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Gratis · elegí una vozMateo era un niño curioso, con ojos brillantes como canicas y una sonrisa que iluminaba toda la habitación. Pero había algo que a Mateo le costaba un poco: ¡contar! Sabía decir los números, pero a veces se confundía y saltaba alguno, o los decía en un orden al revés.
Un día soleado, la abuela Elena, con su cabello blanco recogido en un moño y sus gafas en la punta de la nariz, le dijo: "Mateo, hoy vamos a aprender a contar de una manera divertida. ¡Vamos al jardín!"
Mateo saltó de alegría. Le encantaba el jardín de la abuela Elena, un lugar lleno de flores de todos los colores, mariposas danzantes y pequeños secretos escondidos entre las hojas.
"Mira, Mateo," dijo la abuela Elena, señalando un grupo de mariquitas rojas sobre una hoja verde. "¿Cuántas mariquitas ves?"
Mateo se acercó con cuidado. "¡Umm... uno, dos, tres... cuatro! ¡Cuatro mariquitas!" exclamó, sintiéndose orgulloso.
"¡Muy bien, Mateo!" La abuela Elena sonrió. "Ahora, vamos a buscar caracoles. Cada caracol cuenta como uno."
Empezaron a buscar entre las hojas de lechuga. Encontraron uno, luego otro, y otro más. Mateo los contó en voz alta, con los dedos: "Uno, dos, tres... ¡Tres caracoles!"
De repente, un gato naranja, llamado Naranja, apareció de entre los arbustos. Naranja era el gato de la abuela Elena, y le encantaba jugar con Mateo. Naranja se frotó contra las piernas de Mateo, ronroneando suavemente.
"Naranja también quiere jugar a contar," dijo la abuela Elena, riendo. "Pero a Naranja le gusta contar flores. ¡Vamos a ver cuántas margaritas hay!"
Las margaritas eran blancas y amarillas, y crecían en un rincón soleado del jardín. Mateo se arrodilló y empezó a contarlas. "Uno, dos, tres, cuatro, cinco... ¡Seis! ¡Seis margaritas!"
Naranja maulló, como si estuviera de acuerdo con el conteo de Mateo. Luego, el gato salió corriendo detrás de una mariposa azul.
"Ahora, Mateo," dijo la abuela Elena, "vamos a contar las manzanas en el árbol." El árbol de manzanas era grande y frondoso, y estaba lleno de manzanas rojas y brillantes.
Mateo miró hacia arriba. "¡Oh, abuela, hay muchas manzanas!" exclamó.
"Sí, pero podemos contarlas poco a poco. Mira, aquí abajo hay algunas que han caído." La abuela Elena señaló un grupo de manzanas en el suelo.
Mateo las contó con cuidado: "Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho... ¡Ocho manzanas!"
La abuela Elena aplaudió. "¡Estás contando muy bien, Mateo! Ahora, vamos a recogerlas y haremos un pastel de manzana."
Mientras recogían las manzanas, Mateo siguió contando. Contaba las hojas que caían de los árboles, las piedras en el camino, incluso las hormigas que caminaban en fila. Cada cosa que veía era una oportunidad para practicar.
Después de recoger las manzanas, entraron a la casa y la abuela Elena comenzó a preparar el pastel. Mateo la ayudó a lavar las manzanas y a mezclarlas con la harina y el azúcar.
"¿Cuántas manzanas pusiste en el pastel, Mateo?" preguntó la abuela Elena.
Mateo contó las manzanas que quedaban en el plato: "Uno, dos, tres, cuatro, cinco... ¡Cinco manzanas!"
La abuela Elena sonrió. "¡Perfecto! Ahora, mientras el pastel se hornea, vamos a jugar un juego de contar."
Jugaron a un juego en el que la abuela Elena escondía objetos pequeños por toda la casa, y Mateo tenía que encontrarlos y contarlos. Encontró tres botones, dos lápices de colores y un pequeño coche de juguete.
Cuando el pastel estuvo listo, olía delicioso. La abuela Elena lo sacó del horno y lo cortó en trozos. Mateo comió un trozo con mucho gusto.
"Gracias, abuela," dijo Mateo, con la boca llena. "Hoy he aprendido mucho a contar. ¡Me encanta contar!"
La abuela Elena le acarició el pelo. "Sabía que lo harías, Mateo. Solo necesitabas un poco de práctica y un poco de diversión."
Desde ese día, Mateo siguió practicando contar todos los días. Contaba sus juguetes, los escalones de su casa, los pájaros en el cielo. Contar se había convertido en una aventura, y Mateo era el mejor contador del mundo, o al menos, ¡el mejor contador de su jardín!
Y Naranja, el gato naranja, siempre estaba ahí para ayudarlo, maullando feliz cada vez que Mateo contaba correctamente.
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