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Gratis · elige una vozCapítulo 1: El Dragón que Olvidó Volar…
Tomás encontró un sombrero viejo en la plaza del pueblo. Era de un color verde desvaído, con una pluma roja que se movía sola. Al ponérselo, de repente, ¡puf! Se encontró dentro de un libro abierto. Las letras danzaban a su alrededor, y una voz grave dijo: “Tu misión ha comenzado. El Dragón Olvidadizo te necesita.”
Así comenzó la misión de Tomás: encontrar al dragón, ayudarlo a recordar cómo volar, y descubrir el final del cuento. No tenía ni idea de por dónde empezar. Caminó por un sendero de adoquines amarillos, bordeado de flores gigantes que parecían sonreírle. De repente, escuchó un chapoteo.
“¿Necesitas ayuda, jovencito?” dijo una voz grave. Tomás se agachó y vio una rana con un sombrero de detective y una lupa enorme. “Soy la Rana Detectiva, y tengo una pista para ti. El dragón se esconde cerca del Puente Invisible.”
Tomás agradeció a la Rana Detectiva y siguió el camino. Pronto llegó a un precipicio. No veía ningún puente. “¡El Puente Invisible!” recordó. Cerró los ojos, respiró hondo y caminó hacia adelante, confiando en que el puente estaba allí. Sintió el suelo bajo sus pies. Al abrir los ojos, ¡estaba al otro lado!
Al final del puente, encontró una puerta custodiada por tres relojes parlantes. El primer reloj decía: “Para pasar, debes resolver nuestro acertijo.” El segundo reloj añadió: “Tenemos diferentes horas, pero todos marcamos el tiempo.” El tercer reloj terminó: “¿Qué número sigue esta secuencia: 1, 4, 9, 16…?”
Tomás pensó un momento. “¡25!” exclamó. “Son los cuadrados de los números: 1 al cuadrado es 1, 2 al cuadrado es 4, 3 al cuadrado es 9, 4 al cuadrado es 16, entonces 5 al cuadrado es 25.”
Los relojes sonrieron (si es que los relojes pueden sonreír). La puerta se abrió, revelando un valle verde y frondoso. En el centro del valle, vio al dragón. Era enorme, de color esmeralda, pero parecía triste. Estaba sentado en una roca, mirando al suelo.
Tomás se acercó con cautela. “Hola,” dijo. “Soy Tomás. Vengo a ayudarte.”
El dragón levantó la vista. “¿Ayudarme? ¿Cómo? He olvidado cómo volar.”
“Pero… ¿cómo es posible?” preguntó Tomás.
“No lo sé,” respondió el dragón con voz melancólica. “Un día, simplemente lo olvidé. Ya no siento el viento bajo mis alas, ni la alegría de elevarme por encima de las nubes.”
Tomás pensó un momento. “¿Qué es lo que más te gustaba de volar?”
El dragón suspiró. “Me gustaba ver el mundo desde arriba. Me gustaba sentir la libertad. Me gustaba… contar historias en el cielo.”
“¿Contar historias?” preguntó Tomás con curiosidad.
“Sí,” dijo el dragón. “Con las nubes. Las moldeaba con mi aliento para crear formas e imágenes que contaban historias a quienes las miraban desde abajo.”
Tomás tuvo una idea. “¡Yo te ayudaré a recordar! Cuéntame una historia. ¡Una historia que te guste mucho!”
El dragón dudó, pero luego comenzó a hablar. Contó una historia sobre un caballero valiente que rescató a una princesa de una torre alta, no con una espada, sino con una canción. Mientras el dragón hablaba, Tomás imaginaba la historia en su mente, viendo las escenas como si estuvieran sucediendo frente a él.
Cuando el dragón terminó, Tomás dijo: “¡Es una historia maravillosa! Ahora, cierra los ojos e imagina que estás volando. Imagina que eres el caballero, cantando la canción para la princesa. Siente el viento en tu cara, el sol en tu espalda…”
El dragón cerró los ojos. Tomás continuó hablando, guiándolo a través de la sensación del vuelo, recordándole la libertad y la alegría. De repente, el dragón abrió los ojos. Una chispa de alegría brilló en ellos. Extendió sus alas, que habían estado plegadas y polvorientas, y las movió lentamente. Primero un aleteo, luego otro, y otro más. ¡El dragón estaba volando!
Dio una vuelta alrededor del valle, gritando de alegría. Tomás sonrió. Había ayudado al dragón a recordar. Pero aún faltaba algo: el final del cuento. La voz grave del principio resonó en su cabeza: “Descubre el final del cuento.”
Tomás pensó en todo lo que había sucedido. En la Rana Detectiva, el Puente Invisible, los relojes parlantes, y el dragón olvidadizo. Entonces, se dio cuenta. El final del cuento dependía de él. Tomó una ramita del suelo y comenzó a escribir en la tierra.
Escribió sobre cómo el dragón, después de recordar cómo volar, se convirtió en un guardián del valle, protegiéndolo con su sabiduría y su aliento mágico. Escribió sobre cómo Tomás regresó a su mundo, llevando consigo la experiencia de haber ayudado a un amigo. Escribió sobre cómo la amistad y la imaginación pueden superar cualquier obstáculo.
Cuando terminó de escribir su propio final, el sombrero volvió a aparecer. Se lo puso.
—Buen trabajo —dijo el búho (¡Un búho! Tomás no lo había visto antes, pero estaba seguro de que era el mismo que hablaba en su mente)—. Pero recuerda: los verdaderos misterios... ¡siempre vuelven!
Tomás se quitó el sombrero, y al instante regresó a la plaza. El sombrero verde desvaído con la pluma roja ya no estaba.
Desde ese día, cada vez que veía algo extraño, Tomás sonreía. Porque sabía que el sombrero podría aparecer de nuevo… en cualquier momento.
Fin.
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