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Gratis · elegí una vozSofía amaba los colores. Le encantaba pintar el cielo de mil tonos de azul, y dibujar flores que parecían bailar con el viento. Pero últimamente, el mundo de Sofía se había vuelto un poco gris. Su abuelo, su querido Abuelo Antonio, ya no estaba. Se había ido a un lugar llamado "cielo", donde, según su mamá, pintaba las nubes con los colores más hermosos que nadie podía imaginar.
Desde que el Abuelo Antonio se fue, a Sofía le costaba mucho hablar. Las palabras se le enredaban en la lengua, y a veces, simplemente, no salían. "¡Mira, mami, el... el... elooo!" decía, señalando un globo rojo. Su mamá le explicaba con paciencia: "Globo, Sofía. Es un globo." Pero a Sofía le frustraba. Antes, hablaba como un torrente, contando historias increíbles y cantando canciones inventadas. Ahora, sentía que su voz se había perdido.
La maestra de Sofía, la Señorita Elena, notó que Sofía estaba diferente. Ya no sonreía tanto, y en el recreo se sentaba sola, dibujando en su cuaderno. La Señorita Elena era muy dulce y observadora. Un día, después de clase, se acercó a Sofía y le dijo con una voz suave: "Sofía, he notado que te cuesta un poco hablar. ¿Te gustaría que te ayudara?"
Sofía asintió tímidamente. La Señorita Elena le explicó que a veces, cuando uno está triste, la voz se esconde un poquito. Le dijo que había personas que podían ayudarla a encontrarla de nuevo. Su mamá, después de hablar con la Señorita Elena, llevó a Sofía a una terapeuta del lenguaje llamada la Doctora Isabel.
La Doctora Isabel tenía una sala llena de juguetes, libros y juegos. Sofía se sintió un poco nerviosa al principio, pero la Doctora Isabel era muy amable y le hizo sentir cómoda. Jugaron con marionetas, cantaron canciones y leyeron cuentos. La Doctora Isabel le enseñó a Sofía algunos ejercicios divertidos para ayudarle a pronunciar mejor las palabras. Le enseñó a respirar hondo, a mover la lengua de un lado a otro, y a hacer sonidos graciosos.
Pero lo más importante que hizo la Doctora Isabel fue escuchar a Sofía. Le permitió hablar de su abuelo, de lo mucho que lo extrañaba, y de lo triste que se sentía. Sofía le contó cómo le encantaba pintar con él, cómo le contaba historias de dragones y princesas, y cómo la abrazaba fuerte cuando tenía miedo. A veces, Sofía lloraba mientras hablaba, pero la Doctora Isabel la abrazaba y le decía que estaba bien sentirse triste.
Un día, mientras jugaban con un juego de construcción, Sofía dijo: "Quielo... quielo hace un castillo palla el abuelo." La Doctora Isabel sonrió. "¡Eso es genial, Sofía! ¿Y cómo será ese castillo?" Sofía se concentró y, con mucho esfuerzo, dijo: "Se... será... se-rá... grande... y... con... con... muchas... ventañas... ventanitas... para... que... el... sol... entre." La Doctora Isabel la animó: "¡Lo estás haciendo muy bien, Sofía!"
Poco a poco, las palabras de Sofía comenzaron a fluir con más facilidad. Descubrió que hablar de su abuelo no era algo malo, sino una forma de mantenerlo vivo en su corazón. Aprendió que la tristeza era una emoción normal, y que estaba bien sentirla. También aprendió que no estaba sola, y que su mamá, la Señorita Elena y la Doctora Isabel estaban allí para apoyarla.
Una tarde, Sofía estaba pintando un cuadro. Dibujó un cielo lleno de colores brillantes: azules, rosas, naranjas y morados. En el cielo, dibujó un castillo gigante con muchas ventanas. Y en una de las ventanas, dibujó a su Abuelo Antonio, sonriendo y saludándola con la mano.
Su mamá entró en la habitación y vio el cuadro. Sus ojos se llenaron de lágrimas. "Es precioso, Sofía," dijo. "Tu abuelo estaría muy orgulloso de ti." Sofía abrazó a su mamá y le dijo: "Lo sé, mami. Él está aquí, conmigo. Siempre estará en mi corazón." Y en ese momento, Sofía supo que, aunque su abuelo ya no estaba físicamente, su amor y sus recuerdos vivirían para siempre en su corazón. Y aunque a veces le costara hablar, sabía que su voz, su verdadero susurro, nunca se perdería del todo.
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