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Gratis · elegí una vozEn un campo vasto y soleado, donde las margaritas bailaban con la brisa y los grillos cantaban sin cesar, vivía un zorro llamado Fernando. Fernando era un zorro astuto y rápido, pero últimamente, tenía un problema enorme: ¡hambre! El campo, que antes rebosaba de jugosas liebres, parecía haberse vaciado de repente.
Cada mañana, Fernando se despertaba con el estómago rugiendo como un volcán en erupción. Se estiraba, bostezaba y salía de su madriguera con la esperanza de encontrar una liebre desprevenida. Pero nada. Solo hierba alta, mariposas revoloteando y el eco de su propio gruñido hambriento.
"¡Qué raro!" pensaba Fernando, rascándose la cabeza con una pata. "¿Dónde se habrán metido todas las liebres? ¿Se habrán ido de vacaciones a la playa? ¿O quizás están jugando al escondite y son expertas en camuflaje?"
Un día, mientras caminaba por el campo, Fernando se encontró con una pequeña oruga verde que se arrastraba lentamente por una hoja. "Hola, oruga," saludó Fernando. "¿Has visto alguna liebre por aquí? Tengo mucha hambre."
La oruga, sorprendida por la repentina aparición del zorro, se detuvo y lo miró con sus grandes ojos redondos. "Liebres?" dijo la oruga con voz temblorosa. "Dicen que se han ido al campo vecino. Cuentan que allí la hierba es más verde y las zanahorias son más dulces."
Fernando frunció el ceño. "¿Al campo vecino? ¡Pero eso está muy lejos!" Sin embargo, el rugido de su estómago era más fuerte que cualquier objeción. "Bueno," dijo Fernando con determinación, "si las liebres se han ido al campo vecino, ¡yo también iré!"
Así que Fernando emprendió su viaje al campo vecino. Caminó y caminó, cruzando arroyos y saltando sobre rocas. El sol brillaba con fuerza y Fernando empezaba a sentirse cansado y desanimado. "Quizás la oruga se equivocó," pensó Fernando con tristeza. "Quizás no haya liebres en el campo vecino."
De repente, Fernando vio algo que le hizo detenerse en seco. En medio de un claro, ¡allí estaban! Un grupo de liebres, retozando y jugando despreocupadamente. Fernando no podía creer lo que veía. ¡El campo vecino estaba lleno de liebres!
Fernando se escondió detrás de un arbusto y observó a las liebres con atención. Eran más grandes y gordas que las liebres del campo anterior. Fernando sintió que la saliva se le hacía agua en la boca. "Este es mi día de suerte," pensó Fernando con entusiasmo. "Hoy voy a comer como un rey."
Fernando planeó cuidadosamente su ataque. Se acercó sigilosamente a las liebres, escondiéndose detrás de los árboles y aprovechando cada sombra. Cuando estuvo lo suficientemente cerca, saltó del arbusto con un rugido.
Las liebres, sorprendidas por la repentina aparición del zorro, chillaron de miedo y corrieron en todas direcciones. Fernando corrió tras ellas, intentando atrapar a la más lenta. Pero las liebres eran rápidas y ágiles, y Fernando no lograba alcanzarlas.
Después de un rato de persecución infructuosa, Fernando se detuvo, jadeando y agotado. Las liebres habían desaparecido, escondiéndose en sus madrigueras. Fernando se sentó en el suelo, sintiéndose frustrado y decepcionado.
"¡Esto es imposible!" exclamó Fernando. "Estas liebres son demasiado rápidas para mí. Nunca voy a poder atraparlas."
Fernando se sintió tan desanimado que estuvo a punto de rendirse y volver a su campo vacío. Pero entonces, recordó el rugido de su estómago. Recordó el hambre que sentía. Y se dio cuenta de que no podía rendirse. Tenía que encontrar una manera de atrapar a esas liebres.
Fernando pensó y pensó. Finalmente, tuvo una idea. "Ya sé," dijo Fernando con una sonrisa astuta. "En lugar de intentar atraparlas corriendo, voy a usar mi ingenio."
Fernando se escondió detrás de un gran árbol y esperó pacientemente. Sabía que las liebres tarde o temprano saldrían de sus madrigueras para buscar comida. Y cuando lo hicieran, él estaría listo.
Después de un rato, Fernando vio que una liebre salía tímidamente de su madriguera y empezaba a mordisquear la hierba. Fernando esperó a que la liebre se alejara un poco de su madriguera, y entonces, salió corriendo del árbol y saltó sobre ella.
Esta vez, Fernando tuvo éxito. La liebre no tuvo tiempo de reaccionar y Fernando la atrapó con sus afilados dientes. Fernando se sintió aliviado y feliz. Finalmente, iba a poder comer.
Fernando se comió la liebre con deleite, saboreando cada bocado. Después de terminar, se sintió lleno y satisfecho. "Eso fue delicioso," dijo Fernando con una sonrisa. "Creo que me quedaré a vivir en este campo. Aquí hay comida de sobra."
Así que Fernando se quedó a vivir en el campo vecino, donde siempre había liebres para comer. Aprendió a cazar con astucia e ingenio, y nunca más volvió a pasar hambre. Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.
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