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Gratis · elige una vozTomás era conocido en toda la Escuela Sol Brillante por una cosa: ¡las bromas! Le encantaba esconder los lápices de colores de Sofía, cambiarle el agua a la pecera de la clase por jugo de naranja (¡menos mal que los peces estaban a salvo en un cubo!), y atar los cordones de los zapatos de Carlos mientras este leía su libro de dinosaurios. A Tomás le parecía divertidísimo ver las caras de sorpresa y frustración de sus compañeros. Se reía a carcajadas, sin pensar mucho en cómo se sentían los demás.
Un lunes por la mañana, Tomás llegó a la escuela con una idea particularmente traviesa en mente. Había llenado su mochila con serpentinas de papel y pequeños silbatos que hacían un ruido agudo e irritante. Durante la clase de matemáticas, silenciosamente, comenzó a esparcir las serpentinas por el pupitre de Ana y a colocar los silbatos debajo de las sillas de Pedro y Luisa. Cuando la maestra, la Señorita Elena, se dio la vuelta para escribir un problema en la pizarra, Tomás activó los silbatos. ¡PIIIII! ¡PIIIII! El ruido inundó la clase. La Señorita Elena se sobresaltó, y los niños, confundidos, miraron a su alrededor.
Tomás, escondido detrás de su libro, se moría de la risa. Pero esta vez, las risas no fueron compartidas. Ana frunció el ceño al ver su pupitre cubierto de serpentinas. Pedro y Luisa se taparon los oídos, visiblemente molestos. Incluso Carlos, que generalmente era muy paciente, lo miró con desaprobación.
Después de la clase, los compañeros de Tomás se reunieron en el patio. Estaban cansados de las bromas de Tomás. Algunas eran inofensivas, sí, pero otras eran bastante molestas y los hacían sentir mal. “Tenemos que hacer algo,” dijo Ana, cruzando los brazos. “No podemos seguir soportando esto.”
Pedro asintió. “Pero, ¿qué podemos hacer? Tomás nunca escucha.”
Luisa, que era muy inteligente y observadora, tuvo una idea. “Ya sé. Le daremos una probada de su propia medicina. Le gastaremos una broma… pero una broma que le enseñe una lección.”
Así que, los compañeros de Tomás planearon cuidadosamente su venganza. Sabían que a Tomás le encantaba la tarta de chocolate que su abuela le preparaba cada semana. Entonces, decidieron cambiar la tarta de chocolate por una tarta que se viera igual, ¡pero hecha de puré de patatas y colorante de chocolate! Con la ayuda de la madre de Luisa, que era pastelera, la tarta falsa quedó perfecta. Era idéntica a la tarta de chocolate de la abuela de Tomás.
El viernes, cuando Tomás llegó a la escuela, vio una caja grande sobre su pupitre. Tenía una nota pegada que decía: “De parte de tus amigos.” Tomás, extrañado pero emocionado, abrió la caja. ¡Allí estaba! Una tarta de chocolate deliciosa, con un glaseado brillante y virutas de colores. “¡Qué bien!” pensó Tomás. “Quizás mis compañeros finalmente se han dado cuenta de que soy divertido.”
Tomás esperó ansiosamente la hora del almuerzo. Cuando finalmente sonó la campana, corrió al patio con la tarta. Sus compañeros lo estaban esperando, observándolo con una mezcla de nerviosismo y anticipación. Tomás sacó un gran trozo de tarta y se lo metió en la boca. Al principio, saboreó el dulzor del glaseado. Pero luego… ¡PUAJ! Un sabor salado y extraño invadió su boca. ¡No era chocolate! Era puré de patatas.
Tomás hizo una mueca de asco y escupió el trozo de tarta. Miró a sus compañeros, que ahora estaban conteniendo la risa. Ana fue la primera en hablar. “Lo siento, Tomás,” dijo, con una sonrisa traviesa. “Pero queríamos que supieras cómo se siente ser el blanco de una broma.”
Pedro añadió: “Algunas de tus bromas son divertidas, pero otras nos hacen sentir mal. Queríamos que lo entendieras.”
Tomás se quedó en silencio por un momento, procesando lo que había sucedido. Al principio, sintió un poco de rabia y humillación. Pero luego, al ver las caras serias de sus amigos, se dio cuenta de que tenían razón. Sus bromas a veces eran demasiado pesadas.
Respiró hondo y dijo: “Lo entiendo. Creo que… creo que me lo merecía. Lo siento por haberlos molestado tanto. Prometo que intentaré ser más considerado.”
Sus compañeros sonrieron aliviados. Sabían que Tomás era un buen chico en el fondo, y que solo necesitaba aprender una lección. Decidieron compartir el resto de la tarta de puré de patatas con él, y aunque no sabía a chocolate, se rieron juntos de la divertida broma.
Desde ese día, Tomás siguió siendo un niño juguetón, pero aprendió a pensar antes de actuar. Ya no gastaba bromas que pudieran herir los sentimientos de los demás. En cambio, buscaba formas de hacer reír a sus amigos sin hacerlos sentir mal. Y, de vez en cuando, incluso compartía una porción de tarta de chocolate de verdad con ellos, ¡para demostrar que realmente había cambiado!
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