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En lo más alto de los Andes, donde el cielo parece estar al alcance de la mano y el aire es fresco y puro, vivía una pequeña vizcacha llamada Vico. Vico era un animalito de pelaje gris suave, una cola larga que siempre llevaba enroscada y unos bigotes muy inquietos. A diferencia de las otras vizcachas que preferían tomar sol sobre las rocas calientes durante horas, Vico siempre estaba en movimiento. Sus patas traseras eran como resortes listos para dispararse en cualquier dirección.
Desde su madriguera en el roquedal, Vico tenía una vista privilegiada de la laguna azul. Pero lo que más le llamaba la atención no era el agua cristalina, sino las totoras. Esas plantas altas, verdes y flexibles que crecían en la orilla parecían susurrarle con el viento. Vico sabía, por las historias de los abuelos, que la base de la totora era el manjar más dulce y tierno de toda la región. Sin embargo, llegar hasta ellas no era fácil. Entre las rocas secas y la orilla de la laguna había un tramo de piedras resbaladizas y pequeñas pozas de lodo que requerían una gran precisión.
—¡Hoy es el día! —exclamó Vico una mañana, ajustándose su bufanda de lana de colores—. Hoy cruzaré el paso de las piedras y me daré un banquete de totora.
Sin pensarlo dos veces, Vico corrió hacia el borde del barranco y saltó. ¡Boing! Su primer salto fue potente, pero aterrizó justo en una piedra cubierta de musgo húmedo. Sus patas resbalaron y, ¡plas!, terminó sentado en un charco de lodo frío. Frustrado, regresó a la orilla, se sacudió el barro y lo intentó de nuevo. Esta vez saltó antes de que la ráfaga de viento cesara, y el aire lo empujó lateralmente, haciéndole perder el equilibrio. Cayó de nuevo, esta vez sobre su propia cola.

Cerca de allí, sentado con la calma de una montaña, estaba el Abuelo Simón. Era una vizcacha anciana, de pelaje casi blanco y ojos que transmitían una paz infinita. El Abuelo Simón observaba los intentos desesperados de Vico mientras masticaba lentamente una brizna de pasto seco.
—Vico, pequeño —dijo el Abuelo Simón con voz pausada—. La totora no se mueve, ella te esperará. El que tiene prisa es tu corazón, y el corazón agitado no ve el camino.
—¡Pero Abuelo! —protestó Vico, limpiándose el lodo de la nariz—. Si no salto rápido, siento que nunca llegaré. Mis patas quieren volar, pero el suelo me traiciona.
El Abuelo Simón le hizo una señal para que se sentara a su lado. —Mira la laguna, Vico. Observa cómo el agua sube y baja con el ritmo del viento. Mira las piedras; algunas brillan porque tienen agua, esas son las que te harán caer. Otras están opacas porque el sol las ha secado. Para llegar a la totora, no necesitas más fuerza, necesitas más tiempo.

Vico, aunque impaciente, decidió escuchar. Durante toda la tarde, bajo la guía del Abuelo, no dio ni un solo salto. Se dedicó a observar. Aprendió que cada diez minutos, el sol pegaba con fuerza en una roca central, secándola por completo. Notó que el viento soplaba fuerte y luego descansaba, dejando la laguna en calma total por unos instantes.
Al día siguiente, Vico regresó al borde. Esta vez no corrió. Respiró profundo y sintió el aroma de la tierra. Esperó a que el viento se calmara. Observó la roca central y esperó a que el brillo del agua desapareciera bajo el calor del sol. Sus amigos, otras vizcachas jóvenes, le gritaban desde lejos: "¡Salta ya, Vico! ¡Qué miedoso eres!". Pero Vico no se movió. Mantuvo sus ojos fijos en el objetivo, esperando el momento exacto en que la naturaleza le diera permiso.
De repente, el viento se detuvo. La roca central se vio gris y seca. Vico flexionó sus patas con calma, calculó la distancia y saltó. Fue un vuelo elegante y preciso. Aterrizó con suavidad en la primera piedra, luego en la segunda, y finalmente, con un último impulso, llegó a la orilla mullida donde crecían las totoras. El aroma era maravilloso. Arrancó un tallo tierno y sintió el sabor dulce que tanto había soñado. No solo era el sabor de la comida, era el sabor del éxito que viene tras la espera.
Desde la distancia, el Abuelo Simón asintió con una sonrisa. Vico no solo había llegado a la totora; había aprendido la lección más valiosa de los Andes.
La paciencia es el puente más firme hacia lo que deseamos.
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