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Había una vez, en la inmensidad del espacio, un pequeño Estich llamado Kiko. Kiko no era un Estich cualquiera; era un explorador espacial, con antenas brillantes y un corazón lleno de curiosidad. Vivía en una pequeña nave espacial, decorada con pegatinas de planetas y constelaciones. Le encantaba flotar por los pasillos, cantando canciones inventadas sobre agujeros negros y nebulosas.
Un día, mientras Kiko tarareaba una melodía cósmica, sintió un temblor. ¡Un temblor en el espacio! Eso era muy raro. Se asomó por la ventana y ¡oh, sorpresa! Vio algo realmente extraño: ¡una mesa! Sí, una mesa de madera, con cuatro patas y un mantel a cuadros, ¡caminando por el espacio! La mesa parecía tener su propia voluntad, moviéndose con un ritmo lento pero decidido entre asteroides y cometas.
Kiko, con su espíritu aventurero, no pudo resistirse. Se puso su casco espacial, abrió la escotilla y flotó hacia la mesa. "¡Oye!", gritó Kiko, agitando sus pequeñas manos. "¿Quién eres tú y qué haces caminando por el espacio? ¡Las mesas no caminan!"
La mesa, al oír la voz de Kiko, se detuvo. Parecía sorprendida de que alguien le hablara. "Soy la Mesa Errante", dijo con una voz grave y resonante que sorprendió a Kiko. "Y estoy buscando… buscando… ¡no lo sé! Solo sé que tengo que caminar."
Kiko frunció el ceño. "Eso no tiene sentido. Las mesas están hechas para tener cosas encima, no para caminar. ¡Deberías estar en una casa, con platos y tazas encima!"
La Mesa Errante se ofendió. "¡Eso es lo que tú crees! ¡Yo quiero ver el universo! ¡Quiero sentir el viento estelar en mi mantel!"
La discusión se intensificó. Kiko insistía en que la mesa debía quedarse quieta, y la Mesa Errante se negaba a obedecer. "¡Eres una mesa tonta!", gritó Kiko. "¡No sabes lo que haces!"
"¡Y tú eres un Estich gruñón!", respondió la Mesa Errante. "¡No entiendes nada de aventuras!"
Las palabras se convirtieron en empujones. Kiko intentó detener a la Mesa Errante, pero la mesa era más grande y pesada de lo que parecía. La Mesa Errante, a su vez, intentaba avanzar, pero Kiko se aferraba a una de sus patas.
De repente, en medio del forcejeo, la Mesa Errante tropezó con un pequeño asteroide. Perdió el equilibrio y, con un estruendo, ¡se cayó! Y, para mala suerte de Kiko, ¡se cayó encima de él!
Kiko sintió el peso de la mesa aplastándolo. Aunque no era una mesa muy pesada, el impacto lo dejó sin aliento. Luchó por liberarse, pero la mesa no se movía.
Después de un momento de pánico, Kiko logró sacar su cabeza de debajo del mantel. Estaba magullado, adolorido y muy, muy asustado. Miró a la Mesa Errante, que yacía boca abajo, con las patas en el aire.
Y entonces, Kiko empezó a llorar. No eran lágrimas de dolor físico, sino de frustración y miedo. Lloraba porque la Mesa Errante no lo había escuchado. Lloraba porque se había peleado con ella. Lloraba porque se sentía solo en el inmenso espacio.
Las lágrimas de Kiko flotaban en el aire como pequeñas perlas brillantes. La Mesa Errante, al oír el llanto, se sintió culpable. Con un gran esfuerzo, se dio la vuelta y se levantó lentamente.
"Lo siento, Estich", dijo la Mesa Errante con voz suave. "No quería lastimarte."
Kiko, aún llorando, miró a la mesa. "Pero… pero me aplastaste", sollozó.
"Lo sé", dijo la Mesa Errante. "Y lo siento mucho. Estaba tan concentrada en mi aventura que no pensé en las consecuencias."
Kiko se secó las lágrimas con una de sus antenas. "¿Aventura?", preguntó.
"Sí", dijo la Mesa Errante. "Quería ver el universo, pero creo que estaba equivocada. Tal vez las mesas no están hechas para caminar por el espacio."
Kiko se acercó a la Mesa Errante y le dio un pequeño abrazo a una de sus patas. "Tal vez… tal vez podemos explorar juntas", sugirió Kiko. "Podemos volver a mi nave espacial y ver planetas desde la ventana. ¡Tengo un montón de mapas estelares!"
La Mesa Errante sonrió. "Eso suena… interesante", dijo.
Y así, Kiko y la Mesa Errante volvieron a la nave espacial de Kiko. La Mesa Errante se quedó quieta en la sala de estar, con un mapa estelar encima. Kiko le contó historias sobre constelaciones lejanas y agujeros negros brillantes. Y aunque la Mesa Errante no podía caminar por el espacio, aprendió que la aventura también se puede encontrar en la compañía de un amigo, incluso un Estich llorón.
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