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Gratis · elige una vozEl sol brillaba con fuerza mientras caminaba de la mano de mi mamá hacia el supermercado. ¡Era un día perfecto para comprar helado! Mamá prometió que si me portaba bien, me compraría mi sabor favorito: fresa con chispas de chocolate. Iba saltando de alegría, imaginando el delicioso helado derretirse en mi lengua.
De repente, ¡miren quiénes están allí! Era Rodrigo y Mario, dos de mis mejores amigos. Estaban entrando al supermercado al mismo tiempo que nosotros. "¡Rodrigo! ¡Mario!" grité, agitando mi mano. Ellos me vieron y me saludaron con una sonrisa enorme. "¡Hola! ¿Qué hacen por aquí?", preguntó Rodrigo.
"Vamos a comprar helado", respondí, mirando a mi mamá con ojos brillantes. "¿Quieren venir con nosotros? Luego podemos ir al parque a jugar".
Rodrigo y Mario se miraron entre ellos, emocionados. "¡Sí!", dijeron al unísono. Así que entramos juntos al supermercado. Mamá compró el helado y algunas galletas para compartir. ¡Qué suerte tener amigos y helado el mismo día!
Salimos del supermercado y nos dirigimos al parque. El parque estaba lleno de niños jugando, pájaros cantando y flores de colores. Corrimos hacia nuestros columpios favoritos y empezamos a balancearnos lo más alto que pudimos. ¡Sentía que volaba!
Después de un rato en los columpios, decidimos jugar a las carreras. "¡A la cuenta de tres!", gritó Mario. "Uno, dos, tres… ¡Ya!" Y salimos corriendo por el césped verde. Rodrigo era muy rápido, ¡siempre ganaba! Pero no me importaba, lo importante era divertirnos.
Luego, se nos ocurrió una idea aún mejor: ¡empujarnos en el césped! Empezamos a empujarnos suavemente, riendo a carcajadas cada vez que alguien perdía el equilibrio. Era muy divertido, pero también un poco peligroso. Mamá nos había advertido que tuviéramos cuidado de no caernos.
Yo estaba empujando a Rodrigo cuando, de repente, sentí que mis pies se resbalaban. Intenté agarrarme de algo, pero no pude. "¡Ahhhhh!", grité mientras caía al suelo. ¡Sentí un dolor agudo en mi brazo!
Rodrigo y Mario se acercaron corriendo, muy preocupados. "¿Estás bien?", preguntó Mario. Yo intenté levantarme, pero mi brazo dolía demasiado. Empecé a llorar. "¡Me duele mucho!", dije entre lágrimas.
Mi mamá corrió hacia mí al escuchar mi grito. Me abrazó fuerte y me preguntó qué había pasado. Le conté todo sobre la resbalada y el dolor en mi brazo. Ella me revisó cuidadosamente y dijo que debíamos ir al hospital para que un doctor lo revisara.
"¡Al hospital!", exclamé, con los ojos llenos de lágrimas. No me gustaba ir al hospital. Olía a medicina y siempre había gente enferma.
Mamá me tomó de la mano y me dijo que no me preocupara, que todo iba a estar bien. Rodrigo y Mario se ofrecieron a acompañarnos. Fuimos caminando lentamente hacia el coche, con mi brazo doliendo a cada paso.
En el hospital, esperamos un largo rato hasta que nos llamaron. Un doctor muy amable me examinó el brazo y me dijo que me lo había roto. ¡Roto! ¡Mi brazo estaba roto! Me pusieron un yeso blanco y me dijeron que tenía que usarlo durante seis semanas. ¡Seis semanas sin poder jugar como antes!
Estaba muy triste. No podría columpiarme, ni correr, ni dibujar como antes. Pero mamá me abrazó y me dijo que lo importante era que me recuperara pronto. Y Rodrigo y Mario prometieron visitarme todos los días y jugar conmigo a juegos de mesa y leerme cuentos.
Cuando regresamos a casa, me senté en el sofá con mi brazo enyesado. Mamá me trajo un vaso de leche tibia y una galleta. Rodrigo y Mario se sentaron a mi lado y empezamos a jugar a las cartas. Aunque no podía moverme mucho, me sentía feliz de tener a mis amigos conmigo.
Aprendí una lección importante ese día: es divertido jugar y correr, pero siempre hay que tener cuidado. Y lo más importante de todo es tener amigos que te apoyen y te hagan sentir mejor, incluso cuando te rompes un brazo. Y, por supuesto, ¡el helado de fresa con chispas de chocolate sabe aún mejor después de un día difícil! Después de todo, Rodrigo y Mario me compartieron su helado ese día. Y mi mamá me prometió que cuando me quitara el yeso, me compraría el helado más grande que pudiera comer, ¡con muchas chispas de chocolate!
Al final, resultó que el día de la resbalada no fue tan malo después de todo. Tuve un pequeño accidente, pero también aprendí mucho y pasé un tiempo maravilloso con mis amigos. Y, además, ¡tengo una gran historia que contar! Y un yeso lleno de dibujos y mensajes de mis amigos.
Así que, la próxima vez que vayas al parque, ¡recuerda tener cuidado! Y no olvides invitar a tus amigos a jugar contigo. ¡Pero ten cuidado con las resbaladas!
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