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Gratis · elegí una vozMonstrocho era un monstruo peludo y amigable que vivía en un bosque lleno de árboles cantores y flores que brillaban en la noche. Lo que hacía a Monstrocho especial era su chalina mágica. Esta chalina no era una chalina cualquiera; ¡cambiaba de color según sus emociones! Cuando Monstrocho estaba feliz, la chalina se volvía amarilla como el sol. Si sentía rabia, se ponía roja como una cereza. Y cuando estaba triste, se teñía de un azul suave como el cielo después de la lluvia.
Una mañana, Monstrocho se despertó y notó algo extraño. Su chalina no era de un solo color, ¡era un revoltijo de colores! Había manchas amarillas, rojas y azules, todas mezcladas y revueltas. Monstrocho se sintió confundido. Su corazón era como la chalina, un lío de emociones. "¡Ay, no!", exclamó Monstrocho, "¿Qué me pasa hoy?".
Luna, una pequeña luciérnaga que siempre acompañaba a Monstrocho, lo vio preocupado. "¿Qué te sucede, Monstrocho?", preguntó Luna, iluminando su rostro con su suave luz. Monstrocho le explicó sobre su chalina y cómo se sentía confundido. Luna, siempre sabia, propuso: "¡Debemos ir a ver al Oso Sabio! Él sabe cómo desenredar hasta los corazones más enredados".
Así que Monstrocho y Luna emprendieron el camino hacia la cueva del Oso Sabio. El Oso Sabio era un oso grande y bonachón, con una barba larga y blanca y ojos que brillaban con sabiduría. Cuando llegaron, el Oso Sabio los recibió con una sonrisa. "Hola, Monstrocho, Luna. Sé por qué están aquí. Tu chalina te delata, Monstrocho. Veo que tienes muchos sentimientos revueltos".
Monstrocho asintió con la cabeza. "No sé qué me pasa, Oso Sabio. Me siento feliz, enojado y triste al mismo tiempo". El Oso Sabio sonrió con comprensión. "Monstrocho, no hay nada malo en sentir muchas cosas a la vez. Lo importante es aprender a reconocer cada emoción y entender por qué la sientes".
El Oso Sabio le pidió a Monstrocho que cerrara los ojos y respirara profundamente. "Ahora, piensa en la alegría", dijo el Oso Sabio. Monstrocho cerró los ojos y pensó en jugar con Luna, en reír con sus amigos del bosque, en sentir el sol en su pelaje. Sintió una calidez en su pecho y vio el color amarillo en su mente. "La alegría se siente como el sol", dijo Monstrocho, "¡Es cálida y brillante!".
"Muy bien", dijo el Oso Sabio. "Ahora, piensa en la rabia". Monstrocho respiró hondo y pensó en cuando alguien le quitaba sus bayas favoritas, en cuando un árbol le impedía ver la luna. Sintió una fuerza en su interior, un calor que quería salir. Vio el color rojo en su mente. "La rabia se siente como una fuerza", dijo Monstrocho, "¡Como un volcán listo para explotar! Pero también me da energía".
"Eso es cierto", dijo el Oso Sabio. "La rabia puede ser una fuerza que te impulsa a proteger lo que quieres, pero debes aprender a controlarla".
"Ahora, piensa en la tristeza", continuó el Oso Sabio. Monstrocho cerró los ojos y pensó en cuando se perdía en el bosque, en cuando una flor se marchitaba, en cuando tenía que despedirse de sus amigos al final del día. Sintió un peso en su corazón, una suavidad que lo hacía querer llorar. Vio el color azul en su mente. "La tristeza se siente suave", dijo Monstrocho, "Como una nube gris que trae lluvia. Me hace querer abrazar a alguien".
El Oso Sabio asintió con la cabeza. "La tristeza te ayuda a valorar lo que tienes y a conectar con los demás".
Monstrocho abrió los ojos y miró su chalina. Aunque todavía tenía varios colores, ahora los veía de manera diferente. Entendió que cada color representaba una emoción, y que todas las emociones eran importantes. "¡Ya lo entiendo!", exclamó Monstrocho. "No hay emociones malas. Todas me ayudan a conocerme mejor".
La chalina de Monstrocho comenzó a separarse en franjas de colores más definidos. El amarillo representaba la alegría que sentía por entender sus emociones. El rojo representaba la fuerza que le daba la rabia para defenderse. Y el azul representaba la tristeza que le recordaba ser amable y compasivo.
Monstrocho abrazó al Oso Sabio y le dio las gracias. Luego, junto con Luna, regresó al bosque, sintiéndose mucho mejor. Ahora sabía que cuando su chalina se volviera un revoltijo de colores, no debía asustarse. Simplemente debía respirar, pensar en cada emoción por separado y recordar que todas eran parte de él.
Desde ese día, Monstrocho siguió usando su chalina mágica y aprendió a vivir con todas sus emociones, sabiendo que cada una de ellas lo hacía ser quien era: un monstruo peludo, amigable y ¡con un chaleco arcoíris increíble!
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