tom le tendría miedo a Don Gato, pero con el subidón de azúcar del pastel, se sentía invencible.
Al gato le hizo un chichón y al pasar por la cocina dió un gran susto al vecina.
El mordisco de Tom le había dejado a Don Gato un buen chichón en la cabeza. El gato, indignado, salió corriendo a esconderse debajo del sillón. Tom, sintiéndose el rey de la casa, siguió corriendo, pasando a toda velocidad por la cocina. La vecina, Doña Rosa, estaba justo entrando para devolverle a la abuela Elena una taza de azúcar que le había pedido prestada. Al ver a Tom pasar como un rayo, Doña Rosa pegó un grito que se escuchó hasta la calle.
Haciéndose el valeroso se fue de cabeza al pozo.
Tom, en su alocada carrera, llegó hasta el patio trasero. Allí, en medio del jardín, estaba el viejo pozo. Normalmente, Tom lo evitaba, pues le daba un poco de miedo la oscuridad que se escondía en su interior. Pero hoy, sintiéndose un héroe después de su festival de travesuras, decidió que era el momento de conquistarlo. Se plantó frente al pozo, ladró un par de veces para darse valor, y… ¡saltó de cabeza!
¡Splash! El agua estaba fría y oscura. Tom se dio cuenta de que no era tan valiente como pensaba. Empezó a nadar desesperadamente, ladrando pidiendo ayuda. Afortunadamente, la abuela Elena, que había escuchado el grito de Doña Rosa y los ladridos de Tom, corrió al patio trasero. Al ver a Tom en el pozo, rápidamente buscó una cuerda y la lanzó al agua.
Tom, temblando de frío y arrepentimiento, agarró la cuerda con sus dientes. La abuela Elena, con mucho esfuerzo, lo sacó del pozo. Tom estaba empapado, sucio y con la cola entre las patas.
Aquí termina su negra historia, salga usted de mi presencia. Terminó su día de gloria y empieza su penitencia.
La abuela Elena, aunque enfadada por el desastre del pastel y el susto a Doña Rosa, no podía evitar sentir lástima por el pobre Tom. Lo envolvió en una toalla caliente y lo llevó dentro de la casa. Después de secarlo y darle un buen plato de comida, la abuela Elena le habló con firmeza.
"Tom," dijo la abuela Elena, "lo que has hecho hoy ha sido muy malo. Te has comido el pastel, has ensuciado todo, has asustado a Doña Rosa y le has hecho daño a Don Gato. ¡Y casi te ahogas en el pozo! Necesitas aprender a controlarte y a pensar antes de actuar."
Tom, avergonzado, lamió la mano de la abuela Elena. Sabía que se había portado muy mal. La abuela Elena lo puso a limpiar el desastre del pastel (bueno, lo intentó, más que limpiar lo lamia) y lo castigó sin paseos por una semana. Don Gato, al verlo tan arrepentido, hasta le permitió acurrucarse cerca de él en el sillón.
Tom aprendió su lección. Aunque le encantaban las aventuras, entendió que las travesuras tienen consecuencias. Y aunque a veces la tentación de un pastel de fresa fuera irresistible, prometió, al menos, intentarlo con menos entusiasmo la próxima vez. Y así, Tom, el terremoto peludo, se convirtió en un perro un poco menos travieso, pero igual de querido.
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