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Gratis · elegí una vozHabía una vez, en un bosque lleno de árboles altísimos y flores coloridas, un erizo llamado Púas. Púas era un erizo muy simpático, pero tenía un problema: ¡no sabía controlar sus emociones! Se frustraba por todo, se enojaba fácilmente y a veces, hasta gritaba sin razón. Si una mora se caía antes de que pudiera comerla, ¡boom! Un berrinche. Si su amigo el conejo saltaba más alto que él, ¡patatús! Cara larga y gruñidos.
Un día, Púas caminaba por el bosque buscando moras para el desayuno. Era su comida favorita. "¡Mmmm, moras dulces y jugosas!", pensó Púas, relamiéndose. Pero cuando llegó a su arbusto de moras favorito, ¡estaba vacío! ¡Ni una sola mora!
"¡No puede ser!", gritó Púas, dando una patada al suelo. "¡Alguien se ha comido todas mis moras! ¡Es injusto! ¡Yo quería moras para el desayuno!" Empezó a dar vueltas en círculos, con los pinchos erizados y la cara roja de rabia.
De repente, escuchó una risita. Era Lila, la ardilla juguetona. "¿Qué te pasa, Púas?", preguntó Lila, balanceándose en una rama.
"¡Alguien se ha comido todas mis moras! ¡Es horrible!", respondió Púas, con la voz temblorosa.
Lila bajó de la rama y se acercó a Púas. "¿Estás seguro de que alguien se las comió?", preguntó Lila, con una sonrisa misteriosa.
Púas frunció el ceño. "¡Pues claro! ¡Estaban ahí ayer y ahora no están! ¿Quién más se las iba a comer?"
Lila señaló al suelo. "Mira, Púas."
Púas miró donde Lila señalaba. En el suelo, había un pequeño agujero. "¿Un agujero? ¿Qué tiene que ver un agujero con mis moras?", preguntó Púas, todavía enfadado.
"Este agujero es la entrada a la madriguera de Topo Tito", explicó Lila. "Topo Tito ama las moras, pero no puede ver muy bien. A veces, se tropieza y las moras se caen al agujero."
Púas se quedó pensando. ¿Topo Tito? ¿Podría ser posible? ¡Nunca se le había ocurrido! Su rabia empezó a desvanecerse, reemplazada por un poco de curiosidad.
"¿Crees que mis moras están ahí abajo?", preguntó Púas.
"¡Solo hay una forma de averiguarlo!", dijo Lila, con entusiasmo. Lila y Púas se acercaron al agujero y llamaron: "¡Topo Tito! ¿Estás ahí?"
Unos segundos después, una pequeña cabeza asomó por el agujero. Era Topo Tito, con las gafas torcidas y un poco de tierra en la nariz. "¿Quién llama a mi puerta?", preguntó Topo Tito, con voz suave.
"Soy Púas, el erizo", dijo Púas. "Y esta es Lila, la ardilla. Hemos notado que mis moras han desaparecido y Lila piensa que podrían haber caído en tu madriguera."
Topo Tito se puso rojo de vergüenza. "¡Oh, cielos!", exclamó Topo Tito. "¡Es cierto! Ayer estaba recogiendo moras y tropecé varias veces. No me di cuenta de que se caían."
Topo Tito invitó a Púas y a Lila a entrar en su madriguera. La madriguera era pequeña y acogedora, llena de túneles y habitaciones. En una de las habitaciones, ¡allí estaban! Un montón de moras, amontonadas en un rincón.
Púas se sintió aliviado y un poco avergonzado. Había estado tan enfadado y frustrado, ¡y todo había sido un malentendido!
"Lo siento, Topo Tito", dijo Púas. "Pensé que alguien me había robado las moras. No debí haberme enfadado tanto."
"No te preocupes, Púas", dijo Topo Tito. "A todos nos pasa a veces. Lo importante es aprender a controlar nuestras emociones."
Topo Tito compartió las moras con Púas y Lila. Mientras comían, Púas le preguntó a Topo Tito cómo hacía para mantenerse tan tranquilo.
"Bueno, Púas", dijo Topo Tito. "Cuando me siento frustrado o enojado, respiro hondo y cuento hasta diez. También trato de pensar en algo positivo. Y lo más importante, hablo con mis amigos sobre cómo me siento."
Púas escuchó con atención. Decidió que iba a probar los consejos de Topo Tito. Al día siguiente, cuando su amigo el conejo saltó más alto que él, Púas sintió un poco de frustración. Pero en lugar de enojarse, respiró hondo, contó hasta diez y pensó en lo bien que saltaba él cuando corría. ¡Funcionó! Se sintió mucho mejor.
Desde ese día, Púas aprendió a controlar sus emociones. Ya no se frustraba por todo y no se enojaba tan fácilmente. Cuando sentía que la rabia empezaba a crecer, respiraba hondo, contaba hasta diez y hablaba con sus amigos. Y aunque a veces todavía tenía sus momentos, ¡ya no era el Erizo Enojón! Se había convertido en el Erizo Feliz, gracias a una madriguera llena de moras y un sabio Topo Tito.
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