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Las sesiones continuaron. Cada encuentro se tornaba más difícil para el hombre, y por ende, para Abigail. Sus descripciones se volvían cada vez más vívidas y terroríficas, como si estuviera pintando cuadros con palabras oscuras. Un día, mientras derramaba sus miedos como si fueran agua sucia, lanzó una advertencia inquietante que resonó en el consultorio como el tañido de una campana rota.
—Doctora Foster, ellos vienen... no puedo dejarlos entrar... ¡No deben!
Ese día, Abigail sintió que algo dentro de ella se quebraba. No podía ignorar más la creciente oscuridad que envolvía a su paciente. Decidió contactar a un colega, John Galagan, un psicólogo con años de experiencia en casos relacionados con traumas psicológicos severos y extrañas fobias. John era un hombre de ciencia, pero también poseía una mente abierta a lo inexplicable. Abigail confiaba en su juicio y necesitaba desesperadamente una segunda opinión.
Lo que empezó como un intercambio académico, una discusión sobre los posibles orígenes de las pesadillas del paciente, pronto se transformó en una búsqueda frenética y, al principio, infructuosa, hacia la verdad. John, escéptico pero intrigado, comenzó a investigar por su cuenta. Buscó patrones, conexiones, cualquier cosa que pudiera explicar las visiones del hombre. Las desapariciones y muertes inexplicables en distintas partes del mundo comenzaron a aparecer en sus investigaciones, todas conectadas por un mismo hilo invisible: símbolos extraños, susurros sobre seres antiguos, y la recurrente mención de un nombre: Mig thura.
Tras otra sesión especialmente perturbadora, el paciente desapareció sin dejar rastro. Su apartamento estaba vacío, como si nunca hubiera existido. La policía no encontró ninguna pista, ningún indicio de su paradero. Mientras tanto, Abigail comenzó a experimentar episodios de pánico, alucinaciones que la llevaban a vislumbrar su propia vida en fragmentos distorsionados por sombras susurrantes. Veía rostros desfigurados en los espejos, escuchaba voces que la llamaban por su nombre en la oscuridad. Fue en una de esas noches, después de recibir una llamada extraña de su paciente hablando en un lenguaje incomprensible, una lengua gutural y arcaica, que su cordura comenzó a tambalearse. La llamada terminó abruptamente con un grito ahogado.
La figura de su paciente comenzó a manifestarse en sus alucinaciones, flotando en la penumbra, riéndose de su impotencia. Sus ojos brillaban con una luz enfermiza, y su boca se abría en una sonrisa grotesca. John, al darse cuenta de la gravedad del caso y del deterioro mental de Abigail, decidió sumergirse junto a ella en la oscuridad de aquello que los acechaba. Ya no era solo una cuestión profesional; sentía una responsabilidad hacia Abigail, una mujer a la que admiraba y respetaba. Juntos, como dos exploradores adentrándose en un territorio inexplorado y peligroso, descubrieron el culto de Mig thura, una secta ansiosa por abrir puertas a dimensiones desconocidas, por invocar a seres ancestrales que dormían en las profundidades del universo.
El culto creía que Abigail era la llave, la elegida para traer a Mig thura a nuestro mundo. Su conexión con el paciente la había marcado, la había convertido en un conducto para la oscuridad.
La intensidad de los eventos se disparó cuando la doctora fue secuestrada. Una noche, mientras regresaba a casa, fue interceptada por figuras encapuchadas que la arrastraron a una camioneta negra. La última imagen que vio de John fue su rostro, deformado en un gesto de horror, iluminado por los faros del coche, justo antes de sucumbir a la locura y ser golpeado por la camioneta. Abigail despertó en un lugar desconocido, un templo antiguo y cavernoso, iluminado por antorchas que proyectaban sombras danzantes y amenazantes. Se encontró en un ritual macabro, levitando sobre un lago de aguas negras y viscosas, mientras criaturas grotescas con escamas y tentáculos nadaban bajo la superficie, esperando el momento oportuno para atacar. El aire estaba cargado de un olor nauseabundo, una mezcla de azufre y sangre podrida.
Los detectives asignados al caso, liderados por un obstinado pero confundido John, quien milagrosamente sobrevivió al atropello, intentaron rastrearla, pero pronto se encontraron atrapados en un mundo donde las leyes de la física eran meros conceptos, donde la realidad se distorsionaba y se convertía en una pesadilla viviente. Un sol de luz verde y pútrida iluminaba un paisaje repulsivo, lleno de ruinas ciclópeas y árboles retorcidos. A cada paso se sentían más cercanos al abismo, a la locura total. La locura se apoderó de ellos, revelando la conexión de uno de los agentes con el culto, un traidor infiltrado en la fuerza policial.
—Todo estaba escrito —susurró el alto sacerdote, una figura imponente y enmascarada, con una voz que parecía provenir de las entrañas de la tierra, mientras la criatura emergía lentamente de las aguas, su forma amorfa y tentacular repleta de bocas que emitían cánticos celestiales en una lengua incomprensible—. Tú serás la madre que dará vida. Tú serás el portal.
Lo último que la doctora pudo escuchar fue la risa estridente y burlona de su antiguo paciente, ahora transformado en un monstruo horripilante, una abominación de carne y sombras, poco antes de perder el conocimiento.
Regresó al instante de su primer encuentro, el mismo día, en el automóvil, sintiendo el dolor punzante de su cabeza y el extraño sangrado de nariz. Al bajar, la visión era la misma… y todos estaban allí. Linda, su secretaria, John, sus padres… Todos la miraban con una sonrisa extraña y antinatural.
Los rostros familiares la rodearon, sonriendo y felicitándola por su embarazo. El aire era espeso con una sensación de déjà vu, como si estuviera atrapada en un bucle temporal. Hasta que un murmullo familiar rompió el silencio, un susurro que heló su sangre.
—Mig thura...
Abigail sintió un escalofrío recorrer su columna vertebral. En ese momento, todo cobró sentido, como un rompecabezas que se completaba en su mente. La realidad se deshacía, una capa tras otra, revelando lo inimaginable: ella siempre había sido parte del plan, el receptáculo, la madre. No había escapatoria.
Y así, con una sonrisa en sus labios que no podía comprender, una sonrisa que no era suya, se perdió en la delirante oscuridad de su destino.
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