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Gratis · elegí una vozDaniela tenía un problema. No era un problema de matemáticas, ni de ortografía, ni siquiera un problema con su hermano pequeño, aunque a veces él era bastante problemático. El problema de Daniela era su enojo. Cuando se enojaba, sentía como si un pequeño dragón se despertara dentro de ella, escupiendo fuego y haciendo que quisiera gritar, patear y, a veces, hasta morder.
Un día, Daniela estaba construyendo una torre de bloques altísima. Estaba tan orgullosa de su creación, la más alta que había construido jamás. Su hermano pequeño, Tomás, entró corriendo en la habitación, tropezó y ¡pum! La torre se vino abajo.
El dragón de Daniela se despertó al instante. Sintió el calor en sus mejillas, el nudo en su estómago, las ganas de gritar. “¡Tomás! ¡Mira lo que has hecho!” gritó, con la voz temblorosa. Tomás, asustado por el grito, empezó a llorar.
La mamá de Daniela entró en la habitación. “¿Qué está pasando aquí?” preguntó con voz suave pero firme. Daniela, aún llena de enojo, explicó lo que había pasado, señalando los bloques esparcidos por el suelo.
Su mamá se sentó junto a ella. “Daniela, sé que es frustrante cuando algo que has construido se derrumba. Pero gritarle a Tomás no lo solucionará. ¿Qué te parece si respiramos hondo juntas?”
Daniela no quería respirar hondo. Quería gritar más. Pero la mirada de su mamá era tan tranquila y comprensiva que, a regañadientes, aceptó. Su mamá respiró hondo, inflando su vientre como un globo, y luego soltó el aire lentamente. Daniela la imitó. Lo hizo una y otra vez. Poco a poco, el calor en sus mejillas empezó a disminuir, y el nudo en su estómago se aflojó un poco.
“¿Te sientes un poco mejor?” preguntó su mamá. Daniela asintió tímidamente.
“A veces, cuando sentimos enojo, es como si tuviéramos un dragón dentro de nosotros,” continuó su mamá. “Pero podemos aprender a controlar ese dragón. Respirar hondo es una forma de apagar un poco el fuego.”
La mamá de Daniela le contó un secreto. Le dijo que cuando ella se sentía enojada, imaginaba que estaba soplando burbujas gigantes. Imaginaba cada burbuja llena de su enojo, y al soplar la burbuja, su enojo se iba volando con ella.
Daniela probó el truco de las burbujas. Cerró los ojos e imaginó una burbuja enorme, llena de su frustración por la torre derrumbada. Sopló con todas sus fuerzas, imaginando la burbuja alejándose, llevándose consigo su enojo.
Funcionó. No completamente, pero sí un poco. El dragón dentro de ella seguía gruñendo suavemente, pero ya no escupía fuego.
“¿Qué te parece si reconstruimos la torre juntos?” sugirió su mamá. Tomás, aún con los ojos llorosos, asintió con entusiasmo.
Juntos, Daniela, Tomás y su mamá reconstruyeron la torre. Esta vez, Daniela tuvo más cuidado. Le enseñó a Tomás a colocar los bloques suavemente y a no correr cerca de la torre.
Pero entonces, pasó algo inesperado. Mientras colocaban el último bloque, Daniela lo dejó caer sin querer. ¡Pum! La torre se vino abajo otra vez.
Daniela sintió que el dragón volvía a despertar. Pero esta vez, recordó el truco de las burbujas. Cerró los ojos, respiró hondo y sopló una burbuja imaginaria enorme.
Para su sorpresa, no gritó. No pateó. No mordió. Simplemente suspiró.
“No pasa nada,” dijo. “Podemos volver a intentarlo.”
Esta vez, no construyeron una torre tan alta. Construyeron una torre más pequeña, más resistente. Y lo más importante, la construyeron juntos, riendo y disfrutando el tiempo que pasaban juntos.
Daniela aprendió que el enojo no desaparecía por completo. A veces, el dragón dentro de ella seguía despertando. Pero aprendió a controlar ese dragón, a apagar el fuego con respiraciones profundas y burbujas imaginarias. Y aprendió que, a veces, lo mejor que podía hacer era reconstruir, no solo torres de bloques, sino también sus propias emociones.
Desde ese día, cuando Daniela sentía que el dragón se despertaba, se tomaba un momento para respirar hondo, imaginar burbujas y recordar que incluso los dragones pequeños pueden ser domados con paciencia y amor. Y a veces, un poquito de ayuda de mamá.
Un día en la escuela, Juan le quitó su lápiz favorito. Daniela sintió el dragón revolverse. En lugar de gritar, cerró los ojos y respiró hondo. Luego, con voz tranquila, le dijo a Juan: "Juan, necesito mi lápiz. Por favor, devuélvemelo." Juan, sorprendido por su calma, se lo devolvió. Daniela sonrió. El dragón había sido domado, al menos por ahora.
Daniela continuó practicando sus técnicas para manejar el enojo. Descubrió que también le ayudaba dibujar, escribir en su diario o simplemente salir a caminar. Cada vez, el dragón se hacía un poco más pequeño y más fácil de controlar. Y Daniela se sentía más fuerte y más feliz.
Y así, Daniela aprendió a vivir con su dragón pequeño, no como un enemigo, sino como una parte de sí misma que necesitaba ser entendida y controlada. Aprendió que el enojo es una emoción normal, pero que no tiene que controlarla a ella. Ella podía controlar su enojo.
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