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Ulises tenía cuatro años y un disfraz reluciente. ¡Hoy era el día! ¡La fiesta de disfraces! Se había vestido de Capitán Estelar, su superhéroe favorito. Su capa azul ondeaba al viento (o, bueno, al viento del ventilador del techo), y su máscara plateada brillaba más que la luna. Estaba listo para salvar el universo… o al menos, para comer muchos caramelos y bailar con sus amigos.
Pero… ¿dónde estaban sus papás? Ulises miró a su alrededor. La casa estaba silenciosa. Demasiado silenciosa. Normalmente, a esta hora, su mamá estaría cantando en la cocina mientras preparaba el almuerzo, y su papá estaría leyendo el periódico en el sillón, con el gato, Pelusa, acurrucado en su regazo.
“¿Mamá? ¿Papá?”, llamó Ulises, con su voz de superhéroe. No hubo respuesta. ¡Oh, no! ¿Acaso los villanos los habían raptado? El Capitán Estelar debía actuar rápido.
Ulises salió de la casa, decidido a encontrar a sus padres. En la calle, el sol brillaba con fuerza. Vio a la vecina, Doña Rosa, regando sus flores. “¡Doña Rosa! ¿Ha visto a mis papás? ¡Los villanos los han raptado!”, exclamó Ulises, con la voz llena de preocupación.
Doña Rosa sonrió. “Hola, Ulises. ¡Qué guapo estás de Capitán Estelar! Tus papás fueron al supermercado. Dijeron que volverían pronto.”
¡El supermercado! ¡Ese era el escondite perfecto para los villanos! Ulises se despidió de Doña Rosa y corrió hacia el supermercado, con su capa ondeando tras él. Era una misión de rescate.
Al llegar al supermercado, Ulises se sintió un poco abrumado. ¡Era enorme! Había pasillos llenos de colores, luces brillantes y gente por todas partes. Pero el Capitán Estelar no se rendiría. Tenía que encontrar a sus padres.
Empezó a buscar en el pasillo de las frutas y verduras. Vio montañas de manzanas rojas, plátanos amarillos y naranjas jugosas. Pero ni rastro de sus papás. Preguntó a una señora que estaba comprando lechugas: “Disculpe, señora, ¿ha visto a dos personas que parecen un poco preocupadas? ¡Puede que los villanos los hayan disfrazado!”.
La señora sonrió y le dijo: “No, cariño, no he visto a nadie así. Pero qué bonito disfraz llevas”.
Ulises siguió buscando. Entró en el pasillo de los cereales, donde cajas de colores se apilaban hasta el techo. Vio al señor del carrito, que siempre le regalaba una galleta cuando iba con sus papás. “¡Señor del carrito! ¿Ha visto a mis papás? ¡Están en peligro!”, le dijo Ulises.
El señor del carrito se rio. “Ulises, ¡mira quién está aquí! Tus papás están en la sección de lácteos, buscando queso.”
¡Lácteos! Ulises corrió hacia allá. Y allí estaban. Su mamá estaba mirando las diferentes marcas de queso, y su papá estaba leyendo la etiqueta de un yogur. No parecían estar raptados ni disfrazados. Solo parecían… aburridos.
“¡Mamá! ¡Papá!”, gritó Ulises, lanzándose a abrazarlos. “¡Pensé que los villanos los habían raptado! ¡Hoy es la fiesta de disfraces y pensé que me habían dejado solo!”.
Su mamá lo abrazó fuerte. “Ay, mi Capitán Estelar, lo sentimos mucho. Pensamos que estabas jugando en tu habitación. Se nos olvidó decirte que íbamos al supermercado.”
Su papá le sonrió. “Pero mira, Ulises, ¡hemos comprado tus caramelos favoritos para la fiesta!” Le mostró una bolsa llena de caramelos de colores.
Ulises se sintió aliviado. Los villanos no se habían llevado a sus papás. Solo se habían ido a comprar queso. Pero esperen... ¿y la fiesta?
“¡La fiesta!”, exclamó Ulises. “¡Ya vamos tarde!”
Sus papás se dieron cuenta de su error. Rápidamente pagaron las compras y salieron corriendo del supermercado. Subieron al coche y condujeron a toda velocidad (dentro de los límites de velocidad, por supuesto) hacia la fiesta de disfraces.
Al llegar, Ulises estaba un poco nervioso. ¿Se habría perdido toda la diversión? Pero al entrar en el salón de fiestas, vio a todos sus amigos disfrazados. Había princesas, piratas, animales y hasta otro Capitán Estelar.
Ulises se unió a la fiesta y se lo pasó en grande. Bailó, jugó, comió caramelos y se rió con sus amigos. Y sus papás estuvieron allí, vigilándolo y asegurándose de que se divirtiera.
Al final de la fiesta, Ulises estaba cansado pero feliz. Había salvado a sus papás (de la aburrida sección de lácteos) y había tenido la mejor fiesta de disfraces de su vida. Y aunque los villanos no habían aparecido, Ulises sabía que, como Capitán Estelar, siempre estaría listo para proteger a su familia y a sus amigos.
De camino a casa, Ulises se quedó dormido en el coche, con su máscara de Capitán Estelar todavía puesta. Soñó con aventuras espaciales, batallas contra villanos y, por supuesto, muchos, muchos caramelos.
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