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Sofía era una niña de cuarto grado a la que le encantaba dibujar. Pero últimamente, sus dibujos eran todos grises. No es que no supiera usar los colores, ¡tenía una caja de crayones arcoíris! El problema era que Sofía se sentía… confusa. Sus emociones eran como un ovillo de lana enredado, y no sabía cómo desenredarlas.
Un día, mientras dibujaba un elefante gris muy triste, su abuela Elena, una mujer con el pelo blanco como la nieve y una sonrisa que iluminaba toda la habitación, se sentó a su lado.
"¿Qué dibujas, mi Sofía?", preguntó la abuela Elena con su voz suave como el terciopelo.
"Un elefante triste", respondió Sofía, suspirando. "Últimamente, todo me parece gris".
La abuela Elena sonrió y sacó de su bolso una pequeña caja de madera. La abrió y dentro había siete piedritas de colores: roja, naranja, amarilla, verde, azul, índigo y violeta.
"Estas son mis piedras de las emociones", dijo la abuela Elena. "Cada color representa un sentimiento diferente. El rojo es para la rabia, cuando sientes que quieres rugir como un león. El naranja es para la alegría, cuando sientes mariposas en el estómago. El amarillo es para el miedo, cuando sientes que un fantasma te persigue. El verde es para la calma, cuando te sientes como un árbol mecido por el viento. El azul es para la tristeza, cuando sientes que una nube gris te cubre. El índigo es para la sorpresa, cuando algo inesperado te deja boquiabierta. Y el violeta es para el amor, cuando sientes el corazón llenito de cariño".
Sofía miró las piedras con curiosidad. Nunca había pensado en las emociones como colores.
"Cierra los ojos", le dijo la abuela Elena. "Piensa en cómo te sientes ahora mismo y elige la piedra que mejor lo represente".
Sofía cerró los ojos. Pensó en la tarea que no entendía, en el compañero que la había molestado en el recreo, en la película triste que había visto la noche anterior. Al abrir los ojos, extendió la mano y eligió la piedra azul.
"Tristeza", dijo la abuela Elena. "Está bien sentirse triste, Sofía. Todos nos sentimos tristes a veces. ¿Qué te hace sentir triste?"
Sofía le contó a su abuela sobre la tarea difícil, el compañero molesto y la película triste. La abuela Elena la escuchó con atención, sin interrumpir.
"A veces, hablar de lo que sentimos ayuda a que la tristeza se haga más pequeña", dijo la abuela Elena. "También puedes dibujar tus sentimientos. ¿Por qué no dibujas la tristeza?"
Sofía tomó un crayón azul y empezó a dibujar. Dibujó una nube gris, sí, pero también dibujó un sol que intentaba asomarse entre las nubes. Mientras dibujaba, sintió que la tristeza se hacía un poco más ligera.
Al día siguiente, Sofía se sintió un poco mejor. Pero cuando llegó a la escuela, el compañero que la había molestado en el recreo volvió a hacerlo. Esta vez, Sofía sintió que la rabia la invadía. Recordó las piedras de las emociones y pensó en el color rojo. Sintió ganas de gritar, pero en lugar de eso, respiró hondo y cerró los ojos. Imaginó un volcán en erupción, pero también imaginó la lava enfriándose lentamente.
Cuando abrió los ojos, la rabia aún estaba allí, pero era menos intensa. Decidió hablar con su maestra sobre el compañero molesto. Su maestra la escuchó y la ayudó a resolver el problema.
Durante las siguientes semanas, Sofía siguió usando las piedras de las emociones para identificar y comprender sus sentimientos. Descubrió que a veces se sentía una mezcla de emociones: alegría y miedo antes de un examen, amor y tristeza cuando se despedía de su abuela.
También aprendió que no hay emociones buenas o malas, sino que todas son importantes. La rabia puede ser una señal de que algo no está bien, la tristeza puede ayudarnos a valorar lo que tenemos, el miedo puede protegernos del peligro.
Un día, Sofía volvió a dibujar. Esta vez, no usó solo el color gris. Dibujó un arcoíris de emociones: un sol naranja brillante, un árbol verde tranquilo, una flor violeta llena de amor, una gota azul de tristeza que se convertía en lluvia que alimentaba las plantas.
Sofía se dio cuenta de que sus emociones no eran un ovillo enredado, sino un arcoíris vibrante. Y que podía usar ese arcoíris para colorear su mundo.
Desde ese día, Sofía siguió dibujando y explorando sus emociones. Y aunque a veces se sentía triste, enojada o asustada, sabía que podía contar con sus piedras de las emociones y con el amor de su abuela Elena para encontrar su camino de vuelta al arcoíris.
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