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Gratis · elige una vozLeo tenía 13 años y últimamente sentía que todo era una chispa a punto de encender un incendio. Si su hermana tomaba su cargador: ¡explosión! Si el profe lo regañaba por hablar, aunque otros también lo hacían: ¡boom! Si su mamá decía "luego hablamos", cuando él quería hablar ya: ¡erupción volcánica!
A veces sentía que su cuerpo era una olla de presión. Y otras, que su cabeza era una tormenta con rayos que no sabía dónde caer.
Un miércoles, después de una pelea en la escuela (nada grave, solo empujones y gritos), lo mandaron con la orientadora, la maestra Clara. Leo fue con los brazos cruzados y cara de “esto es una pérdida de tiempo”.
—¿Y tú qué sabes de enojarte? —le soltó sin saludar.
Clara no se ofendió. Solo señaló una caja en el escritorio.
—Ahí dentro hay una historia. Pero solo se abre si estás listo.
Leo arqueó la ceja, como diciendo “¿neta?”, pero la curiosidad le ganó. Abrió la caja.
Adentro había una nota:
"Para domar al dragón, primero debes conocerlo."
—¿Qué es esto? —preguntó Leo.
—Tu enojo —respondió Clara—. Lo imagino como un dragón. Fuerte. Salvaje. A veces quema todo a su paso.
Leo se quedó en silencio. Por dentro, algo le hizo clic.
—¿Y cómo se doma un dragón? —preguntó con menos rabia.
—Primero, sabiendo por qué aparece. ¿Qué lo hace salir de su cueva?
Leo pensó en su hermana, su mamá, los profes… pero luego se dio cuenta de algo más profundo: Sentía que nadie lo escuchaba. Que todo lo que sentía le parecía demasiado, y no sabía cómo decirlo sin gritar.
—Entonces… ¿si hablo antes de explotar?
—Exacto —dijo Clara—. Hablar. Respirar. Dibujar lo que sientes. Escribir. Caminar. Golpear una almohada. Tienes que enseñarle a tu dragón que puede sacar fuego… sin quemarlo todo.
Esa tarde, Leo se sentó en su cuarto. No para jugar. No para ver videos. Tomó una hoja y dibujó un dragón enorme. Le puso un nombre: "Furia". Y escribió al lado: “No quiero apagarlo. Solo quiero entender por qué ruge.”
Los días siguientes, Leo intentó poner en práctica lo que aprendió. Cuando su hermana tomó su cargador sin permiso, sintió el calor en la cara. Pero en lugar de gritar, respiró hondo y le dijo: “Oye, necesito ese cargador. ¿Me lo puedes devolver cuando termines?”
Su hermana lo miró sorprendida y se lo devolvió. Leo sintió una pequeña victoria.
Cuando el profe lo regañó en clase injustamente, levantó la mano y dijo: “Profe, ¿puedo explicarme?” Le temblaba un poco la voz, pero lo hizo. Y el profe lo escuchó.
Con su mamá fue más difícil. Cuando ella le dijo “luego hablamos” sobre algo que le preocupaba mucho, Leo sintió la erupción volcánica acercándose. Pero recordó al dragón. Tomó aire y le dijo: “Mamá, necesito hablar de esto ahora. Es importante para mí.”
Su mamá, al ver su cara seria, dejó lo que estaba haciendo y lo escuchó. No solucionaron todo en ese momento, pero Leo se sintió aliviado de haber expresado lo que sentía.
No fue fácil. Hubo días en que Furia rugió con más fuerza que nunca. Días en que Leo sintió que iba a explotar. Pero poco a poco, fue aprendiendo a conocer a su dragón. A entender qué lo provocaba. A encontrar formas de dejar salir el fuego sin quemar a nadie.
Un día, Leo volvió a la oficina de la maestra Clara.
—Funciona —le dijo, con una sonrisa tímida—. A veces, al menos.
Clara sonrió.
—No se trata de que Furia desaparezca, Leo. Se trata de que aprendan a vivir juntos. De que tú seas el domador, y no al revés.
Leo asintió. Todavía tenía mucho que aprender. Pero ahora sabía que no estaba solo en esto. Que todos tenemos un dragón interior. Y que, con paciencia y un poco de práctica, podemos aprender a domarlo.
Un mes después, la hermana de Leo estaba muy furiosa porque habia perdido el arete favorito. Leo vio la furia en los ojos de su hermana. Él habia visto esa mirada antes en el espejo. El se hacerco a su hermana y le dijo: "No quiero apagarlo. Solo quiero entender por qué ruge." La hermana de Leo lo abrazo. El ahora era el domador de dragones en la familia.
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